Si en tiempos de Napoleón los ejércitos marchaban sobre sus estómagos, en el siglo XXI marchan sobre el petróleo
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Julio A. López.— Napoleón Bonaparte enseñó al mundo una de las lecciones más importantes de la estrategia militar: los ejércitos marchan sobre sus estómagos. Dos siglos después, la esencia de esa afirmación sigue vigente, aunque la logística de la guerra moderna ha cambiado radicalmente. Hoy los ejércitos no marchan sobre pan, carne ni caballos. Marchan sobre petróleo.
Cada tanque, cada avión de combate, cada destructor, cada submarino y cada vehículo de transporte militar depende de un flujo constante de combustibles derivados del petróleo. La capacidad de una nación para proyectar poder militar ya no depende únicamente del tamaño de sus fuerzas armadas, sino también de su capacidad para garantizar el suministro energético que las mantiene operativas.
Las grandes guerras del siglo XX demostraron esta realidad con brutal claridad. Durante la Segunda Guerra Mundial, la campaña alemana en el Cáucaso tuvo como objetivo central capturar los campos petroleros soviéticos. Japón atacó Pearl Harbor después de que Estados Unidos restringiera el suministro de petróleo que alimentaba su expansión militar en Asia. Décadas más tarde, la Guerra del Golfo evidenció de nuevo que la seguridad energética y la seguridad nacional son conceptos inseparables.
Esa misma lógica estratégica parece estar guiando las decisiones que actualmente se discuten en Washington.
A toda velocidad comienza a tomar forma una reserva estratégica que hasta hace pocos días permanecía fuera del debate público. Paralelamente, diversos sectores de la administración Trump evalúan la creación de nuevas reservas estratégicas en distintas regiones de Estados Unidos, en particular en la Costa Oeste.
California consume enormes cantidades de energía, importa aproximadamente el 60 % del petróleo que utiliza y alberga algunas de las instalaciones militares más importantes de Estados Unidos. En San Diego opera la principal concentración de fuerzas navales del Pacífico, incluyendo portaaviones, submarinos nucleares, destructores y unidades anfibias que constituyen una pieza esencial de la estrategia militar estadounidense en Asia-Pacífico.
La región también concentra bases aéreas, centros logísticos y capacidades industriales fundamentales para una eventual respuesta militar ante una crisis internacional de gran escala.
Documentos y conversaciones recientes revelan que funcionarios federales y representantes de importantes empresas energéticas analizan mecanismos para fortalecer la resiliencia energética de la Costa Oeste. Entre las alternativas estudiadas figura la creación de una Reserva Estratégica Petrolera específica para esa región, capaz de garantizar el suministro en caso de interrupciones prolongadas del mercado internacional.
La crisis en torno al Estrecho de Ormuz, por donde normalmente transita cerca de una quinta parte del petróleo comercializado en el mundo, ha recordado a los estrategas algo que parecía olvidado tras décadas de relativa estabilidad: la energía continúa siendo uno de los pilares fundamentales del poder global.
Los recientes ataques contra instalaciones energéticas en Medio Oriente, las interrupciones de rutas marítimas y la volatilidad de los mercados han demostrado que incluso la primera potencia militar del planeta puede verse afectada por vulnerabilidades energéticas.
Los planificadores militares entienden que una guerra prolongada requeriría enormes cantidades de combustible. Un grupo de combate encabezado por un portaaviones puede consumir cientos de miles de galones de combustible al día. Una operación aérea intensiva requiere volúmenes gigantescos de queroseno de aviación. La movilización de fuerzas terrestres requiere cadenas logísticas capaces de transportar combustible de manera continua hacia las líneas de combate.
En ese contexto, las reservas estratégicas dejan de ser simplemente una herramienta económica para estabilizar los precios y se convierten en un componente esencial de la defensa nacional.
La verdadera pregunta es cuánto combustible necesita almacenar una superpotencia para garantizar su capacidad de respuesta militar en una crisis prolongada.
Por esa razón, detrás de cada nueva reserva estratégica, de cada oleoducto, de cada terminal de exportación y de cada política energética existe una consideración que rara vez aparece en los discursos. La verdadera pregunta es cuánto combustible necesita almacenar una superpotencia para garantizar su capacidad de respuesta militar en una crisis prolongada.
Porque si el siglo XIX enseñó que los ejércitos marchan sobre sus estómagos, el siglo XXI ha confirmado una verdad aún más contundente: El petróleo sigue siendo la sangre de la guerra moderna.
