Roberto Smith Perera. – Escribo esto no con ánimo de confrontación, sino con la genuina ilusión de que la dirigencia venezolana pueda corregir su análisis estratégico antes de que el país continúe profundizando en su deterioro histórico.
Hay una realidad dura que la clase política opositora venezolana, dirigida por María Corina Machado y otros, no han sido capaz de comprender.
Y por eso voy a hablarles claro y directo.
Después de 25 años observando el desastre venezolano, en Washington D.C. se fue consolidando progresivamente una visión muy negativa de Venezuela, tanto del chavismo como de la oposición.
Sobre el chavismo no había dudas. Para los operadores de seguridad nacional, inteligencia, defensa y geopolítica de Washington, el régimen venezolano evolucionó hace años hacia una estructura de poder político-criminal, penetrada y dominada por el narcotráfico, la inteligencia cubana, redes financieras ilícitas, estructuras represivas y vínculos con actores estratégicamente hostiles a Occidente, como Irán, Rusia, China y Cuba.
Ese diagnóstico quedó consolidado hace tiempo en múltiples agencias y centros de análisis estadounidenses. La conclusión verdaderamente devastadora fue para la otra parte.
Después de escuchar durante décadas a opositores venezolanos desfilar por Washington prometiendo quiebres inminentes, fracturas militares, colapsos inevitables y soluciones mágicas, una parte importante del establishment estratégico estadounidense comenzó a llegar silenciosamente a una conclusión extremadamente dura: “𝗧𝗵𝗲𝘀𝗲 𝗼𝗽𝗽𝗼𝘀𝗶𝘁𝗶𝗼𝗻 𝗹𝗲𝗮𝗱𝗲𝗿𝘀 𝗮𝗿𝗲 𝗱𝗶𝘀𝗰𝗼𝗻𝗻𝗲𝗰𝘁𝗲𝗱 𝗳𝗿𝗼𝗺 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗶𝘁𝘆.”
La frase no surgía necesariamente del desprecio hacia las intenciones morales de la oposición venezolana (que valoran mucho), sino de la percepción de que gran parte de esa dirigencia simplemente no entendía el tipo de régimen al que se enfrentaba.
Mientras los operadores más curtidos del NSC, Pentágono, State Department, RAND, CIA, la comunidad de inteligencia y múltiples Think Tanks de seguridad nacional analizaban a Venezuela como un problema de state failure, crimen organizado, coerción militar, control territorial y plataforma de guerra híbrida global, la oposición venezolana seguía insistiendo una y otra vez en la misma fórmula: “L𝗮 𝘀𝗮𝗹𝗶𝗱𝗮 𝗲𝘀 𝗲𝗹𝗲𝗰𝘁𝗼𝗿𝗮𝗹, 𝗽𝗮𝗰í𝗳𝗶𝗰𝗮 𝘆 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗶𝘁𝘂𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹”.
Durante años, Washington escuchó exactamente las mismas promesas: “ahora sí”, “el régimen está a punto de caer”, “somos mayoría”, “hay fractura militar”, “tenemos el 80% de los generales”, “la presión internacional es lo único que falta”, «ganamos y cobramos».
Y año tras año: nada. El régimen sobrevivió y se fortaleció en medio de la creciente miseria nacional. La oposición volvía a fragmentarse y a reunirse. El país siguió deteriorándose. Y el chavismo mantuvo intacto el control efectivo del poder.
El punto culminante de este proceso fue el episodio de Guaidó. Nunca antes la nación latinoamericana había recibido semejante respaldo internacional, reconocimiento diplomático, presión económica, legitimidad política y apoyo directo de Washington. Sin embargo, desde la perspectiva de muchos operadores de seguridad estadounidenses, 𝗲𝗹 𝗿𝗲𝘀𝘂𝗹𝘁𝗮𝗱𝗼 𝗳𝗶𝗻𝗮𝗹 𝗳𝘂𝗲 𝗱𝗲𝘃𝗮𝘀𝘁𝗮𝗱𝗼𝗿.
No hubo quiebre militar. No hubo control territorial. No hubo institucionalidad paralela real. Y nunca terminó de emerger una arquitectura sólida para gestionar una verdadera transición nacional.
Aquello consolidó aún más la percepción de que la oposición sobrestimaba sistemáticamente su fuerza, subestimaba profundamente la resiliencia del régimen y carecía de una visión seria para el “día después”. No tenían ni un plan, ni un presupuesto, ni un equipo.
