Editorial: El Pasajero de Trump

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Julio A. López, editor jefe.– En su extraordinario libro “El Pasajero de Truman”, Francisco Suniaga nos relata una de las historias más trágicas de la política venezolana, cuando en 1945 el doctor Diógenes Escalante regresó a Caracas para asumir la presidencia con la bendición y el apoyo de su amigo el Presidente norteamericano Harry S. Truman y el consenso, impuesto más que acordado, de todos los factores de poder del país.

El doctor Escalante enloqueció antes de jurar el cargo, y esa insania abrió un capítulo público de inestabilidad y dictadura que habría de prolongarse durante años. Suniaga, con su pluma magistral, no solo narra un episodio, sino que nos entrega una clave para leer el presente: la locura hecha política cuando se decide más allá de nuestras fronteras que dentro de ellas.

Ochenta y un años después de aquel tropiezo, volvemos a un momento singular y desconcertantemente parecido: Washington, otra vez, necesita con urgencia un personaje que llene el vacío que ella misma ayudó a crear.

En los últimos días ha circulado con insistencia el nombre de un joven juez federal del sur de la Florida —del que la inmensa mayoría de los venezolanos jamás había oído hablar— como el posible pasajero elegido para conducir a un país tan singular y tan mal comprendido: un país cuyos ejércitos jamás cruzaron fronteras ajenas para conquistar nada, donde a los tiburones no se les teme sino se les come en empanada, y donde el político que se atreve a disentir de la corriente puede ser apuñalado mediáticamente como César en pleno Senado, o amenazado con los tribunales por los mismos que ayer callaban —cuando no difamaban— mientras cualquiera era encarcelado por llevar en su celular un mensaje incómodo para el gobernante más repudiado de nuestra historia reciente.

Aquí todos reclaman pluralismo hasta que escuchan una opinión diferente.

Hubo quienes creyeron ver al ungido en Enrique Márquez, expreso político y excandidato presidencial, cuando lo vieron entrar al Congreso de los Estados Unidos por invitación de Trump. Otros prefieren imaginar al empresario Lorenzo Mendoza saltando a la arena política con una Maltín Polar en una mano y un paquete de harina pan en la otra, como quien empuña las dos banderas más consensuadas de la venezolanidad.

No hemos podido confirmar con nuestras fuentes en Mar-a-Lago si el juez Roy Kalman Altman es, en efecto, el elegido, o si es apenas otro pasajero más de este viaje —tan accidentado como la Odisea de Ulises, hoy tan de moda gracias al talento de Christopher Nolan— en la historia política venezolana.

Sería prematuro, sin embargo, descartar a María Corina Machado, que se aferra a su cuota de popularidad con el temple de una verdadera amazona, resistiendo los desplantes —tan constantes como inmerecidos— de quien ejerce hoy la posición de mayor peso político del planeta y administra los recursos de Venezuela sin el más mínimo disimulo, como si gobernarla desde fuera fuese ya cosa aceptada.

Tal vez lo que Venezuela necesita de verdad sea, sencillamente, un juez: alguien que imponga orden y exorcice al país del bochinche en el que se encuentra desde que el brujo Francisco de Miranda, sin saberlo del todo, pronunció aquellas palabras que parecen haber sentenciado el destino de la patria.

Y mientras todo esto ocurre, un grupo de políticos desprestigiados sostiene —se supone— un diálogo para decidir el futuro de un país que no los reconoce como representantes, y que está cada vez más cerca del momento en que, si se atreven a caminar por sus calles, la turba —convertida en masa irracional por la desesperación social acumulada de un pueblo llevado al límite de su supervivencia— decida linchar antes que escuchar.

Ese quizá sea el verdadero peligro.

No en que Washington se escoja al candidato equivocado, sino en que nuevamente intentemos construir legitimidad desde arriba cuando la legitimidad solamente puede nacer desde abajo.

En 1945 Venezuela esperaba a Diógenes Escalante.

En 2026 algunos parecen esperar al pasajero de Trump.

Puede llamarse Roy Altman, Enrique Márquez, María Corina Machado, Lorenzo Mendoza o alguien cuyo nombre todavía no conocemos.

Homero necesitó veinticuatro cantos para llevar a Ulises de vuelta a Ítaca. Christopher Nolan necesitó una superproducción para que volviera a nuestras conversaciones.

Venezuela probablemente necesitará algo aún más extraordinario.

Pero Washington debería recordar la enseñanza que dejó aquella historia magistralmente recuperada por Francisco Suniaga:

Puede escoger al pasajero, puede comprarle el boleto e incluso decidir el destino y la hora del viaje.

Lo que nunca podrá garantizar es que Venezuela llegue con él a la estación final.