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Julio A. López, editor jefe.— La reciente reunión de la dirigencia opositora venezolana en Panamá dejó numerosas fotografías, declaraciones, documentos y llamados a la unidad. Sin embargo, más allá de los discursos, el encuentro dejó al descubierto un problema mucho más profundo y peligroso: la creciente desconexión de la clase política venezolana del país real.
Existe una Venezuela que debate cronogramas electorales, negociaciones internacionales, reformas institucionales y estrategias de transición. Pero existe otra Venezuela —mucho más numerosa— que se despierta cada día preguntándose si tendrá agua, electricidad, gas doméstico, transporte o dinero suficiente para alimentar a su familia. Mientras una élite política discute el futuro de la nación en hoteles y salones de conferencias, millones de venezolanos continúan atravesando un auténtico vía crucis para resolver problemas básicos que, en cualquier sociedad funcional, deberían estar garantizados.
La distancia entre ambos mundos se ha convertido en un enorme desfase político y social.
Quizás el fenómeno más preocupante sea que buena parte de la dirigencia parece no percibirlo. La política venezolana ha caído en una peligrosa dinámica de autorreferencialidad, una especie de endogamia política permanente en la que los dirigentes conversan entre sí, se entrevistan, se aplaudan y terminan convencidos de que representan sentimientos que hace mucho tiempo dejaron de interpretar.
Se trata de una auténtica burbuja política.
El ciudadano común observa con creciente frustración cómo los mismos nombres, los mismos partidos y los mismos discursos se reciclan una y otra vez sin ofrecer respuestas concretas a los problemas cotidianos. El resultado es evidente: una profunda desintonía entre la dirigencia y la sociedad.
Los políticos venezolanos parecen haberse instalado en una moderna torre de marfil. Desde allí observan al país a través de encuestas, asesores, estrategas y redes sociales, pero rara vez escuchan la voz de quienes padecen apagones o sobreviven con ingresos insuficientes para cubrir sus necesidades básicas.
El problema no afecta únicamente a quienes ejercen el poder. También alcanza a quienes aspiran a sustituirlo.
Durante años, la narrativa política venezolana giró en torno a la confrontación entre el gobierno y la oposición. Sin embargo, para un número creciente de ciudadanos, ambos polos comienzan a formar parte de un mismo establishment político percibido como distante, ensimismado y cada vez más alienado de la realidad nacional.
Las señales de advertencia son visibles. La opinión de la gente común en las calles de Venezuela muestra una caída sostenida de la confianza ciudadana en los partidos políticos y en las instituciones tradicionales. El desencanto y el rechazo hacia las élites políticas constituyen síntomas inequívocos de esa fractura.
Y cuando una sociedad deja de sentirse representada por quienes pretenden dirigirla, comienza a buscar alternativas.
Allí radica el mayor riesgo para el futuro de Venezuela.
La historia latinoamericana demuestra que cuando los sistemas políticos pierden legitimidad y conexión con la población, surgen figuras inesperadas, movimientos antisistema o liderazgos que capitalizan la frustración colectiva.
El rechazo ciudadano ya no se limita al gobierno. Empezó a extenderse a toda la estructura política tradicional.
Quizás la principal lección de Panamá no sea ni la unidad alcanzada ni los acuerdos suscritos. Quizás la verdadera lección sea mucho más incómoda: la dirigencia venezolana corre el riesgo de hablar cada vez más de sí misma y cada vez menos del país.
Y cuando la política deja de escuchar a la nación real, esta termina por buscar nuevas voces para hacerse oír.
Muchos de esos políticos conocieron la cárcel, el exilio y la persecución por defender la democracia y los valores fundamentales compartidos por la sociedad venezolana. Ese sacrificio merece respeto. Sin embargo, el prestigio que alguna vez acumularon se ha ido erosionando hasta convertirse, para amplios sectores de la población, en una mezcla de indiferencia, decepción y desencanto.
Incapaces de reconocer la profundidad de su desconexión con el país real, continúan actuando como si aún condujeran multitudes. No perciben —o se niegan a aceptar— que hace tiempo dejaron de liderar a la mayoría de los venezolanos y que hoy apenas administran estructuras vacías y fantasmas, sostenidas más por la inercia que por la convicción popular. Mientras el país exige soluciones concretas, ellos siguen atrapados en discursos que ya no movilizan a nadie. Y allí radica su mayor tragedia: no entender que el rechazo que hoy enfrentan no es producto de una campaña adversaria, sino de la creciente distancia que los separa de la realidad nacional.

