Mario L. Arroyo B.- Llevo más de 25 años en la industria de infraestructura y materiales de construcción, y empecé en el cemento y el concreto en Venezuela: desde el control de calidad en Construcciones e Inversiones Oriente hasta la gerencia de planta en Holcim (antigua Cementos Caribe), la dirección de las operaciones de concreto de Constructora Pedeca y, finalmente, mi propia empresa. Ese recorrido me dio una visión completa de la cadena y de una red de colegas en Holcim, Cemex, Lafarge y en empresas privadas.
Entre todos habíamos construido un modelo que funcionaba: reglas claras de suministro, estándares compartidos y una disciplina logística que coordinaba canteras, plantas, flotas y obras como un solo engranaje. El concreto es un material con un tiempo de fraguado específico: cualquier demora o desajuste en la coordinación puede acarrear la pérdida del producto. Esa coordinación se construye durante años, entre competidores que entienden que la cadena los necesita a todos.
El Banco Mundial calcula que los terremotos del 24 de junio dejaron 19.600 millones de dólares en daños, lo que equivale al 18% del PIB. Murieron más de 6.000 personas, aún sin cifras definitivas, y en La Guaira una de cada cinco viviendas quedó destruida. Advierte que, al ritmo actual de inversión, la reconstrucción seguiría incompleta en 2036: diez años.
¿Con qué materiales se pensaba reconstruir? Venezuela producía 10,2 millones de toneladas de cemento al año antes de las expropiaciones de 2007 y 2008. A finales de 2024, rondaba los 1,7 millones, lo que representaba una cuarta parte. Un país sentado sobre yacimientos de caliza, con plantas junto al mar y puertos de aguas profundas, hoy importa cemento. Cementos Argos, la última propietaria privada de Cemento Andino en Trujillo, colocará 5.000 toneladas mensuales en el mercado venezolano al cierre de 2026.
Que un país con esas reservas compre afuera el material más pesado y caro de transportar no es un accidente geológico: es el resultado de decisiones.
El deterioro no fue instantáneo. Las plantas siguieron operando durante años tras la estatización, sostenidas por las instalaciones existentes y por el personal formado durante décadas. Pero las industrias de proceso continuo castigan la falta de inversión: un horno de clínker, los molinos y los refractarios la exigen de manera permanente. Cuando se posterga una parada mayor para sostener la producción del mes, el daño se acumula y llega un punto en el que la planta ya no se recupera con voluntad, sino con capital.
Para 2019, la utilización de la capacidad rondaba el 12,5%. Una planta diseñada para operar al 80% o al 90% y que funciona al 12% no tiene un problema de demanda: tiene un problema de máquina, de repuestos y de gente. En premezclado fue peor: el cemento en saco sobrevive en el mercado informal; el concreto depende de la obra formal. Lo vi de cerca: caen los volúmenes, envejecen los mixers y faltan repuestos hasta que la planta deja de ser viable.
Cemento, agregados, concreto y transporte no cayeron por separado, sino como un solo sistema, porque siempre lo fueron. Pero Venezuela no perdió su ventaja estructural, y esa es la razón por la que escribo esto.
La caliza sigue donde estaba, la posición frente al Caribe sigue siendo privilegiada y los puertos siguen existiendo. Y hay algo que casi nunca se contabiliza: una generación de ingenieros y técnicos venezolanos que aprendió a operar esa industria y luego acumuló veinte años de experiencia en Estados Unidos, Colombia, Panamá, México, Perú y en el resto del mundo. Ese capital humano no se destruyó: se dispersó. Y puede volver, aunque sea mediante contratos temporales, a transferir tecnología y a formar relevo.
Reconstruir esto no es conseguir financiamiento: es recuperar la cultura industrial, con auditorías técnicas planta por planta y gestión por indicadores industriales, no políticos. El comportamiento de Argos indica dónde estamos: exporta, no invierte. No es timidez, sino la lectura correcta del riesgo. El capital cementero es pesado, ilíquido y de retorno lento; llega cuando las reglas son creíbles, no cuando el mercado es grande. Venezuela tiene el mercado; le falta lo otro.
No escribo esto pensando en oportunidades de negocio. Esos millones en daños afectan a escuelas, hospitales, viviendas y familias. Lo escribo porque un país que necesita reconstruirse con urgencia y no puede producir su propio cemento paga, en el peor momento, la factura de dos décadas de decisiones equivocadas.
Conozco esta industria. Aquel modelo coordinado que levantamos hace veinticinco años no fue un milagro: fue oficio, reglas claras y gente que sabía lo que hacía. La caliza sigue ahí, los puertos siguen ahí y los venezolanos que saben hacer esto siguen ahí, repartidos por todo el mundo.
La pregunta ya no es si Venezuela puede volver a producir su propio cemento. Es cuando decidimos empezar.
