Dr. Juan Barreto
No se trata de una entrega o de un tutelaje. ¿Qué pasa cuando una especie muta para no extinguirse? Evoluciona y hasta se hibridiza, como las mulas, que no son ni caballo ni burro. También ocurre con las guacamayas. Puede incluso surgir una nueva variedad o raza.
El intercambio entre especies ocurre entre géneros comúnmente; pregunten en la esquina a cualquier biólogo desocupado. Cuando una especie queda aislada en un territorio y llega otra especie más dominante a su nicho, terminan cruzándose y colonizando genéticamente a la especie local. Si cambian las condiciones climáticas o de sostenibilidad de un nicho ecológico, los nativos son susceptibles a procesos de hibridación. Cuando una especie se hace supernumeraria y acaba con la sostenibilidad de su propio ecosistema, se debilita y queda expuesta a esta situación. Así actúa la evolución de Darwin. No es capitulación, es adaptación mediante mutaciones consecutivas.
Veamos cómo ocurrió eso: secuestraron los símbolos, la historia y los conceptos. Los vaciaron de significado y los acomodaron a una narrativa que ahora se derrumba, dejando a todo el país sin un relato ni una identidad desde donde construir una voluntad política común. Desmenuzaron la identidad colectiva en fragmentos mientras privatizaban al país de manera patrimonialista. Confiscaron y centralizaron las instituciones, y liquidaron o subordinaron a la sociedad civil, los partidos y los sindicatos. Enmudecieron a la sociedad. Prohibieron pensar. Instalaron la sospecha colectiva.
Al perderse la soberanía popular, se pierde la base de la soberanía nacional, como ocurre con un billete cuando se daña una de sus caras. La élite en el poder pasa a ser un grupo armado que controla a una población y a un territorio por la fuerza.
Debilitaron el imaginario y desdibujaron la identidad nacional y entonces, “como el aprendiz de brujo”, abrieron poco a poco la Caja de Pandora y liberaron poderes que ahora no pueden controlar. Crearon las condiciones materiales y subjetivas para la intervención sin resistencia. Una crisis general del Estado por pérdida de la hegemonía es una de las claves, pero esta tiene más razones para su ocurrencia. Tal vez no fue un objetivo premeditado, pero es el resultado de la usurpación y del desconocimiento de la legitimidad de origen.
Hoy la gente se repliega hacia la burbuja de su zona de confort y de sobrevivencia individual. La vida personal surge como alternativa y todo lo demás es ruido. Lo colectivo devino en una consigna vacía y demagógica, y la revancha de la gente es una respuesta política que toma partido: la indiferencia.
Los factores dominantes de la confrontación fueron derrotados: se desgastaron mutuamente y ambos resultaron vencidos. Entonces, como en la teoría de Darwin, compiten por la supervivencia del más apto. El mejor, el más competente e integrado se impone por selección natural y competencia; así es el mundo salvaje, esas son sus reglas. Es “el gen egoísta” abriéndose paso.
Hoy compiten por el reconocimiento del ocupante para convertirse en el factor que permita legitimar la intervención y ser su servidor funcional. Es biología pura. No es confusión entre pragmatismo y servilismo. Es “renaturalización”. Es “subsunción real”. Un devenir de disolución e integración en la sustancia del otro, no una suma de partes. No es alienación, es integración. La historia natural está llena de ejemplos.
No es entrega sin resistencia. No es cobardía ni resignación. No es ética ni debate sobre lo bueno y lo malo. Es la ocurrencia.
La comprensión se encuentra en un registro menos dialéctico y más spinoziano. Es del orden del conatus: “la cosa que se afirma en el otro para seguir existiendo”. No es La cabaña del tío Tom. Es La cosa, de Carpentier.
No es una relación parasitaria de oportunistas. Es hibridación, mezcla, mestizaje. Así las cosas, es un nuevo registro para la producción de sentido. No es adaptación, es entrelazamiento y superposición, pues cuando cambia la naturaleza de la cosa, cambia el sentido.
“No es lo mismo una vara de lino que un levita”, diría Marx. Es otro piso, otro nivel y otro registro. Otra capa. Es el valor de uso que se supera a sí mismo en valor de cambio.
La dimensión cualitativa ya no es del orden del número, es una magnitud; es del orden de la representación. La opacidad es una zona de no representación, que no es un limbo, sino otro estado de ocurrencia donde el objeto se niega a ser nombrado e incorporado al lenguaje.
El devenir de la ocurrencia es “negación, conservación, superación, sin síntesis; o, en todo caso, síntesis en la corporeidad del otro”. Es más lacaniano que shakespeariano. No hay Hamlet, hay Sísifo.
No se trata de oponerse; en primer lugar hay que comprender. Baudrillard, en A la sombra de las mayorías silenciosas, ya lo dijo.
