Estrecho de Ormuz, cerrado hasta nuevo aviso

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Julio A. López, editor jefe.- El alto el fuego entre Estados Unidos e Irán, apenas alcanzado el mes pasado tras una guerra que comenzó el 28 de febrero, volvió a mostrar este fin de semana lo frágil que siempre ha sido. La Guardia Revolucionaria iraní anunció el cierre del Estrecho de Ormuz «hasta nuevo aviso» tras disparar un tiro de advertencia contra un buque que, según Teherán, intentaba cruzar el Estrecho por una «ruta no autorizada». Horas después, el Comando Central de Estados Unidos confirmó que sus fuerzas habían lanzado una tercera ronda de ataques contra Irán en lo que va de la semana.

El detonante fue un ataque contra el M/V GFS Galaxy, un buque portacontenedores con bandera chipriota que navegaba nueve millas náuticas al este de Omán. Según CENTCOM, la Guardia Revolucionaria «atacó descaradamente» la nave, causándole daños significativos en la sala de máquinas y provocando un incendio a bordo; un tripulante permanece desaparecido. «Estados Unidos está imponiendo un costo elevado al continuar degradando la capacidad de Irán para atacar libremente a marinos civiles y buques comerciales que transitan el estrecho», declaró el mando militar estadounidense.

El origen del conflicto en torno a Ormuz es, en el fondo, una disputa por el control de una de las arterias energéticas más importantes del planeta. Antes de la guerra, cerca de una quinta parte de todo el petróleo y el gas natural comerciados en el mundo pasaba por ese estrecho. Irán sostiene que, tras el conflicto, el paso debe quedar bajo su control y que tiene derecho a cobrar peaje a los buques que lo crucen; Washington insiste en que se trata de una vía internacional y exige que Teherán lo declare públicamente y explícitamente abierto, sin ataques a la navegación civil.

Omán, mediador histórico entre ambos países, había presentado apenas un día antes del ataque una propuesta para resolver el impasse: dos corredores separados, uno meridional por aguas territoriales omaníes de navegación libre, como antes de la guerra, y otro septentrional por aguas iraníes que exigiría autorización previa de Teherán, aunque sin cobro de tarifas. El canciller iraní, Abbas Araghchi, viajó a Mascate el sábado para negociar «mecanismos apropiados» que garanticen el tránsito seguro de los buques. Que ese mismo fin de semana se produjera un nuevo ataque revela la distancia que separa la diplomacia de los hechos sobre el terreno.

Esta no es la primera vez que el estrecho se convierte en escenario de esta tensión. Desde el inicio de la guerra, la Guardia Revolucionaria ha atacado y abordado buques mercantes, y ha llegado a minar la vía marítima, dejando varados a cerca de 20.000 marinos y 2.000 embarcaciones en el Golfo Pérsico en abril, según la Organización Marítima Internacional. El bloqueo disparó los precios del petróleo hasta 120 dólares el barril en el punto más álgido de la guerra; hoy, aunque muy por debajo de esos máximos, cada nuevo incidente reintroduce la misma incertidumbre en los mercados energéticos globales.

Lo más inquietante de este episodio es la velocidad con la que un incidente aparentemente aislado —un disparo de advertencia contra un solo buque— escaló hacia una respuesta militar de gran escala. El memorando de entendimiento firmado el mes pasado entre Washington y Teherán estipulaba explícitamente que Irán debía «dialogar» con Omán sobre la administración futura del estrecho. Ese diálogo estaba en marcha, con una propuesta concreta sobre la mesa, cuando la confrontación armada volvió a imponerse a la negociación.

Para Washington, el patrón es claro: Irán recibió, en palabras de CENTCOM, «otra oportunidad más de demostrar su adhesión» al acuerdo tras ser responsabilizado de ataques anteriores contra buques comerciales, y «volvió a fallar». Para Teherán, la narrativa es la opuesta: acusa a Estados Unidos de violar el propio acuerdo de alto el fuego mediante lo que denomina «interferencia externa» de potencias extranjeras en un ámbito que considera bajo la soberanía iraní.

Ninguna de las dos partes parece dispuesta a ceder en la cuestión de fondo —quién manda en Ormuz—, y mientras esa cuestión permanezca sin respuesta, cada buque que cruce el estrecho seguirá siendo, literalmente, una apuesta. La tregua entre Estados Unidos e Irán no se rompió mediante una declaración formal de guerra, sino con un tiro de advertencia contra un portacontenedores. Esa es, quizás, la lección más dura de este fin de semana: en Ormuz, la diferencia entre la paz y la guerra puede medirse en millas náuticas y en la ruta exacta que un capitán decide tomar.