Tras 40 años en el cine, Laura Goldberg enfrenta las consecuencias de los terremotos sin jubilación ni seguridad social

Cultura Twitter

The Daily Journal. — Cuando el primer movimiento sísmico sacudió Caracas el pasado 24 de junio, Laura Goldberg estaba en su apartamento de Chacao, en la misma cuadra donde dos edificios resultaron afectados de manera severa. No había vivido un terremoto antes. Tampoco estaba preparada para lo que ocurriría en los minutos, días y semanas siguientes.

“Nada, nada, nada se parece a lo que yo sentí el 24 de junio”, recuerda.

Goldberg, licenciada en Artes Cinematográficas por la Universidad Central de Venezuela, lleva cuatro décadas trabajando en el cine. Ha participado en 86 largometrajes como asistente de dirección y script o continuista, en películas como Taita Boves, de Luis Alberto Lamata; La fiebre sube al Pao, de Manolo Matji; Elipsis, de Eduardo Arias-Nath, y Pandemonium, de Román Chalbaud.

Pero aquella madrugada no reaccionó como la profesional acostumbrada a resolver imprevistos en un rodaje.

“Me quedé paralizada. Y yo soy una persona muy activa, con mucha fortaleza y mucho carácter y mucho todo. Y, sin embargo, me quedé paralizada. O sea, no me pude mover de la cama”, cuenta.

Sus cuatro gatos huyeron antes que ella. Cuando finalmente intentó salir del apartamento, descubrió que las puertas habían quedado descuadradas. Un vecino adolescente, Javier, intentó ayudarla a abrirlas desde el otro lado.

No funcionó. Goldberg tomó entonces una decisión que, en circunstancias normales, habría parecido impensable: salir por el balcón.

El muchacho se subió a un pequeño techo y le pidió que apoyara una pierna sobre su espalda para ayudarla a pasar. Goldberg logró salir, pero al saltar de regreso al apartamento perdió sus Crocs sobre el suelo cubierto de vidrios rotos.

“Me corté todo y entonces toda la bajada de las escaleras, por suerte es piso bajo, quedaron las muestras de sangre. De película, de película”, relata.

La frase podría formar parte de uno de los guiones que ha escrito y vivido durante sus 40 años de carrera. Pero esta vez no era ficción.

Cuatro días en un automóvil

Después del terremoto vino una segunda etapa de la emergencia: encontrar dónde dormir.

El estacionamiento del edificio había sufrido una de las mayores fracturas y el inmueble quedó sin condiciones para ser habitado. Goldberg pasó cuatro días durmiendo en su automóvil y en una silla frente al edificio.

No quería alejarse.

“Es mi sitio seguro y es donde me escondo a veces”, explica. “Yo no quería dejar mi casa, no la quería dejar”.

La cuadra quedó cerrada. Entre los edificios afectados se instalaron policías, efectivos de la Guardia Nacional, ambulancias y vehículos destinados a retirar escombros. Por las noches, el ruido de los camiones hacía difícil distinguir entre una nueva réplica y el movimiento provocado por el tránsito pesado.

“Estabas intentando dormir en el carro y cada vez que pasaba un camión sentías que estaba temblando otra vez, pero era que se movía el asfalto porque pasaba un camión lleno de escombros”, recuerda.

En medio de la emergencia, los vecinos organizaron parte de la asistencia. Llegaban desayunos, almuerzos y cenas. También consiguieron colchones, aunque posteriormente la Guardia Nacional desalojó a las personas que se habían instalado en los alrededores de la alcaldía.

Para Goldberg, esa red de apoyo fue decisiva.

“El pueblo venezolano, que es maravilloso, qué maravilloso. Entonces nos traían el desayuno, el almuerzo y la cena”, dice.

Pero había un problema que complicaba cualquier alternativa de alojamiento: sus cuatro gatos.

Las opciones que aparecían para trasladarse a otra vivienda se cerraban cuando Goldberg explicaba que debía llevar consigo a sus animales.

“El que no tiene mascotas no lo entiende, pero yo no voy a dejar a mis mascotas”, afirma.

Durante esos días comenzó a caminar por las noches por las plazas de Chacao. No se describe como deprimida, sino como perdida.

“Yo más que triste y deprimida, perdida. O sea, no sabía qué hacer de mi vida, no sabía qué iba a pasar, no sabía lo que estaba pasando”, relata.

Una amiga que vivía en Barcelona terminó ofreciéndole su apartamento en Caracas. Goldberg había cuidado las plantas de esa vivienda durante años y la oferta incluyó una condición fundamental: podía llevar a sus gatos.

Fue, dice, “una luz maravillosa”.

El terremoto que vino después del terremoto

Una vez instalada en un lugar donde podía dormir en una cama, bañarse y comer caliente, apareció otra pregunta: cómo sostenerse económicamente.

