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Otmaro Figueroa – En los últimos años, el fracking se ha convertido en un término familiar en el ámbito energético. Sin embargo, su aplicación depende en gran medida de la geología de cada país. En Venezuela, especialmente en el occidente, existe una posibilidad que merece ser explicada con calma: el fracturamiento hidráulico en areniscas compactas someras, una alternativa distinta a la de la experiencia estadounidense.
Para entender esta idea, conviene comenzar por lo básico. Una arenisca es una roca formada por granos de arena que, con el tiempo, se han compactado y cementado. Son rocas que pueden almacenar petróleo en sus poros, pero a veces el crudo no fluye con facilidad porque la roca está muy compacta.
En el occidente venezolano, en el Zulia y en parte de Barinas, Apure, estas areniscas forman capas geológicas del Mioceno y el Eoceno, nombres que simplemente indican que se formaron hace entre 5 y 40 millones de años, cuando la región era un ambiente marino y deltaico.
Debajo de estas areniscas se encuentra una roca muy conocida en la geología venezolana: la Formación La Luna. Su nombre tiene una historia curiosa. Los primeros geólogos norteamericanos que estudiaron sus afloramientos notaron que, al oxidarse, la roca adquiría un color gris plateado, con un brillo tenue que recordaba la superficie lunar. Por eso la llamaron “La Luna”. Esta formación aparece en varias regiones: Zulia, Andes, Barinas , Apure, Perijá, parte de Colombia e incluso debajo de la Faja del Orinoco.
La Luna es una lutita, una roca formada por partículas muy finas. En inglés, este tipo de roca se llama shale. Durante el Cretácico, cuando gran parte de Venezuela era mar profundo, se acumularon capas de arcilla mezcladas con restos de organismos microscópicos. Con el tiempo, esa materia orgánica se transformó en kerógeno, un material compuesto por largas cadenas de carbono. Al aumentar la temperatura durante el enterramiento, el kerógeno se craqueó y generó petróleo.
La Luna cumplió su función como roca madre: produjo y expulsó petróleo hace millones de años. Ese petróleo migró hacia arriba y quedó atrapado en las areniscas y los carbonatos del Mioceno y el Eoceno. Es decir, las areniscas están encima de La Luna, como capas en un libro geológico.
Aquí aparece la oportunidad venezolana. En Estados Unidos, el fracking se aplica al shale porque el petróleo quedó atrapado en la roca madre. En Venezuela, la Luna sí expulsó su petróleo, por lo que no es objetivo comercial para fracturar. Pero las areniscas compactas del occidente sí contienen petróleo que, aunque presente, no fluye con facilidad. Allí es donde el fracturamiento hidráulico puede ayudar: no para producir shale oil, sino para mejorar la permeabilidad de rocas que ya contienen petróleo convencional.
Además, estas areniscas están a menor profundidad que las de la Luna, a menudo entre 1.000 y 2.000 metros. Esto hace que el fracturamiento sea más económico y accesible.
Los campos del Zulia y Barinas cuentan con infraestructura existente, lo que reduce aún más los costos y los tiempos de operación, haciendo que el fracturamiento sea más económico y accesible.
Sin embargo, esta posibilidad técnica solo se convierte en una oportunidad real si el país logra estabilizar las condiciones esenciales: electricidad confiable, servicios operativos, seguridad industrial y continuidad logística.
El fracturamiento hidráulico requiere bombas, presión, agua y coordinación. Sin energía estable, no es viable. Pero con ella, Venezuela podría reactivar campos maduros, aumentar la producción y generar crudos que servirían tanto para mezclas comerciales como para alimentar el parque refinador, por ejemplo, el Centro de Refinación Paraguaná (CRP), hoy deteriorado.
La geología venezolana ofrece una alternativa distinta a la estadounidense, más cercana a nuestras condiciones y más alineada con nuestros recursos. En las areniscas compactas del occidente hay una ventana que podría contribuir a la recuperación petrolera del país. Comprenderla con claridad es el primer paso para aprovecharla.
