Viaje a territorio hostil

Opinión

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Julio A. López, editor jefe. — A lo largo de la historia romana, pocos emperadores se atrevieron a internarse o acercarse directamente a territorios controlados por potencias rivales. Cuando lo hacían, no se trataba de simples viajes diplomáticos, sino de demostraciones calculadas de poder, audacia y necesidad estratégica. Desde las campañas orientales de Trajano hasta los delicados encuentros con Persia, esos desplazamientos simbolizaban que el equilibrio del mundo conocido dependía de la relación —o confrontación— entre grandes imperios capaces de coexistir mientras se preparaban simultáneamente para competir.

El reciente viaje del presidente Donald Trump a China guarda ciertos paralelismos con las expediciones imperiales. Más allá de los discursos, ceremonias y fotografías oficiales, el trasfondo real fue el encuentro entre dos potencias profundamente interdependientes, pero al mismo tiempo enfrentadas en el comercio, la inteligencia artificial, la tecnología, la energía, las cadenas de suministro, el espionaje y el control geopolítico global. Como en tiempos de Roma y de Partia, el viaje no representó una rendición ni una alianza definitiva, sino el reconocimiento tácito de que las grandes potencias modernas están obligadas a dialogar incluso mientras se preparan para competir en todos los terrenos posibles.

La seguridad norteamericana operó según parámetros propios de una visita a un territorio hostil. No se trataba necesariamente del riesgo de un ataque físico directo, como podría ocurrir en Afganistán o en Irán, sino de una amenaza mucho más silenciosa y sofisticada: la guerra tecnológica y el espionaje masivo. El nivel de alerta fue extraordinario. Junto al presidente viajaron no solo altos funcionarios políticos, sino también figuras clave de la comunidad de inteligencia, seguridad y defensa de Estados Unidos, así como algunos de los empresarios más importantes del país vinculados a contratos estratégicos con el Pentágono.

Las medidas de seguridad resultaron reveladoras. Antes de abordar el Air Force One para abandonar China, gran parte del material utilizado por la delegación estadounidense fue obligatoriamente desechado: credenciales, obsequios, teléfonos temporales y dispositivos electrónicos empleados durante la visita terminaron literalmente en los contenedores de basura al pie de la escalinata del avión presidencial. Los teléfonos personales jamás ingresaron al territorio chino; los funcionarios los dejaron en Estados Unidos o los mantuvieron apagados y asegurados en la aeronave oficial.

En China, prácticamente toda la delegación operó con equipos y teléfonos temporales, bajo la premisa de que cada llamada, cada pulsación de teclado, cada cable de carga y cada conexión electrónica podían convertirse en un mecanismo potencial de vigilancia. Y no era paranoia. Durante la visita, incluso un agente del Servicio Secreto estadounidense habría sido bloqueado temporalmente al intentar ingresar armado a una zona protocolar, mientras que periodistas norteamericanos enfrentaron restricciones de movimiento y múltiples controles logísticos.

En público, Trump y Xi Jinping sonrieron ante las cámaras y hablaron de cooperación, estabilidad y diálogo histórico. Pero en privado, gran parte de la delegación estadounidense actuó como si estuviera en un territorio completamente hostil. La desconfianza mutua era palpable en cada detalle operativo. El mensaje interno habría sido claro y contundente: nada proveniente de China debía subir al avión presidencial.

Hoy casi nadie recuerda la guerra de aranceles que marcó los primeros días del segundo gobierno de Trump. Las tarifas, las amenazas comerciales y las sanciones dejaron de ocupar titulares, pero eso no significa que la confrontación haya terminado.

Simplemente cambió de forma. La lucha continúa por otros medios, negocios entre sí, mientras ambas naciones se preparan para competir en todos los terrenos posibles, sin olvidar nunca que, detrás de los acuerdos y las sonrisas diplomáticas, ambas continúan percibiéndose como superpotencias abiertamente hostiles.

La sospecha estratégica domina cada movimiento; las potencias ya no necesitan disparar para librar una confrontación permanente; basta con vigilar, infiltrar, condicionar y anticipar al adversario.

Así luce la diplomacia entre superpotencias en pleno siglo XXI. No es la diplomacia romántica de las cumbres del pasado, sino una coexistencia estratégica entre actores que comercian entre sí mientras, simultáneamente, se espían y se preparan para una competencia global a largo plazo. Como en los tiempos de Roma, los emperadores modernos continúan viajando a territorio rival no porque exista confianza, sino precisamente porque el equilibrio del mundo depende de mantener abierto el diálogo incluso entre adversarios. Y ahora Pekín se prepara para recibir no a otro emperador, sino al poderoso zar de Rusia. 

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