Goldberg llevaba años sin trabajar con regularidad en largometrajes. Su especialización es precisamente esa: no trabaja en publicidad ni televisión, sino en cine.

“Entre los dos años que llevamos sin hacer películas… tres años que llevamos, porque mi especialidad son los largometrajes, yo no hago propaganda ni televisión ni nada, yo me especialicé en largometrajes”, explica.

A ese período se sumaron los años de la pandemia. En total, calcula, fueron unos cinco años de precarización económica.

“Yo me quedé en cero, por supuesto, como tantos de nosotros. Además, no lo estoy diciendo que sea: ‘¡Ay, pobrecita Laura!’, yo, mi caso nada más. Yo sé que estoy rodeada de similitudes”, afirma.

El terremoto convirtió esa precariedad en una emergencia concreta.

El apartamento requiere reparaciones que Goldberg estima en alrededor de 20.000 o 30.000 dólares. Al mismo tiempo, debe afrontar gastos de condominio, servicios y otros costos asociados a las viviendas en las que ha tenido que permanecer.

Sin un empleo estable en el cine, comenzó a dar clases. Actualmente imparte clases en tres estados del país, pero asegura que esos ingresos no le alcanzan para cubrir un mes de gastos.

“¿Cómo es posible que yo hoy en día, después de tantos años de labor intensa, amorosa, esté así? Con todo lo que yo he trabajado en mi vida”, se pregunta.

Y agrega: “Por eso quería venir a hablar, porque la gran mayoría de mis compañeros están así”.

Una carrera sin red de seguridad

El terremoto también puso sobre la mesa una preocupación que, para Goldberg, trasciende los daños materiales: después de 40 años de trabajo, no cuenta con un sistema de seguridad social que le permita enfrentar una emergencia de esta magnitud.

“No tenemos ni un seguro social, no tenemos nada. No tenemos una jubilación”, sostiene.

Su preocupación no se limita al presente. Durante los días posteriores al terremoto comenzó a preguntarse qué ocurriría si dejaba de recibir la ayuda de familiares, amigos y colegas.

La asistencia llegó desde distintos lugares. Su hermano, que vive en Europa, le ofreció ayuda. Un director con el que trabajó en Venezuela y que ahora reside en México le envió 250 dólares. Pero Goldberg explica que esas contribuciones se consumen rápidamente entre las reparaciones y los gastos corrientes.

“La ayuda de hoy en día… 100 dólares que te prestan… esos 250 dólares se te van”, afirma.

La reconstrucción, por tanto, no se limita a levantar paredes o reparar un edificio. También implica recuperar una fuente de ingresos que dejó de existir para buena parte de los trabajadores del cine venezolano.

Una industria que se fue quedando sin películas

La historia personal de Goldberg se conecta con una transformación más profunda de la industria cinematográfica venezolana.

Durante sus primeros años de carrera, recuerda, existía una estructura que permitía a los profesionales avanzar dentro del sector. Trabajó como asistente en 25 largometrajes y describe una época en la que había posibilidades de producción y crecimiento profesional.

“Había una industria y uno podía hacer y podía representar. De ser asistente pasar a ser la persona que iba a serlo”, recuerda.

Según su relato, esa dinámica comenzó a deteriorarse progresivamente y se hizo particularmente evidente durante la última década.

La pérdida de fuentes de financiamiento y el deterioro de las condiciones económicas redujeron las posibilidades de producir películas en Venezuela. Goldberg menciona especialmente el papel que tuvo Ibermedia en el financiamiento de producciones venezolanas y recuerda que numerosas películas recibieron apoyo de ese programa.

La depreciación del bolívar hizo cada vez más difícil financiar producciones locales y aumentó la dependencia de recursos externos.

El resultado, según Goldberg, fue una industria con cada vez menos oportunidades laborales para técnicos y profesionales especializados.

Para una trabajadora con 40 años de trayectoria, el problema no es únicamente haber perdido un empleo: es haber perdido la estructura profesional sobre la que construyó su vida económica.

Tres meses después

Tres meses después del terremoto, Goldberg todavía tiene que resolver las consecuencias materiales del desastre. Su vivienda requiere reparaciones y sus ingresos continúan siendo insuficientes.

Pero el terremoto también modificó su percepción sobre una fragilidad que, dice, ya existía.

“¿Y si el día que me dejen de ayudar?”, se preguntó después de instalarse nuevamente.

La respuesta la llevó a trabajar, a dar clases y a pedir ayuda, algo que asegura que nunca había hecho antes.

El desastre expuso así dos vulnerabilidades simultáneas: la de una ciudad frente a un evento sísmico y la de una trabajadora frente a décadas de precariedad en una industria que alguna vez ofreció mayores posibilidades de empleo.

Goldberg no cuenta su historia como un caso aislado.

“La gran mayoría de mis compañeros están así”, insiste.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *