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Julio A. López, editor jefe.— Algo inusual está ocurriendo en el cielo del Caribe y muy pocos parecen comprender la magnitud de las señales.
En los últimos días se han registrado centenares de movimientos aéreos militares entre Puerto Rico, Curazao y las costas venezolanas. Fuentes marítimas y observadores independientes reportan vuelos constantes de aeronaves de vigilancia, de patrullaje electrónico y de reconocimiento estratégico sobre amplias zonas del Caribe oriental. Desde Margarita, Falcón y otras áreas costeras venezolanas, ciudadanos aseguran haber observado operaciones aéreas poco comunes, entre ellas aeronaves de alerta temprana de tipo AWACS, utilizadas para la coordinación táctica, la guerra electrónica y el control avanzado del espacio aéreo.
Al mismo tiempo, el Comando Sur de Estados Unidos confirmó la entrada al Caribe del grupo de ataque del portaaviones USS Nimitz, acompañado por destructores, buques logísticos y aeronaves de combate, como parte de la operación denominada “Southern Seas 2026”. Oficialmente, Washington habla de ejercicios de cooperación y de presencia estratégica en la región. Pero la magnitud del despliegue supera ampliamente la rutina diplomática o militar habitual.
A esto se suma un hecho aún más delicado: la embajada estadounidense en Caracas anunció simulacros y operaciones aéreas sobre la capital venezolana, en medio de una atmósfera regional cargada de tensión política y militar.
Nadie recuerda ejercicios de esta naturaleza, ni siquiera en los años previos a la llegada de Hugo Chávez al poder. Resulta extremadamente inusual que aeronaves militares sobrevuelen la capital de otro país en plena máxima tensión geopolítica. Y mucho más después de los acontecimientos del 3 de enero. La presencia constante de vuelos militares sobre Caracas genera una enorme expectativa entre la población, pero también una profunda inquietud entre aquellos dirigentes que podrían enfrentar el mismo destino político y judicial que Nicolás Maduro.
Toda la atención mediática internacional parece concentrarse en Cuba. Las acusaciones judiciales contra Raúl Castro, las declaraciones de Marco Rubio y el endurecimiento del discurso de Washington contra La Habana dominan los titulares y los análisis geopolíticos. El despliegue del USS Nimitz ha sido presentado públicamente como una demostración de fuerza dirigida al régimen cubano.
Pero la historia enseña que las grandes operaciones estratégicas rara vez anuncian públicamente su verdadero objetivo.
Mientras sobre Cuba predominan las declaraciones, las amenazas verbales y la presión diplomática, sobre Venezuela se observan hechos concretos: vuelos, patrullajes, movimientos navales, inteligencia electrónica y una actividad militar inusualmente intensa, en una escala que no se veía desde las fases más tensas de las operaciones antidrogas y de la presión regional de los últimos años.
El Caribe vuelve a parecerse peligrosamente a un tablero de ajedrez militarizado.
En geopolítica, las coincidencias casi nunca existen. Los despliegues de esta magnitud cuestan miles de millones de dólares, requieren meses de planificación y movilizan capacidades estratégicas que ninguna potencia activa solo para enviar mensajes simbólicos.
Por eso la pregunta inevitable comienza a resonar en voz baja entre diplomáticos, militares y operadores energéticos: ¿realmente las campanas están sonando por Cuba?
¿O acaso el verdadero objetivo se encuentra más al sur?
Tal vez las campanas no suenan por el nonagenario Raúl Castro.
Tal vez suenan por algún antiguo camarada de Nicolás Maduro.
