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Julio A. López, editor jefe.— Hay giros de guion que ningún novelista de espionaje y negocios se atrevería a escribir por su inverosimilitud. El de Alejandro Betancourt López es uno de ellos. Hace apenas una década, su nombre era sinónimo en Venezuela de las plantas termoeléctricas que nunca terminaron de funcionar: a través de Derwick Associates, la empresa que fundó antes de cumplir 30 años junto a su primo Pedro Trebbau, obtuvo al menos 11 contratos sin licitación por unos 5.000 millones de dólares durante la crisis eléctrica decretada por Hugo Chávez.
Transparencia Venezuela calculó entonces un sobreprecio de 2.900 millones de dólares y varias de esas plantas jamás llegaron a operar con normalidad. Ese episodio le valió el mote tan venezolano como “bolichico”: a los jóvenes empresarios que amasaron fortunas al calor de los contratos públicos chavistas.
Hoy, ese mismo hombre está a punto de convertirse en socio del Pentágono estadounidense.
Un reportaje publicado este sábado por The Wall Street Journal, y recogido por Reuters reveló que el gobierno de Estados Unidos planea adquirir una participación pasiva del 35% en North American Blue Energy Partners (NABEP), la petrolera que Betancourt controla, además de asegurarse derechos preferenciales para comprar el 20% de la producción de la compañía a precio de costo. Según el mismo reporte, la Oficina de Capital Estratégico del Pentágono —organismo federal creado en 2022 durante la administración Biden para financiar iniciativas del sector privado consideradas vitales para la seguridad nacional estadounidense— estructuraría esa inversión mediante penny warrants, un instrumento financiero que le otorgaría a Washington una participación accionaria en el negocio sin necesidad de desembolsar capital significativo por adelantado.
La cifra de producción que hoy exhibe NABEP resulta, por sí sola, asombrosa. Según documentó recientemente The Washington Post, la compañía pasó de bombear apenas unos 18.000 barriles diarios a cerca de 200.000 en un lapso de aproximadamente dos años, lo que la convierte en la segunda mayor productora privada de petróleo de Venezuela, solo detrás de Chevron. Ese salto está directamente vinculado a la reconstrucción de los activos que antes operaba PetroZamora, el campo del Lago de Maracaibo que Betancourt había desarrollado años atrás junto a capitales rusos ligados a Gazprombank, y que en abril de 2024 pasó formalmente a manos de NABEP mediante un acuerdo con Pdvsa y su filial CVP.
Si los términos reportados por el Journal se confirman, la nueva compañía conjunta entre Washington y Betancourt se convertiría en la segunda mayor tenedora corporativa de reservas probadas de petróleo del planeta, superada únicamente por la saudí Aramco. El anuncio llega apenas un día después de que el presidente Donald Trump calificara públicamente el acuerdo energético más amplio entre su gobierno y Caracas como “el mayor pacto petrolero de la historia mundial”, un convenio a 25 años que contempla el desarrollo de 17 campos con 65.000 millones de barriles en reservas probadas, y que se anunció casi nueve meses después de que fuerzas militares estadounidenses capturaran a Nicolás Maduro en una operación nocturna en enero, para trasladarlo a Nueva York a enfrentar cargos federales por narcoterrorismo y narcotráfico.
Mientras tanto, Betancourt arrastra un historial judicial que está lejos de ser sencillo. The Washington Post reveló que fiscales suizos mantienen una investigación abierta en su contra y que llegaron a solicitar formalmente su detención a Estados Unidos, una petición que el Departamento de Justicia estadounidense nunca atendió. España lo investiga por presunto lavado de dinero y delitos fiscales, mientras que su nombre también ha sido vinculado a investigaciones en el Reino Unido. Pese a todo esto, el empresario no ha sido acusado formalmente en ninguna de esas jurisdicciones, ni en Venezuela ni en Estados Unidos, y ha negado sistemáticamente cualquier conducta ilícita.
Es difícil encontrar en la historia reciente un ascenso empresarial tan vertiginoso como el suyo, y más difícil aún hallar uno construido sobre un historial tan cuestionado en cuanto al origen de sus recursos. De señalado por el colapso eléctrico venezolano a socio pasivo del Departamento de Guerra de Estados Unidos y virtual “zar petrolero” de la nueva relación energética entre Washington y Caracas: la trayectoria de Alejandro Betancourt López es, a estas alturas, menos una historia de negocios que un espejo incómodo de cómo se reparte hoy el poder —y el petróleo— en la Venezuela pos-Maduro.
