Dr. Juan Barreto.- Mucha gente pregunta si yo soy creyente. Generalmente no sé qué contestar a una pregunta tan compleja, pero ahora que escribo sobre lo que creo, podría decir que soy un poco panpsiquista y creo en la vida de algunas figuras, por ejemplo, Cristo, el Papa Francisco y Pepe Mujica (uno de mis favoritos). En el terreno filosófico, me inclino por Spinoza, particularmente la versión que de él hace Tony Negri en Spinoza, una anomalía salvaje.
Mis creencias se traducen en canciones, suerte de oraciones que ocurren en mi mente. Cada situación tiene la banda sonora que le encaja. Voy a encontrarme con una amiga; y en mí suena la canción de Serrat: “Mis amigos son unos atorrantes, convictos de atrapar sueños al vuelo… Mis amigos son sueños imprevistos que buscan sus piedras filosofales, rondando por sórdidos arrabales donde bajan los dioses sin ser vistos. Mis amigos son seres cumplidores que acuden cuando saben que yo espero. Si les rosa la muerte, disimulan porque para ellos la amistad es lo primero».
El reencuentro con una larga amistad requiere un escenario. Los dos somos ucevistas, para nosotros los cafetines son templos, materia de curso obligatorio, en donde aprendemos a polemizar y a transformar el mundo. Mi amiga entiende la amistad como un credo y eso implica asumir el costo. La amistad no es una relación de oportunidad, ni un instrumento para negociar a conveniencia. Los amigos no somos circunstancias políticamente correctas. Por eso escogimos un café como sitio de tregua, como espacio para la no confrontación. Ninguno trató de convencer al otro; el objetivo: reconstruir memorias compartidas, hablar de los amigos comunes y, por supuesto, intercambiar pareceres.
Me reencontré con la insobornable y honesta irreverencia de la sonrisa que conozco. Ahí estaba, en el abrazo de siempre: Atenea Jiménez. Calida, firme, sencilla, profunda. Dejamos a un lado la diatriba por tener razón. La memoria es el tesoro común, es el botín de guerra que compartimos, es la bisagra que une los tiempos pasados y el porvenir. Los amigos son el lugar en donde se anida y atesora lo que somos y vamos siendo. La madurez de los años vividos nos permiten intercambiar y compartir distintas experiencias entendiendo el lugar de cada quien. Conocí a Atenea Jiménez hace ya unos 30 años, en mi casa y la suya: la UCV. Hoy conseguí a mi amiga, intacta.
Llegó con su sonrisa de niña amable, que esconde la firmeza y la audacia de una mujer perseverante y astuta. extraña mezcla de pragmatismo e ideales. Le dije: «No me sorprendió verte en Panamá. Me dio gusto saber cuánto has crecido”. Con ironía, bromeé, “el único rostro que no se repitió como letanía cansada, fue el tuyo, no me malinterpretes, no estoy juzgando ni descalificando a ninguno. Pero cuando te vi, me dio mucha satisfacción saber que no todo es como lo pintan”. Atenea, la socióloga, militante comunera aguerrida, inteligente, formada, tolerante, curtida en el debate, en medio de la jungla.
Ella habla con la sonrisa -tiene varias- y con una de ellas me dice: «Los procesos y los movimientos no son en blanco y negro”. Apela a la dialéctica, hace caracterizaciones, escenarios. Yo, que soy un “chino negro”, que de un lado no me quieren por chino y del otro tampoco, por negro. Que soy visto con distancia por ambos extremos, consigo en Atenea un pilar, una posibilidad de tender puentes para que todos nos escuchemos y toleremos.
Tuvo que irse del país, como lo hicieron millones de venezolanos. Pero en su caso ella fue amenazada y perseguida. Hoy vive y trabaja duro en Madrid . Sí, tal como lo leen, trabaja. Atenea se gana la vida honradamente para vivir alquilada y no acepta ser mantenida de nadie y por nadie. Ella no es una político a sueldo, ni es una clienta de una tolda política. Sin poses y sin quejas, se abre paso en “el desierto de la realidad”.
“Muchos me ven como bicho raro y a veces tengo que traducirme a mí misma para que me entiendan. Yo les hablo desde una posición de clase y no oculto mi origen de izquierda . Desde allí los acuerdos», me dice.
Un ser sin mezquindad. Saber que ella existe me hace bien. No niega ni esconde su origen ni a sus amigos, aunque a otros le incomoden, es muy extraño en estos tiempos. Quedamos con el compromiso de la amistad, el reconocimiento y el respeto.
La voz impertinente que llevo por dentro me suelta otro de mis credos, a Fito Páez: «Me gusta estar al lado del camino, fumando el humo, mientras todo pasa. Me gusta abrir los ojos y estar vivo, haber vivido millones de resacas. Entonces, navegar se hace preciso, en barcos que se estrellen en la nada. Vivir atormentado del sentido, creo que esa sí es la parte más pesada. En tiempos en que nadie escucha a nadie, en tiempos en que todos contra todos, en tiempos egoístas y mezquinos, en tiempos en que siempre estamos solos. Yo ya no pertenezco a ningún ismo».
¿Cómo hacer para que exista más gente como Atenea? Un personaje del que seguramente tendremos más noticias.
