Chevron en Venezuela: la recompensa por haber resistido

Economía

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Julio A. López, editor jefe .— Durante más de un cuarto de siglo, Chevron tuvo que navegar en Venezuela por aguas que pocas corporaciones estadounidenses habrían aceptado transitar: revolución, nacionalizaciones, controles, sanciones, deterioro institucional, inseguridad jurídica y un discurso político que convirtió a Estados Unidos —y a sus empresas— en enemigo permanente.

Pocas historias empresariales resumen mejor la palabra resiliencia que la permanencia de Chevron en Venezuela. La petrolera estadounidense navegó por un ambiente abiertamente hostil, bajo un gobierno que trató a la industria petrolera más como instrumento político que como negocio, y aun así logró sobrevivir donde otros prefirieron retirarse.

Cuando Hugo Chávez obligó en 2007 a las petroleras extranjeras a migrar sus proyectos de la Faja del Orinoco al modelo de empresas mixtas controladas por PDVSA, ExxonMobil y ConocoPhillips rechazaron las condiciones y salieron del país. Chevron tomó otro camino: decidió permanecer.

No fue necesariamente una posición cómoda ni privilegiada. Fue una apuesta corporativa a largo plazo en uno de los entornos políticos, regulatorios y operacionales más impredecibles de la industria mundial.

Chevron sufrió las mismas presiones que enfrentaron todas las demás operadoras internacionales: expropiaciones, nacionalización de activos, un mar de incertidumbre jurídica y contratos reescritos unilateralmente por decreto.

Mientras las grandes petroleras abandonaban el país —muchas sin siquiera considerar la suerte de miles de empleados que quedaron desprotegidos frente a un gobierno dispuesto a prescindir de ellos sin la más mínima consideración—, Chevron optó por quedarse. No porque tuviera especial margen de negociación, sino porque decidió resistir estoicamente las arbitrariedades de una dirigencia que administró la cuarta petrolera más grande del mundo con la displicencia administrativa de una cantina de cuartel en decadencia.

Mientras Venezuela destruía buena parte de la capacidad que había convertido a PDVSA en una referencia internacional, Chevron preservó activos, conocimiento técnico, personal, relaciones institucionales y, sobre todo, la continuidad operacional, tuvo que aprender a producir petróleo mientras la infraestructura, los servicios, la disponibilidad de talento y la capacidad financiera de su socio estatal se deterioraban alrededor de sus operaciones.

Entre el izquierdismo trasnochado de los líderes revolucionarios, la incompetencia de buena parte de la gerencia petrolera encumbrada en esa época y los años de sanciones estadounidenses que llegaron a impedirle operar campos, exportar crudo o expandir sus actividades, Chevron mantuvo una presencia que hoy resulta decisiva. La compañía llegó a recibir licencias restringidas del Tesoro de EE.UU. —autorizaciones que le permitían mantener personal en el país sin generar ingresos para el chavismo—, un equilibrio casi imposible que exigió paciencia institucional, no oportunismo.

Ese capital de permanencia empieza a rendir frutos. Chevron se perfila como la principal beneficiaria del deshielo entre Washington y Caracas.

Desconocemos el proceso técnico que llevó al gobierno venezolano a esa decisión de duplicar el territorio operado por Chevron, y tampoco hemos tenido acceso a la valuación que manejan los burócratas de Caracas sobre las inversiones históricas de la petrolera. Pero el mensaje de fondo es difícil de ignorar: Caracas está reconociendo, en la práctica, tres décadas de una compañía que mantuvo producción y presencia técnica en el mercado más hostil en el que ha operado, pese a los ataques constantes de un gobierno socialista y sus sucesivas generaciones de improvisadores petroleros.

Si Chevron permaneció en Venezuela y hoy es la petrolera mejor posicionada para capturar la próxima ola de producción, no se le puede criticar por ello. Al contrario: todos los ejecutivos que durante los últimos veintisiete años gestionaron esa operación bajo condiciones extremas merecen el reconocimiento de los venezolanos que entienden lo que implica sostener una industria estratégica en medio del colapso institucional. La resiliencia, cuando se sostiene durante tres décadas, deja de ser una virtud personal y se convierte en una ventaja competitiva que ningún competidor puede replicar de la noche a la mañana.

Reconocer el mérito empresarial de Chevron no implica otorgarle un cheque en blanco.

Durante años criticamos a quienes destruyeron la industria petrolera venezolana. Sería intelectualmente deshonesto no reconocer también a quienes lograron mantenerla en funcionamiento en medio de aquella tormenta.

Chevron apostó por quedarse cuando hacerlo era difícil, costoso y políticamente incómodo.

Si hoy recoge parte de los frutos de aquella decisión, más que un privilegio, hay que llamarlo por su verdadero nombre: resiliencia.