Opinión. La odisea venezolana

Opinión

Por: Héctor Sánchez. (Sociólogo y Docente Universitario) Tal vez el indicador más crudo de la irresponsabilidad de nuestra actual dirigencia política y económica tanto oficialista como de oposición sea el siguiente: el Producto Interno Bruto (PIB) de Venezuela al cierre de 2012, según el Banco Mundial, rondaba los 371 mil millones de dólares. Estamos hablando del segundo PIB más alto de nuestra historia, solo superado por el de 2010: 393 mil millones. A finales de 2025 –tan poco como hace seis meses- era de 99 mil millones.

Es decir: en 13 años Venezuela perdió tres cuartas partes de su PIB. O expuesto de otra manera: el PIB venezolano a finales de 2025 es solo una cuarta parte de lo que era en 2012.

Para que nos hagamos una idea de lo que esto supone, no existe antecedente de una economía que haya atravesado por un trance semejante sin que medie una violenta guerra de por medio. Los casos más inmediatos son Libia y Siria, países que la década pasada se vieron sometidos a crueles guerras impuestas por los gringos y sus aliados.

Pero ese no es el caso nuestro. Al menos no si entendemos guerra en términos convencionales. Ahora, si la entendemos en un sentido más amplio, las cosas cambian radicalmente.

Porque si bien resulta reduccionista decir que existe una única causa coyuntural que explique lo ocurrido, no es menos cierto que buena parte del crédito de este desastre se lo debemos a nuestras dirigencias políticas y empresariales, enfrascados desde 2013 en una lucha intestina donde la falta de escrúpulos de unos para hacerse con el poder, solo es comparable con la de otros para conservarlo.

Esto es importante tenerlo presente ahora que comienza un nuevo «diálogo», en el que las mismas y los mismos de siempre, es decir, las y los responsables de este desastre, que le han fallado al país una y otra vez, se sientan a hablar de «reconciliación» y «recuperación» como si el pasado no existiera.

Dado este cuadro poco alentador la pregunta es inevitable: ¿será este diálogo un auténtico espacio para avanzar o el caballo de Troya que terminará de consumar la ruina?

Porque cada vez que una negociación se utiliza para preparar una nueva agresión, cada vez que una tregua sirve para reorganizar la guerra, o cada vez que el lenguaje de la paz encubre una política de imposición, estamos ante el mismo mecanismo que Homero narró hace siglos y Nolan retrata en su película. Un caballo de Troya que, bajo la apariencia de la «reconciliación», busca continuar la guerra por otros medios, para mayor infortunio nuestro. 

Aunque la historia es mítica, algo que debemos tener presente es que Troya si existió: sus ruinas existen en la colina de Hisarlik, actual Turquía. Pero aquella guerra no se libró por el rapto de Helena: tras el relato mítico se encontraba el control del comercio, de las rutas y del territorio. Lo mismo ocurre en Venezuela: tras el relato de la «reconciliación» y el «diálogo», subyace el control de nuestros recursos, de nuestro territorio, de nuestro futuro.

La catástrofe vivida en la Venezuela de la última década no es la caída de una civilización entendida como una entidad abstracta. Es la responsabilidad de quienes luchan por el poder y sus privilegios a cualquier precio.

Y la solución, por tanto, no vendrá de ellos. Vendrá de las venezolanas y los venezolanos honestos, Alejémonos pues de los cantos de sirena, aunque ahora los llamen narrativas, y construyamos, entre los escombros, un país nuevo, reconstruyamos nuestra Odisea.