China proyecta sus intereses más allá de sus costas

Especiales Global

Julio A. López, editor jefe .— Para comprender la China de hoy hay que comenzar por dejar de mirar el mar como el lugar donde termina el territorio. Durante siglos, Occidente trazó sus mapas políticos con una línea en la costa: de un lado estaba la tierra, el Estado y su soberanía; del otro comenzaba el mar. La historia de Asia Oriental obliga a mirar el mapa de otra manera.

El historiador francés Fernand Braudel (1902–1985) cambió nuestra comprensión del Mediterráneo al demostrar que el mar no era simplemente un vacío entre civilizaciones, sino un espacio histórico propio: una red de puertos, ciudades, rutas, mercados, conflictos e interdependencias. Décadas después, en 2008, el historiador japonés Takeshi Hamashita aplicó una mirada similar a la de Asia Oriental y desplazó el análisis desde los Estados hacia las redes que durante siglos conectaron el continente con sus mares.

Esa perspectiva contiene una clave extraordinariamente útil para interpretar a China: el espacio marítimo no es necesariamente el exterior del territorio, sino su prolongación funcional.

Entre los siglos XVI y XVIII, las grandes cuencas fluviales chinas conectaban las zonas productivas del interior con los puertos costeros. El Yangtsé llevaba la economía continental hacia Shanghái y el litoral; desde allí, seda, té, porcelana, azúcar, arroz, madera y metales entraban en circuitos marítimos que conectaban China con Japón, Manila, el Sudeste Asiático y, finalmente, con mercados mucho más distantes.

El movimiento también funcionaba en sentido contrario. La plata japonesa y, posteriormente, la americana llegaba a China a través de aquellas mismas redes. Manila terminó conectando la economía china incluso con Acapulco y, a través de la Nueva España, con las minas de México y del Perú. Mucho antes de que existiera la palabra globalización, el mar ya había convertido a Asia Oriental en parte de un sistema económico transoceánico.

Por eso, la costa china nunca fue simplemente una frontera.

Fujian y Guangdong fueron simultáneamente provincias del imperio y plataformas hacia un mundo marítimo mucho mayor. Comerciantes, navegantes, intermediarios y comunidades de la diáspora crearon redes que llegaban hasta Manila, Nagasaki, Malaca, Siam, Vietnam, Batavia y las islas Ryūkyū. Las mercancías circulaban, pero también lo hacían las personas, el capital, la información y el poder.

La enseñanza resulta sorprendentemente contemporánea.

Desde el mar de Japón hasta el estrecho de Malaca, pasando por Taiwán y el mar de China Meridional, se extiende uno de los espacios económicos y estratégicos más importantes del planeta. Shanghái, Hong Kong, Manila y Singapur no son simplemente puntos separados en un mapa. Son nodos de una gigantesca red en la que confluyen la producción industrial, el capital, la energía, el comercio y el transporte marítimo.

Sería un error convertir la interpretación histórica de Hamashita en una justificación de las reclamaciones territoriales actuales de China. La continuidad económica e histórica no implica soberanía jurídica. Filipinas, Vietnam, Malasia, Brunéi y Taiwán tienen intereses y reclamaciones propias, mientras que el derecho internacional establece límites que no desaparecen por haber existido redes comerciales durante siglos.

Pero sería igualmente equivocado analizar la estrategia china exclusivamente como una expansión reciente hacia el mar.

Para una potencia que posee una enorme base industrial continental, pero depende de rutas marítimas para comerciar con el mundo e importar buena parte de las materias primas y de la energía que necesita, el acceso al océano constituye una cuestión económica y estratégica fundamental.

Aquí surge una paradoja: China es una potencia continental que también necesita comportarse como una potencia marítima.

Shanghái conecta el gigantesco sistema productivo del Yangtsé con el Pacífico. Hong Kong y el delta del río Perla conectan el sur industrial de China con los mercados internacionales. Más al sur, Singapur y el estrecho de Malaca constituyen una de las grandes puertas de entrada entre el Pacífico y el Índico. Entre ambos extremos se encuentra el Mar de China Meridional.

Visto así, el mapa cambia.

El mar deja de ser el espacio azul que separa territorios y pasa a ser una infraestructura geopolítica: una vía de comunicación, un mercado, una fuente de recursos, un espacio de competencia y, simultáneamente, un escenario de interdependencia.

Esa quizá sea la enseñanza más importante de la historia marítima asiática para entender el presente. China no necesariamente considera su costa el límite entre Asia continental y el océano. Mira más allá.

Para comprender la geopolítica china actual debemos entender primero una realidad construida durante siglos: para China, la tierra llega hasta la costa, pero sus intereses se extienden al mar.