El estado de Schrödinger: la paradoja cuántica del poder en Venezuela

Opinión

Héctor Sánchez. Sociólogo.- En 1935, el físico Erwin Schrödinger propuso un experimento mental, en el cual un gato encerrado en una caja podía estar simultáneamente vivo y muerto -en una superposición de estados- hasta que un observador abriera la caja. En la Venezuela actual, esta paradoja ha dejado de ser una abstracción científica para transformarse en nuestra realidad cotidiana. Habitamos un sistema donde las nociones de lo cierto y lo falso se estiran como un chicle, y donde la verdad depende enteramente del ángulo desde el cual el poder decida observar la caja.

Alex Saab: el funcionario que es y no es. El caso de Alex Saab representa la expresión más pura de esta «mecánica cuántica tropical». Hubo un periodo en el que Saab habitó el estado de héroe: fue diplomático, ministro y pieza clave del discurso oficial. Bajo esa investidura, firmó acuerdos de Estado, cotizó en el IVSS e incluso ejerció el derecho al sufragio en las recientes elecciones de 2024. Sin embargo, al abrirse la caja de la conveniencia política, su estado cambió drásticamente: el mismo sistema que lo engalanó, hoy lo etiqueta como un «colombiano ilegal».

La narrativa actual, impulsada desde la administración de Delcy Rodríguez, sostiene que Saab era en realidad un agente doble de la CIA que operaba para el «imperio» bajo un manto de lealtad al chavismo. Esta metamorfosis es reveladora, pues al acusarlo de infiltrado, el Estado admite implícitamente haber funcionado como una «coladera» institucional, donde un supuesto enemigo escaló hasta las alturas del poder ante la mirada de sus actuales detractores. En esta realidad, la lógica se quiebra: el capitalismo y el socialismo en Venezuela logran ser, simultáneamente, cosas distintas, opuestas y también exactamente la misma cosa.

Soberanía en superposición: ¿víctimas o anfitriones? La paradoja se proyecta con igual fuerza sobre el concepto de soberanía nacional. El gobierno venezolano parece habitar dos estados contradictorios al mismo tiempo. Por un lado, proyecta la imagen de víctima de una agresión imperial, denunciando el «secuestro» del presidente Nicolás Maduro por parte de los Estados Unidos y movilizando consignas contra el intervencionismo. Por otro lado, este mismo Gobierno -hoy bajo la gestión de Delcy Rodríguez tras el mencionado «secuestro» presidencial- ha autorizado maniobras de aeronaves estadounidenses que han sobrevolado Caracas y aterrizado en territorio de la potencia agresora.

Resulta inexplicable, fuera de la lógica cuántica, que se actúe como anfitrión de los propios «secuestradores». El poder se manifiesta, así, como un antimperialismo feroz que, simultáneamente, facilita ejercicios militares de la potencia que afirma «decapitó» al Estado venezolano.

La única certeza: el factor humano. Mientras la cúpula política se debate entre héroes que devienen en topos y soberanías que invitan al agresor, existe una dimensión de la realidad que no es cuántica, sino dolorosamente sólida: la vida del ciudadano común.

Para los trabajadores venezolanos no existe la superposición de estados ni la duda metódica, su realidad se reduce a certezas materiales: inflación, salarios de miseria y la evaporación de promesas, como el esperado aumento del 1 de mayo, que siguió siendo un bono al que la inflación devora rápidamente.

En este experimento de poder, poco importa qué etiqueta se le ponga al protagonista de turno o qué haya dentro de la caja; la única verdad absoluta es que el trabajador es quien siempre termina pagando las consecuencias.

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