Un pacto con la dignidad

Opinión

Dr. Juan Barreto.- Advierto al caro lector que no soy dado al reparto de elogios fáciles. Pretendo más bien colocarme siempre desde una mirada incómoda, pero esta vez quiero compartir una grata impresión producto de una amable sorpresa que la vida me acaba de regalar. Llegué a medio día a un barrio modesto de Madrid, donde me esperaba un hombre de mirada amable, voz honesta y mucha calidez. No faltó el café negro en tacita artesanal. Vive en un apartamento también modesto, pero cuidado y de buen gusto.

No voy a hablar de que lo opina, todo eso ya se conoce a través de los medios y redes sociales, tampoco de nuestras divergencias. Pretendo transmitir otra dimensión del juicio. Me refiero al espesor, la refinación, la consistencia, la calibración, el afinamiento. Pero, a todas estas, ¿de qué o quién estoy hablando?

Tuve la oportunidad de conversar con Humberto Calderón Berti. No me fui a ver con el experto petrolero, ni con el político. Me fui a buscar al ser humano y encontré una mezcla de serena sabiduría que da la experiencia cuando ésta se transforma en la humildad que da «el entendimiento».

Escucharlo es construir una segunda capa de mirada. Es como lograr «el enfoque» preciso. Cuando habla la experiencia se destila como el aroma del café trujillano que me brinda y lo hace desde la desfachatez grosera que da la franqueza y la humildad verdadera del que sabe lo que dice, sin otra pretensión que ajustar cuentas con la verdad y los tiempos.

Él es un recorrido por la historia contemporánea. Siempre ha estado ahí. Es testigo y protagonista de este tiempo. Cuenta la historia y comprendemos. Sus ojos claros brillan y la juventud está ahí, y no es otra cosa que un estado de ánimo que se añeja con el tiempo. “Saber envejecer es la mayor de las virtudes y lograr hacerlo con dignidad es el arte de vivir”, así lo refería Arthur Schopenhauer, cuando decía que hay vidas que en sí mismas son historia y que merecen comentario. “La vida como obra de arte”, para Teodoro Adorno, la que sólo es posible desde la mirada libre de aquél que ha subido la cuesta y se coloca en la cima mirando al tiempo. Lo difícil es poder lograr esa mirada simultánea, la de aquel que mira hacia adelante y hacia atrás.

Yo tenía miedo de envejecer un poco más -porque ya estoy viejo-, pero encontrarme con Humberto, me da la certeza de que puedo y quiero envejecer haciendo de mí una mejor persona y quizá, con esfuerzo, también un poco sabia. Hacer del conocimiento y la reflexión, un hogar acogedor desde donde resistir. Y es que Humberto combina el humor agudo y la reflexión, sin descalificar a nadie, construyendo el acontecimiento, describiendo a los personajes sin despegarse de la realidad. Desde su estoico exilio de Madrid ha hecho “un pacto honrado con la soledad” (G. Márquez). Se reúne con sus amigos a través de distintos chat de conversación, asesora, escribe. Una soledad acompañada, lúcida, activa.

De pronto, me hace un comentario: “Yo los veía llegar allá, a Monómeros, presuntuosos, ignorantes, dando órdenes, exigiendo contratos. llevando encima como coraza, ropa de marca, miles de dólares andantes a la cacería de un negocio». Unos «roba gallinas» bien vestidos, que nunca entendieron que la política es el ejercicio de la ética como práctica de vida.

Cada frase de Humberto es arqueología del presente. No se queja, no presume de nada. Pero su voz es un recorrido de capas y secuencias, de eventos, reflexiones, personajes, anécdotas, cifras. La lucidez es su marca. Afortunadamente, como él hay muchas y muchos más.

Desafortunadamente, la política hoy se practica desde la idolatría. Escuchar a alguien que ya lo ha vivido todo y no tiene otra ambición que servir a los demás es un bálsamo.

Me sorprendió su amor a la vida, a la familia, a la patria, a la soberanía. Su compromiso con la gente sencilla de su Trujillo natal, con quienes no pierde contacto. Está preocupado pero sereno. Su preocupación principal es por la manera como se negocia la soberanía. Llegado a este punto, sentí que estábamos en confianza y que la vida me había regalado un nuevo amigo.

La patria une. Yo que todos los días apuesto por ser un descreído, confieso que llegué a una conclusión: Todavía quedan personas justas que acompañen a Lot, para construir la esperanza. Humberto queda en Madrid, yo regreso. Pero entre los dos queda un hilo invisible. No sé si un pacto no escrito, pero en todo caso, me siento menos solo, puedo seguir abrazando a nuestra patria, apostando a la integridad y la dignidad.

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