El perro que orina el poste

Opinión

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Juan Barreto. – En una esquina de mi barrio hay una señora trinitaria muy conocida. Ella saca una mesita y la coloca en la puerta de su casa. Son dos sillas. Allí se sientan sus clientes. Les lee las cartas del tarot. Es muy popular y, en estos tiempos de escasez, lo que más falla es la suerte, y la gente quiere conocerla por anticipado. También hace visitas a domicilio, pero es un poquito más caro. Me ve y me saluda, me echa una bendición y me dice, «¿Cuándo te consultas, Barreto?» Y yo le respondo: «¿Tú haces consultoría política?»

Se ríe. “¡Carajo! Tú vas a ser la única persona que me pregunte sobre esas vainas”. Se llama Carmen, como una tía mía, y siempre me echa la bendición. La licorería de la esquina se llena de gente con una cerveza en la mano. Llega una camioneta que exhibe estridentes cornetas al ritmo de salsa brava que retumba en los tímpanos. Regresa la salsa en avalancha. Es la revancha de un ritmo que está en los huesos. Se escondió por un tiempo, sometida a la fuerza, pero hoy se impone al reguetón, que, cual PSUV, se bate en retirada con poca resistencia.

En la calle la indiferencia es moneda de cambio y el humor es el escudo resiliente que mantiene a la gente en pie. Se habla de la chamba, de Alex Saab, de los gringos, de la economía, pero todo es objeto de burla. Un pueblo humillado durante largos años ya no respeta a nadie. El chiste es la respuesta a las mentiras y a la nada que hay enfrente. La irreverencia y la cerveza son la forma en que la gente ahoga el dolor acumulado.

Cae una tarde nublada sobre Caracas, junto a enjambres de langostas motorizadas en las calles. La llegada de los gringos hoy se ve con naturalidad. Todos saben que es como la visita del perro al poste de la esquina. Refrescan la memoria del 3E. ¿Nos recuerdan quién manda hoy en este “país portátil”, como lo nombrara mi maestro Adriano González León? Aviones de hélice rascan el cielo caraqueño y el hambre se distrae. Todo el que va llegando vuelve a preguntar: “¿Vieron los aviones?” Nadie responde. Porque todos sabemos, como canta Serrat, que “en la noche de San Juan, el pobre vuelve al portal, el rico vuelve al rosal y el avaro a sus divisas”.

Creo que toda la jornada de hoy puede resumirse en pocos elementos fundamentales. El nombre que le pusieron a esta nueva incursión: ejercicio de respuesta militar estadounidense. Una exhibición de fuerza y capacidad. Es como decirnos: «entramos cuando nos dé la gana y nos llevamos a quien queramos”. Luego, el silencio del gobierno y su hospitalidad. También resalta la indiferencia colectiva. A la gente ya todo le da igual. Nada le importa ni le sorprende. Es un pueblo acostumbrado a callar. Por eso hoy se ha replegado a su vida personal. No es un pueblo apolítico, es más bien antipolítico. Quiere un cambio, pero, paradójicamente, no confía en nadie.

Más allá hay otro grupo que se acerca. “Barreto, ¿qué haces aquí? Por fin viniste a tomarte una cerveza”. Yo soy el «político» de la cuadra y siempre despierto curiosidad. También soy parte del paisaje. La esquina es una zona de paz. Y entonces me preguntan así, sin anestesia: “Hoy hubo una marcha, ¿no? Algo contra el gobierno”. Yo le digo: «No, contra el gobierno, no, contra los gringos». “Bueno, bueno, es lo mismo, lo mismo”. Luego silencio y otro tema. No me sorprende.

Pienso en mis compañeros mostrando perseverancia testimonial desde unas pancartas, un esfuerzo hoy puramente simbólico, un puñado de venezolanos que se aferran, un piquete protestando como un David desarmado con las manos peladas, frente a un Goliat desafiante.

Alguien me pregunta: “¿Y Maduro?” El tema ya casi no se toca, salió de la conversación. El pueblo practica el pragmatismo estratégico de Ameliach. A lo hecho pecho y nadie hace leña del árbol caído. Me vuelvo a tropezar con Carmen. Le digo: «Tía, seguro, seguro. Esta semana me consultó”. Las licorerías le salvaron la vida a la esperanza del pueblo. Son el verdadero espacio del gran diálogo nacional y del acuerdo.

En esos encuentros de cervezas al borde de la forja y de la fermentación en secreto, no existen derechas ni izquierdas; nadie es del PSUV ni de la oposición. Todos somos del barrio, y ser de un bando u otro es como ser del Caracas o del Magallanes. Los del PSUV vuelven a aparecer poco a poco, con el rabo entre las piernas y son recibidos entre chanzas, como el que recibe al soldado herido en la película de Oliver Stone, Nacido el 4 de julio. Y los de la oposición, los radicales, un poco más envalentonados, tratan de meter el tema político y todo el mundo los vacila. Gracias al barrio, a la esquina y a la cerveza. Se está salvando lo que queda de la memoria, de la identidad y de la unidad nacional. La solidaridad y esa abstracción que llaman patria. Cuando veo a la gente de mi barrio en esa esquina, recostada en sus motos o con un pie contra la pared, cerveza en mano, digo, “la esperanza está en la calle”; está allí, en ese pueblo que ríe y resiste.

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