Diletante | La crisis de la narración de Byung-Chul Han

Opinión

Ricardo Romero Romero

The Daily Journal – Durante las últimas ocho décadas, asuntos relacionados a los derechos fundamentales, incluyendo el multilateralismo, globalización, superación de conflictos bélicos y guerras híbridas, las aspiraciones evolutivas de la actual civilización están sumidas en profunda decadencia.

Y si de una visión multipolar se trata, observamos que las potencias emergentes en el ámbito de los Brics, entre otras instancias que buscan la multipolaridad, poco o nada hacen para detener un genocidio en tiempo real como el que ocurre en Gaza.

En este sentido, todos los relatos vinculados a la declaración de los derechos humanos universales, la erradicación del fascismo, la preservación de la paz y el nunca más que se promulgó luego del “holocausto” de la Segunda Guerra Mundial, caducaron.

De eso se aborda, desde la lectura de este servidor, en el libro  La crisis de la narración del filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han. La obra en cuestión, hace una crítica mordaz acerca de la infodemia que padece nuestra sociedad hiperconectada.

La palabra como tejido social

Han establece parámetros donde los discursos del común se hallan frente a una muralla. Se hace vital el ejercicio del pensamiento crítico no solo como individuo, debemos visionar y transitar en torno al nexo del sentido humano:

«Las narraciones crean lazos. De ellas nace lo que nos conecta y vincula. De este modo, fundan comunidades y nos salvan de la contingencia.»

Sin embargo, cuando esos nudos se rompen por la indiferencia, la vorágine encuentra su teatro ideal. En una escalada de los discursos de odio y la incriminación a priori de los más vulnerables en los conflictos sistémicos, Han expone:

«La vida que va pasando de un presente al siguiente, que tropieza de una crisis a la siguiente, de un problema al siguiente, degenera a mera supervivencia. Vivir es más que resolver problemas. Quien se limita a resolver problemas no tiene futuro.»

El silencio cómplice en la era de la información

No obstante, vivimos en una época donde la información ha desplazado brutalmente a la narración. Ante las imágenes diarias de devastación en Gaza, el mundo no recibe una documentación que exija justicia histórica, sino un flujo incesante de datos fríos, eufemismos diplomáticos y espectáculos mediáticos.

El pensador surcoreano sentencia una reflexión indispensable en torno a la actual paradoja distópica:

 «La información agrava la experiencia de que todo es contingente, mientras que la narración atenúa esa experiencia, convirtiendo lo azaroso en necesario.»

Ante los presentes escenarios de un neofascismo que asciende a los poderes del Estado y busca colonizar a masas infectadas por la idiotez de las desbordadas agendas informativas, se busca confrontar la empatía paralizada que normaliza lo inaceptable:

«La comunidad narrativa es una comunidad de personas que escuchan con atención.»

Usar los sentidos para comprender que las arremetidas contra Gaza, Yemen, Irán, África o los planes basados en la “Doctrina Monroe” y potenciados por los mitos del “destino manifiesto”, son parte de una estrategia de dominación a territorios, mentes y cuerpos:

«La acción política en sentido enfático se basa en una narrativa. Debe ser narrable. Sin narrativas, la acción degenera a acciones o reacciones arbitrarias.»

El agotamiento del paradigma Occidental

En consecuencia, debemos cuestionar las estructuras telúricas que conducen a esta tragedia. El sistema neoliberal ha secuestrado el arte de contar historias, vaciándolo de su potencial transformador. Han lo explica claramente:

«El capitalismo recurre al storytelling para adueñarse de la narración. La somete al consumo.»

Occidente ha convertido el sufrimiento humano en un dato de ingesta, en una «crisis» más que se gestiona con comunicados de prensa vacíos, mientras se siguen enviando las armas que masacran a la población civil. Una suerte de marketing “necropolítico” se cierne en los espacios fácticos de poder.

El lenguaje del «derecho a defenderse» o el «daño colateral» son herramientas del relato corporativo, diseñadas para blanquear el genocidio. El autor sentencia:

 «El storytelling, por el contrario, no conoce más que una sola forma de vida, que es la consumista. El storytelling como storyselling es incapaz de proyectar formas de vida totalmente distintas.»

La civilización hegemónica, obsesionada con el rendimiento, el control y la transparencia absoluta, ha perdido la capacidad de imaginar un mundo donde la paz y la justicia sean el centro, y no la excepción negociable.

Hacia una narración humanista

 ¿Cómo podemos construir una salida a este abismo? Superar el paradigma agotado por la élite dominante exige recuperar la narración como un acto de resistencia, memoria y sanación colectiva. Necesitamos relatos que no busquen el «me gusta» algorítmico ni la validación del mercado, sino que restituyan la dignidad de las mayorías oprimidas.

Una narración humanista debe tejerse desde la escucha activa, la verdad histórica y la solidaridad internacional genuina, tal como la han practicado las organizaciones sociales y movimientos de liberación del Sur Global.

Debemos narrar la paz no como la mera ausencia de conflicto o el silencio de los cementerios, sino como la presencia activa de la justicia, la restitución de la tierra y el fin de la ocupación.

Solo así, recuperando el poder transformador de la palabra y negándonos a ser meros consumidores de la desgracia ajena, podremos desafiar el silencio cómplice. Es hora de construir un relato donde el decoro y la vida de todos los pueblos del mundo, sea reconocida como sagrada, inviolable y digna de un futuro en libertad.

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