Ese proceso acumulativo ayuda a explicar uno de los episodios más políticamente dolorosos para muchos venezolanos: el momento en que la administración Trump terminó por privilegiar una relación pragmática con Delcy Rodríguez en lugar de apostar directamente por la principal figura política y moral de la oposición venezolana, María Corina Machado.
Muchos venezolanos interpretaron aquello emocionalmente. 𝗣𝗲𝗿𝗼 𝗲𝗻 𝗪𝗮𝘀𝗵𝗶𝗻𝗴𝘁𝗼𝗻 𝗲𝘀𝗮𝘀 𝗱𝗲𝗰𝗶𝘀𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗻𝗼 𝘀𝗲 𝘁𝗼𝗺𝗮𝗻 𝗲𝗺𝗼𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲. Fueron años de informes, análisis y observación acumulada los que condujeron a una conclusión muy concreta: No tienen un plan serio. O como lo dijo el Presidente Trump, explícitamente: “𝗦𝗵𝗲 𝗱𝗼𝗲𝘀𝗻’𝘁 𝗵𝗮𝘃𝗲 𝘁𝗵𝗲 𝘀𝘂𝗽𝗽𝗼𝗿𝘁 𝗼𝗿 𝘁𝗵𝗲 𝗿𝗲𝘀𝗽𝗲𝗰𝘁 𝘄𝗶𝘁𝗵𝗶𝗻 𝘁𝗵𝗲 𝗰𝗼𝘂𝗻𝘁𝗿𝘆.”
Y allí apareció una de las apuestas más arriesgadas y políticamente temerarias de toda la trayectoria de Donald J. Trump: el operativo del 3 de enero para capturar a Maduro.
Aquello no fue un simple movimiento táctico. Fue un acto de enorme riesgo político, militar y geopolítico, ejecutado bajo la convicción de que el problema venezolano ya era percibido en Washington como una amenaza hemisférica a la seguridad nacional que excedía los marcos tradicionales de la presión diplomática.
Pero incluso ante una apuesta tan extrema como intentar remover físicamente a Maduro del tablero, la conclusión dominante en Washington siguió siendo la misma: la oposición venezolana no tenía una arquitectura de poder ni músculo real para administrar el país.
Eso es, en buena medida, lo que estamos viviendo hoy. Y, aun así, la dirigencia opositora —con María Corina Machado como principal figura— sigue atrapada en un enfoque político que continúa priorizando la dimensión electoral por encima de la reconstrucción institucional.
Siguen hablándole al país y al mundo como si Venezuela enfrentara una transición democrática convencional, similar a otras experiencias latinoamericanas o europeas de cambio electoral rutinario.
Pero Washington sabe que Venezuela no es un país normal. Es un Estado colapsado, penetrado por estructuras criminales, con una profunda destrucción institucional, caos monetario, colapso energético, fractura fiscal, deterioro militar y devastación social acumulada.
Y precisamente por eso, muchos operadores estratégicos estadounidenses continúan viendo a la oposición venezolana como incapaz de comprender plenamente la complejidad del poder real en Venezuela.
Ahora bien, la administración Trump tampoco parece contar con una arquitectura profunda de reconstrucción nacional para Venezuela.
Lo que parece existir hasta ahora es una lógica de estabilización pragmática al estilo de la RAND Corporation: estabilización parcial, petróleo, minería, control migratorio, manejo táctico del caos y sostenimiento del poder. Un enfoque clásico de “muddling through” político y militar.
Administrar el deterioro no equivale necesariamente a reconstruir institucionalmente una nación. Y es precisamente ante ese vacío —el que existe entre una estrategia predominantemente electoral y una lógica de estabilización táctica de corto plazo— que surgen las propuestas del Consejo de Reconstrucción Nacional (𝗖𝗥𝗡), el Estatuto Constitucional de Reconstrucción de la República (𝗘𝗖𝗥𝗥) y Venezuela First World Blueprint.
La tesis central es sencilla pero profunda: Venezuela no enfrenta solamente una transición electoral. Enfrenta una reconstrucción nacional de escala histórica. Por lo tanto, requiere mecanismos extraordinarios de estabilización, de reorganización institucional y de reconstrucción del Estado antes de aspirar a una normalidad democrática sostenible.
El 𝗖𝗥𝗡 establece una estructura tecnocrática temporal de 18-36 meses para estabilizar el país. El 𝗘𝗖𝗥𝗥 plantea una arquitectura jurídica singular para viabilizar dicho proceso. Y Venezuela First World Blueprint. responde la pregunta que casi nadie ha querido responder seriamente durante años: ¿Cómo se reconstruye realmente Venezuela sin volver a implosionar dos o cinco años después, como ocurrió en Nicaragua, Irak o Afganistán?
