Venezuela bajo simulacro: El fin del Truman Show venezolano

Opinión

Héctor Sánchez. Sociólogo. – Venezuela hoy se parece más a un inmenso estudio de grabación que a una república soberana. Al igual que en la ficticia Seahaven, vivimos bajo una cúpula de cristal donde la realidad ha sido suplantada por un simulacro minuciosamente orquestado: una hiperrealidad donde el guion político precede y determina los hechos.

Hay una película de 1998 que, vista en retrospectiva, parece un documental sobre nuestro país: The Truman Show, dirigida por Peter Weir. Esta cinta cuenta la historia de Truman Burbank, un hombre que vive una vida aparentemente normal en una isla llamada Seahaven, ignorando que su entorno es una fabricación televisiva.

En este set de dimensiones nacionales, el poder no solo miente, sino que construye un mundo “como si” fuera verdad. Mientras tanto, los ciudadanos venezolanos, convertidos en los «Truman» de esta historia, intentamos descifrar si lo que vemos es el cielo o simplemente una pared de cartón piedra pintada de azul.

El reparto de este show es previsible. Por un lado, tenemos actores de reparto como la presidenta encargada Delcy Rodríguez, quien finge una defensa de la soberanía mientras su hermano, Jorge Rodríguez -presidente de la Asamblea Nacional- entrega empaquetadas leyes reformadas a toda prisa.

Al otro lado del decorado se encuentra una oposición que no oculta su beneplácito por la erosión de esa misma soberanía, criticando al «productor» no por el engaño en sí, sino por no haber entregado el país con mayor entusiasmo y velocidad.

En medio de ellos, una fauna de fabricantes de opinión -expertos de panel y tuiteros al mejor postor- actúan como los actores secundarios de la película: saben que todo es mentira, pero sonríen a la cámara porque su contrato les garantiza un cheque mensual. Estos personajes pronostican y manipulan el futuro del país según lo que dictamine quien paga sus cuentas, dejando tras de sí una deuda impagable para la nación; trabajan, en definitiva, como auténticos mercenarios.

Sin embargo, el verdadero control no reside en el discurso, sino en la mecánica del panóptico. El director del show -ese Christof invisible que opera desde una sala de control lunar- sabe que para mantener a Truman en el set es necesario inducirle miedos paralizantes. Si en la película el mecanismo era la acuafobia, en Venezuela es la precariedad extrema. Un trabajador con un salario de 27 centavos de dólar y múltiples bonos efímeros al mes, no es un ciudadano; es un sujeto reducido a la mera supervivencia, un homo economicus inmovilizado por la inseguridad constante. El sistema utiliza el hambre y la desinformación estratégica no solo para engañar, sino para generar un estado de letargo y apatía.

El mayor éxito del show es, precisamente, nuestra transformación en espectadores pasivos. Sentados en el sofá de la crisis, muchos se limitan a ver pasar la realidad por la pantalla, asumiendo los intereses de la clase dominante como propios por puro temor al caos.

La tragedia final de Truman no fue su cautiverio, sino la reacción del público cuando el show terminó: un simple «¿qué ponemos ahora?» mientras buscaban la guía de televisión. Ese es el riesgo de nuestra «mayoría silenciosa»: dar legitimidad al atropello mediante la inacción y el consumo de una anti-información banal que destruye nuestra capacidad crítica. En este escenario, un salario de miseria condiciona la palabra y la intervención pública, mientras los figurantes le hacen el juego a la perversidad misma.

Pero todo simulacro tiene grietas. El show comienza a tambalearse cuando los «errores de producción» se vuelven insostenibles. La realidad posee una terquedad intrínseca; por más que el guion hable de soberanía, el hecho de que aviones extranjeros sobrevuelen Caracas como si fuera un parque de diversiones rasga el decorado.

Ese momento, cuando el barco de la verdad choca contra el límite del estudio, representa el principio de resistencia de lo real. La salida de esta «caverna tropical» no requiere fuerza física, sino una fuerza mental que nos permita atravesar el marco de la fantasía.

El show de Truman terminará no cuando el director pida el corte, sino cuando los venezolanos dejemos de actuar según un guion ajeno y decidamos salir por la puerta del set para crear una vida a nuestra medida. Solo entonces, el perverso «Estado profundo» será develado, combatido y destruido por el bien del país y del mundo entero.

Como diría Truman: «por si no nos vemos de nuevo: ¡buenos días, buenas tardes y buenas noches!».

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