EDITORIAL | El @iRealismo mágico de una nación desesperada

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Julio A. López, editor jefe. — Gabriel García Márquez escribió sobre pueblos donde llovían flores amarillas, sacerdotes levitaban después de beber chocolate caliente y hombres convivían con fantasmas como si fueran vecinos comunes. Eso era el realismo mágico latinoamericano: lo extraordinario tratado como cotidiano. Lo imposible convertido en rutina.

Pero quizás ni el propio Gabo habría imaginado que América Latina terminaría por producir una realidad aún más absurda que la ficción. Una realidad en la que millones de personas, agotadas por décadas de crisis, corrupción, hiperinflación, colapso institucional y éxodo masivo, comienzan a considerar seriamente que la única salida posible para Venezuela sea convertirse en el estado número 51 de Estados Unidos. Un país extraordinariamente rico, arrastrado a la miseria por una clase política que secuestró el poder, destruyó las instituciones republicanas y convirtió la esperanza en resignación. Una nación tan agotada por la crisis que gran parte de su pueblo ya está dispuesto a escuchar cualquier promesa que le ofrezca estabilidad, dignidad y futuro. Bienvenidos no al realismo mágico, sino al irrealismo mágico venezolano.

Macondo parece haberse mudado al Caribe venezolano. Y lo más inquietante no es la idea en sí misma, sino la naturalidad con la que comienza a discutirse. Como ocurre en el realismo mágico, lo extraordinario deja de sorprender porque la tragedia prolongada termina por alterar la percepción colectiva de la realidad. Cuando un país atraviesa tantos años de deterioro continuo, la población comienza a aceptar escenarios que en cualquier otra época habrían parecido delirantes.

Esa es quizás la mayor tragedia venezolana: no solo el colapso económico o institucional, sino también el agotamiento psicológico de una sociedad que empieza a perder la fe en la posibilidad de reconstruirse por sí sola.

Durante décadas, Venezuela fue presentada como una potencia energética destinada a liderar América Latina. Posee las mayores reservas petroleras del planeta, una ubicación geopolítica privilegiada y una población relativamente pequeña para la magnitud de su riqueza. Sin embargo, terminó convirtiéndose en uno de los mayores desastres económicos y migratorios de la historia.

Y cuando la desesperación supera ciertos límites, las ideas extremas dejan de parecerlo.

En otra época, proponer que Venezuela se integrara formalmente a Estados Unidos habría provocado indignación nacional inmediata. Hoy genera debates, encuestas, memes, conversaciones de café e incluso análisis políticos relativamente serios. No porque la mayoría necesariamente lo desee, sino porque una parte importante de la sociedad ha llegado a un punto emocional en el que cualquier alternativa que ofrezca estabilidad, seguridad jurídica, servicios básicos funcionales y una esperanza de prosperidad empieza a parecer aceptable.

Ese es el verdadero realismo mágico contemporáneo latinoamericano: países en los que la ficción política supera la imaginación de los novelistas.

García Márquez entendió que América Latina siempre ha vivido una relación extraña entre fantasía y realidad. Dictadores eternos, revoluciones interminables, caudillos mesiánicos, golpes de Estado, promesas redentoras y pueblos enteros atrapados en ciclos históricos repetitivos. Pero incluso dentro de esa tradición literaria, Venezuela parece haber llevado el absurdo político a un nuevo nivel existencial.

Porque cuando una nación rica comienza a debatir seriamente la posibilidad de renunciar a su soberanía como mecanismo de supervivencia, lo que realmente revela es la profundidad de su desesperación.

Y quizá allí radique la gran ironía histórica.

El realismo mágico nació para describir una región donde lo imposible parecía habitual. Pero hoy América Latina enfrenta un problema mucho más grave: la posibilidad de que lo absurdo ya no sea literatura, sino política pública.

Pensar que los mismos políticos que llevaron a Venezuela al colapso económico, institucional y moral pueden ahora conducir su reconstrucción no es realismo mágico; es realismo mágico con esteroides. Es una versión distorsionada y extrema de esa tradición literaria latinoamericana, en la que lo imposible termina por aceptarse como rutinario. Solo que esta vez no hablamos de mariposas amarillas ni de pueblos donde llueve durante años, sino de una nación devastada que se pretende que vuelva a confiar su destino a quienes destruyeron su moneda, llevaron a que un tercio de sus ciudadanos huyera del país y demolieron las bases mismas de la República. Eso ya no es realismo mágico. Eso es @irrealismo mágico contemporáneo.

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