Una elección puede ser parte de la solución, pero no sustituye una arquitectura de reconstrucción nacional. Y quizás allí está la única salida racional y realista para Venezuela: Un gran acuerdo histórico entre las tres fuerzas que efectivamente tienen poder sobre el terreno en Venezuela: el chavismo, la oposición y Estados Unidos. Lo llamo 𝗩𝗲𝗻𝗲𝘇𝘂𝗲𝗹𝗮´s 𝗠𝗮𝗿𝘀𝗵𝗮𝗹𝗹 𝗣𝗹𝗮𝗻.
No para “ganar” a una facción por otra. No para imponer fantasías maximalistas inviables. No para repetir otra transición improvisada destinada al colapso. Sino para implementar una extraordinaria arquitectura de reconstrucción nacional: el 𝗖𝗥𝗡, el 𝗘𝗖𝗥𝗥 y 𝗩𝗲𝗻𝗲𝘇𝘂𝗲𝗹𝗮 𝗙𝗶𝗿𝘀𝘁 𝗪𝗼𝗿𝗹𝗱 𝗕𝗹𝘂𝗲𝗽𝗿𝗶𝗻𝘁.
El chavismo obtendría algo que hoy no posee: una salida estructurada, estabilidad progresiva, alivio de la presión internacional y la preservación parcial de sus intereses en un marco negociado. La oposición obtendría algo que nunca ha logrado: participación real en la reconstrucción del país, una institucionalidad transicional seria y una ruta auténtica hacia una democracia sostenible y duradera, no meramente simbólica.
Pero además, el 𝗩𝗲𝗻𝗲𝘇𝘂𝗲𝗹𝗮´s 𝗠𝗮𝗿𝘀𝗵𝗮𝗹𝗹 𝗣𝗹𝗮𝗻 tendría un efecto inmediato sobre los inversionistas internacionales. Porque los grandes capitales no esperan la perfección política. Esperan reglas claras, estabilidad jurídica, capacidad de ejecución y mecanismos creíbles de protección de capital.
El ECRR crea esas condiciones desde el inicio: protección constitucional reforzada de la propiedad privada y de la inversión, acceso obligatorio al arbitraje internacional, disciplina fiscal, dolarización coordinada con EE.UU., estabilidad regulatoria para proyectos estratégicos y protección contractual a largo plazo.
Eso permitiría que fondos soberanos, operadores energéticos, infraestructura, telecomunicaciones, minería, turismo, petroquímica, agroindustria y manufactura comiencen a tomar decisiones de inversión mucho antes de que Venezuela alcance una plena normalidad política, en lugar de permanecer paralizados, esperando un desenlace perfecto que quizás nunca llegue.
Y Estados Unidos obtendría algo muchísimo más importante que un simple cambio de gobierno: la posibilidad de construir, mediante el 𝗩𝗲𝗻𝗲𝘇𝘂𝗲𝗹𝗮´s 𝗠𝗮𝗿𝘀𝗵𝗮𝗹𝗹 𝗣𝗹𝗮𝗻, la mayor alianza energética y estratégica del hemisferio occidental.
Una Venezuela estabilizada, reconstruida y plenamente alineada con Occidente podría convertirse nuevamente —esta vez de manera mucho más eficiente y estratégica— en una superpotencia energética global y en uno de los aliados más importantes de Estados Unidos en América Latina, comparable en valor geopolítico a Japón, Corea del Sur, Arabia Saudita o el Reino Unido.
No se trata solamente de petróleo. Se trata de gas, petroquímica, minerales estratégicos, inteligencia artificial, data centers, rutas marítimas, contención migratoria, derrota del narcotráfico, estabilidad hemisférica y equilibrio geopolítico global.
Porque, a estas alturas, la alternativa real ya no es entre chavismo y oposición. La verdadera alternativa está entre la Reconstrucción histórica con 𝗩𝗲𝗻𝗲𝘇𝘂𝗲𝗹𝗮´s 𝗠𝗮𝗿𝘀𝗵𝗮𝗹𝗹 𝗣𝗹𝗮𝗻… o la degradación permanente.
Audio de la Primera Parte: https://clyp.it/nsmrpfmb
Audio de la Segunda Parte: https://clyp.it/3muvwuhc
Audio de la Tercera Parte: https://clyp.it/uqyi5iok
