Editorial: ¿Qué ocurrirá en Venezuela?

Opinión

En Venezuela cualquier cosa puede pasar. No lo digo como frase hecha ni como recurso dramático. Lo digo después de hablar todos los días con personas que están dentro del país y pertenecen a mundos distintos: militares activos y retirados, empresarios, sindicalistas, estudiantes, chavistas, opositores, sacerdotes, profesionales, amas de casa y ciudadanos comunes.

Casi todos coinciden en algo: sienten que ocurrirá algo. Nadie sabe exactamente qué ni hacia dónde tomará rumbo el país, pero la percepción de que la situación no puede sostenerse indefinidamente es demasiado extendida como para ignorarla.
Solo me falta consultar a brujos y chamanes.

Venezuela parece hoy una enorme olla de presión. El dolor causado por los terremotos se mezcla con años de frustración, pobreza, deterioro institucional, incertidumbre política y sensación de abandono. El duelo todavía pesa sobre millones de personas, pero no permanece inmóvil. Puede transformarse en rabia si no encuentra respuesta, dirección ni esperanza.

Ese es el punto que los líderes venezolanos, Washington y la comunidad internacional deberían entender.

En la capital de Estados Unidos, pareciera haber cierta comodidad con la situación. Definitivamente, en las calles de Venezuela nadie baila de felicidad. Tal vez algunos crean que todo está bajo control porque cuentan con informes, tecnología, fuentes diplomáticas y herramientas capaces de medir las conversaciones públicas y las tendencias sociales en tiempo real.

Pero no basta con tener información. Hay que saber leerla.

Me consta que las autoridades norteamericanas, incluidas las vinculadas a su embajada en Caracas, disponen de múltiples fuentes de información sobre Venezuela. Tal vez mis fuentes estén equivocadas. Tal vez la percepción que recojo a diario sea incompleta. Pero cuando personas de sectores tan distintos describen el mismo ambiente de tensión, ignorarlo sería irresponsable.

El mayor error sería confundir el silencio con la estabilidad.

Una sociedad puede parecer inmóvil por miedo, cansancio, duelo o desorientación. La ausencia de grandes manifestaciones no implica conformidad. Muchas veces, los pueblos no anuncian cuándo han llegado a su límite; simplemente reaccionan cuando un hecho inesperado concentra años de malestar acumulado.

Nadie puede saber cuál será ese detonante. Puede ser una decisión política equivocada, un incidente con las fuerzas de seguridad, una protesta espontánea, una nueva escasez, una fractura interna o un hecho aparentemente menor. La historia está llena de estallidos que comenzaron cuando gobiernos, partidos, embajadas y analistas creían que aún había tiempo.

Por eso esta es una llamada de atención.

Quienes gobiernan no deben confundir el agotamiento con la obediencia. Quienes aspiran a gobernar no deben asumir que el descontento se convertirá automáticamente en apoyo político. Y quienes diseñan escenarios de transición desde oficinas, hoteles o capitales extranjeras deben comprender que la calle puede volcar la mesa y dejar sin efecto los planes de todos.

La comunidad internacional también debe actuar con mayor urgencia. Venezuela no puede tratarse como un expediente diplomático sin fecha de resolución. Un estallido social tendría consecuencias regionales: nuevas migraciones, violencia, fracturas en el seno de las fuerzas armadas, expansión de grupos criminales, pérdida de control territorial y mayor inestabilidad en el Caribe.

El país necesita una válvula de escape política, institucional y social. Necesita claridad sobre quién toma las decisiones, bajo qué autoridad y hacia dónde conduce el proceso. Necesita un horizonte creíble que permita canalizar el descontento antes de que este busque su propia salida.

Esta advertencia no busca promover una rebelión ni anunciar un desenlace específico. Busca exactamente lo contrario: evitar que la ausencia de decisiones convierta una crisis manejable en una fuerza imposible de controlar.

Hoy, por primera vez desde los terremotos, un amigo político me dijo que cree que no pasará nada. Quizá tenga razón. Ojalá la tenga. Pero mi deber es decir lo que escucho, lo que percibo y lo que considero una alerta seria para todos los actores con responsabilidad nacional e internacional.

No sé qué va a pasar en Venezuela. Nadie serio puede afirmarlo con certeza.
Pero sí estoy convencido de algo: la percepción de que el país se aproxima a un punto de ruptura es real, amplia y peligrosa.

Los líderes venezolanos deben escucharla.

Washington debe entenderla.

La comunidad internacional debe actuar antes de que sea tarde.

Porque cuando una olla de presión no tiene una válvula de escape, llega un momento en que ya no importa quién tenía el mejor plan para el día siguiente.

No sé qué ocurrirá en Venezuela. Pero sí estoy seguro de algo: ocurrirá algo.

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