Dr. Juan Barreto Director de The Daily Journal para Venezuela y América Latina.- Muchos están hablando, o están dejando de hablar, de la deuda externa de Venezuela. Algunas agencias internacionales como Reuters, Bloomberg y medios británicos dedicados a la economía han dicho que la deuda se coloca en una cifra astronómica de 240.000 millones de dólares, mientras que otros voceros del mundo económico, como Miguel Rodríguez, quien fue ministro de Planificación de Carlos Andrés Pérez, hablan de unos 9.000 a 10.000 millones de dólares. Por su parte, algunos expertos como Manuel Sutherland estiman tal vez unos 160.000 millones de dólares, los cuales podrían quedar reducidos a 40.000 o 60.000 millones de dólares dependiendo de la habilidad de los negociadores y del «quite» (los descuentos y negociaciones que se hacen para rebajar el volumen de deuda).
Esto significaría una deuda manejable por parte del Estado venezolano, el cual, contando con el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, podría llegar a acuerdos estratégicos para que la deuda no sea una pesada carga ni una deuda eterna que recaiga sobre el presente y el futuro de todos los venezolanos.
Mencionar 240.000 millones de dólares representa una cifra absolutamente desquiciada que no toma en cuenta la necesidad de hacer una auditoría forense de la deuda antes de cualquier negociación. ¿Qué parte de esa deuda es «deuda sucia», es decir, deuda ilegalmente contraída, para la represión, opaca o negociada con fondos buitre simplemente para beneficiar a la banca o a grupos económicos? Eso no lo sabemos porque el país está sumido en la opacidad. No hay cifras ni transparencia, pero se habla incluso de contratar agencias y grupos para negociar la deuda cuando el país no sabe nada de la composición de esta cifra astronómica.
Hay que renegociar la deuda. Venezuela tiene que salir del default que decretó Nicolás Maduro en 2017. De lo contrario, cada venezolano tendrá que pagar unos 10.000 dólares por cabeza y nunca habrá oportunidad de progreso. Necesitamos avanzar hacia la normalización financiera del país, pero todo esto pasa no solo por la transparencia, sino por el funcionamiento de las instituciones políticas y económicas. Hay que acelerar los cambios. Estamos atrapados en un «Día de la Marmota», en el que un bucle se repite como fatalidad. Sin instituciones no hay normalización ni crecimiento. El proceso de transición también debe ser transparente y debe mostrar un camino claro.
