Las matemáticas de las elecciones en Israel: ¿El fin de la era Netanyahu?

_ Especiales Global
Óscar Reyes Matute

El próximo 27 de octubre de 2026, Israel acudirá a las urnas en un proceso electoral decisivo. Tras la disolución de la Knéset a mediados de año y en medio de un tablero geopolítico sacudido por la guerra, la nación no solo define la composición de su vigésimo sexto parlamento, sino el rumbo existencial de su modelo político. ¿Estamos presenciando el crepúsculo definitivo de la era de Benjamín Netanyahu?

Las matemáticas de la Knesset

La Knéset está conformada por 120 escaños, lo que significa que la clave para formar gobierno no radica únicamente en obtener la lista más votada, sino en la capacidad matemática para articular una coalición de al menos 61 parlamentarios. O sea que el cargo usualmente se decide después de las elecciones, mediante las coaliciones.

Y es aquí, logrando acuerdos, conformando un bloque de parches para alcanzar los 61 escaños, donde Natanyahu ha sido sumamente hábil. Esa astucia le ha permitido permancer en el cargo pese a las acusaciones de corrupción, las divisiones internas y los errores de la guerra.

El bloque de Netanyahu combina al Likud con ultraortodoxos (Shas y UTJ) y ultranacionalistas (Smotrich y Ben-Gvir). Sin embargo, disputas como el reclutamiento de ortodoxos minan su viabilidad. En la oposición convergen el centro-derecha de Naftali Bennett (Juntos), el centro secular de Yair Lapid (Yesh Atid), la derecha laica de Avigdor Lieberman, el centro-izquierda de Yair Golan (Los Demócratas) y los partidos árabes (Ra’am y Hadash-Ta’al).

¿Puede Netanyahu perder el poder?

Analíticamente, sí. Aunque el Likud conserve una masa crítica de votantes, las proyecciones indican que Netanyahu enfrenta un cuello de botella para alcanzar los 61 escaños. Su supervivencia política ha sido extraordinaria, pero la combinación de fisuras internas en su coalición y el fortalecimiento de bloques moderados reduce sensiblemente su margen de maniobra poselectoral.

Del heroísmo a la eficiencia administrativa

Netanyahu representa el último de los «próceres» de una estirpe política iniciada por David Ben-Gurión, Menájem Beguín y Yitzhak Shamir. Esta generación encarnaba liderazgos mesiánicos o épicos, moldeados por la percepción de una amenaza existencial continua frente al mundo árabe.

Pero la juventud actual —nacida en la era posterior a los Acuerdos de Oslo— percibe a Israel como una potencia militar, económica y tecnológica consolidada. Esta transición demográfica desplaza las demandas del electorado: ya no se buscan «figuras históricas» omnipresentes, sino administradores eficientes, grises en su estilo pero capaces de gestionar el costo de la vida, las políticas públicas y la economía ordinaria.

La integración de la población mizrahí (judíos de Medio Oriente y Norte de África) transformó la matriz cultural israelí. Históricamente afín al Likud, este electorado hoy exige pragmatismo. En este sector emerge Gadi Eisenkot, hijo de marroquíes (su apellido original es Azencot) y primer mizrahí en ser Jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa. Tras integrar el gabinete de guerra y lanzar su partido (Yashar), se posiciona como figura clave de la oposición.

¿Habrá un giro frente a Irán, Hezbolá y Hamás?

Frente a la interrogante de si un eventual relevo presidencial implicaría un ablandamiento militar, la respuesta dentro del consenso estratégico israelí es negativa.

Cualquiera que ocupe la oficina del Primer Ministro —sea Naftali Bennett, Yair Lapid, Gadi Eisenkot o un liderazgo de coalición— mantendrá la línea dura en materia de defensa nacional. La doctrina frente al «Eje de la Resistencia» promovido por Teherán, la neutralización de las capacidades operativas de Hamás y el desmantelamiento de Hezbolá en la frontera norte constituyen pilares transversales de la seguridad del Estado que trascienden el color político del gobierno de turno.

Lo que está en juego, una transición histórica

Las elecciones del 27 de octubre marcan el cierre de una etapa. Israel se debate entre la continuidad del modelo político personificado por Benjamín Netanyahu o el paso hacia una política institucionalizada de corte pragmático.

Las matemáticas parlamentarias decidirán el nombre del próximo Primer Ministro, pero el proceso socio-histórico subyacente señala que la era de los padres fundadores llega a su fin para dar paso a la gestión de un Estado plenamente consolidado.

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