Óscar Reyes Matute
En menos de un mes, Alemania se ha roto. El mapa político de Alemania ha dejado de responder a la predecible geometría de la posguerra. Los recientes resultados electorales en la capital, Berlín, y en el estado oriental de Meclemburgo-Pomerania Occidental han enviado una onda de choque a las cancillerías europeas: mientras la extrema izquierda (Die Linke) se alza con una victoria histórica en el corazón urbano y multicultural de la nación con más del 25% de los sufragios, la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD) roza la mayoría absoluta en la periferia oriental con un apabullante 44%, haciendo crujir de forma definitiva el histórico cordón sanitario (Brandmauer).
La paradoja es tan cruda como insoslayable: ¿quién gobierna realmente la primera potencia económica de Europa cuando el centro se desmorona en los extremos? La respuesta no radica en una repentina conversión ideológica de la sociedad alemana hacia los dogmas del comunismo o del neofascismo, sino en una quiebra estructural más profunda: el colapso del contrato social.
Durante décadas, el modelo alemán ofreció una certeza no escrita: disciplina laboral, educación y respeto a las reglas del juego democrático a cambio de movilidad social, vivienda asequible y un nivel de vida superior al de la generación precedente. Hoy, el joven profesional o el trabajador medio de Berlín o Rostock percibe que ese pacto ha sido cancelado. Con alquileres sofocantes, salarios devorados por la inflación y una sensación generalizada de estancamiento, el desencanto ha desplazado al debate ideológico tradicional.
La pugna en las urnas ya no enfrenta a la izquierda moderada contra la derecha conservadora; el verdadero eje de la política contemporánea es el choque entre el sistema y el antisistema.
La asimetría entre Berlín y los estados periféricos ilustra la magnitud de la fractura. La capital, cosmopolita y fuertemente golpeada por la especulación inmobiliaria, ha encontrado en el discurso de Die Linke —centrado en la municipalización de viviendas y la intervención directa del mercado— una válvula de escape pragmática, emulando fenómenos urbanos como el triunfo de la izquierda alternativa en la alcaldía de Nueva York.
Por el contrario, en las provincias orientales, AfD capitaliza el resentimiento contra la burocracia de Bruselas, la gestión migratoria y la transición energética, erosionando el suelo electoral de la Unión Demócrata Cristiana (CDU) y del Partido Socialdemócrata (SPD), cuyos apoyos han caído a mínimos históricos.
Las consecuencias de este terremoto político amenazan con paralizar la arquitectura institucional del país. Para la coalición federal en Berlín, el estrechamiento del espacio moderado convierte la gobernabilidad en una pesadilla de pactos frágiles e incoherentes. Forzar alianzas antinaturales para mantener a la ultraderecha fuera de los gobiernos regionales solo alimenta la narrativa antisistema de que los partidos tradicionales son dos caras de la misma moneda.
Al mismo tiempo, la irrupción de una izquierda radical dispuesta a tensionar el marco regulatorio del capital privado genera incertidumbre en los mercados y en los grandes consorcios industriales.
En el plano geopolítico, las réplicas de este sismo desbordan las fronteras alemanas. La Unión Europea, atenazada por la guerra en su flanco oriental y la competencia económica global, depende críticamente del liderazgo y la estabilidad de Berlín. Una Alemania ensimismada en sus batallas identitarias internas, con un gobierno federal debilitado y un parlamento fragmentado, pierde capacidad de maniobra en la escena internacional.
Ni el rigor fiscal de la CDU ni el asistencialismo tradicional del SPD logran aplacar la marejada. Si el centro político no rediseña de inmediato las bases de la prosperidad material para las clases trabajadoras y medias, Alemania continuará deslizándose por una pendiente polarizada donde la gobernabilidad ya no se decide en el consenso, sino en el incendio de sus márgenes.
