The Daily Journal.─ La mañana del miércoles 24 de junio comenzó con imágenes de alivio. En un video difundido por Melvin Maldonado, jefe de la misión encargada del programa oficial de repatriación de migrantes, se observaba a un grupo de venezolanos recién deportados desde Estados Unidos caminando por el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía. Eran los pasajeros del vuelo 164 procedente de Miami: hombres, mujeres y niños que acababan de regresar al país tras pasar por centros de detención migratoria en Texas, Georgia o Florida.

El mensaje oficial transmitía optimismo:
«Hoy miércoles 24 de junio de 2026 aterrizó el vuelo 164 proveniente de Miami-Florida con 146 compatriotas: 120 hombres, 19 mujeres, cinco niños y dos niñas, todos listos para comenzar una nueva etapa en su amada patria», publicó la misión a través de su canal oficial en Telegram. El texto añadía que los venezolanos habían sido recibidos «con dignidad», siguiendo todos los protocolos para garantizar «un feliz reencuentro en nuestra nación».
Nadie imaginaba que, pocas horas después, muchos de ellos quedarían atrapados en la peor catástrofe natural registrada en la historia reciente de Venezuela.

El destino final era un hotel en La Guaira
Desde el aeropuerto, los deportados fueron trasladados bajo custodia del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) hasta el Hotel Santuario La Llanada, en el estado La Guaira.
El edificio no era un alojamiento turístico convencional. Levantado sobre una montaña a poco más de media hora de Caracas, había funcionado durante décadas como el Colegio San Benito. Posteriormente fue utilizado por la Misión Negra Hipólita para atender a personas en situación de calle, durante la pandemia de covid-19, sirvió como centro de aislamiento para viajeros que llegaban infectados al aeropuerto de Maiquetía.
Con la reanudación del acuerdo de deportaciones entre Washington y Caracas, el complejo se convirtió en el primer destino de los venezolanos devueltos desde Estados Unidos.
Allí los sorprendieron los dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5 que sacudieron el centro-norte del país la tarde del 24 de junio.
«Gritaban que les abrieran»
Las primeras versiones sobre lo ocurrido en el hotel comenzaron a surgir de boca de los familiares de los sobrevivientes.
Yulis Salcedo, madre de uno de ellos, aseguró a medios locales que los migrantes permanecían encerrados cuando comenzaron los sismos.
«Gritaban pidiendo que les abrieran, que les abrieran, porque estaba temblando, y ellos no les abrieron. Los dejaron encerrados como si fueran unos ladrones, unos matones».

Su testimonio se convirtió en una de las primeras denuncias públicas sobre las circunstancias en que los deportados enfrentaron el colapso de la infraestructura.
Hasta ahora, las autoridades venezolanas no han respondido públicamente a esas acusaciones.
Una tragedia sin lista de nombres
Siete días después del terremoto, el Gobierno seguía sin publicar una relación oficial de fallecidos, sobrevivientes o desaparecidos correspondiente al vuelo 164.
La incertidumbre obligó a decenas de familias a recorrer hospitales, refugios y la morgue de Bello Monte, en Caracas, buscando alguna respuesta.
Entre ellas estaba Melany Toyo. Su primo, Víctor Guanipa Toyo, de 32 años, había llegado en el vuelo procedente de Miami.
«La última y única comunicación que se tuvo con él fue con su madre avisándole que ya había llegado al país. Fue lo último que supimos», contó a la prensa apostada a las afueras de la morgue.

Desde allí, la mujer describió la incertidumbre que enfrentaban los familiares.
«Nadie tiene una respuesta clara de qué es lo que pasa con los migrantes que aún no han sido encontrados».
También denunció la falta de información oficial.
«No dan una información veraz. Nosotros venimos buscando una respuesta porque en casa hay una madre que sufre y llora esperando respuesta de su hijo, dos hijos que esperan a su padre, y nosotros necesitamos de verdad una respuesta, sea que esté vivo, sea que esté hospitalizado».
Según relató, las distintas dependencias oficiales ofrecían versiones contradictorias.
«Algunos dicen que sobrevivieron 16; otros dicen que solo sobrevivieron mujeres».
Miles lograron salir. Otros quedaron atrapados
Durante el balance oficial presentado el martes, el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, informó que aproximadamente 30.000 personas se encontraban en las zonas de Caraballeda y Catia La Mar cuando ocurrieron los terremotos.
Según explicó, entre 13.400 y 13.500 personas consiguieron abandonar el área por sus propios medios o con ayuda de familiares durante las primeras horas de la emergencia.
Las operaciones de búsqueda permitieron rescatar 6.461 personas con vida durante los seis primeros días.
El mayor número de rescates ocurrió en las primeras 48 horas: 2.407 personas el primer día y 2.973 el segundo, tras la incorporación de equipos especializados provenientes de distintas regiones del país y de las primeras brigadas internacionales.
Rodríguez también informó que, de los 855 edificios afectados por los terremotos en todo el país, 189 colapsaron totalmente, de los cuales 158 estaban ubicados en La Guaira, el estado donde habían sido alojados los migrantes recién deportados.
El regreso convertido en tragedia
Para muchos de los pasajeros del vuelo 164, el regreso a Venezuela debía representar el final de un largo recorrido por centros de detención migratoria estadounidenses y el inicio de una nueva etapa junto a sus familias.
Anderson Pérez, de 33 años de edad, residenciado en Montgomery, Alabama, llamó a su familia a las cuatro de la tarde del 24 de junio para contarles que al día siguiente sería trasladado a su natal Barquisimeto.
Una semana después, muchas de esas mismas familias continúan buscando respuestas entre hospitales, listas incompletas y morgues, mientras el Gobierno aún no publica un balance específico sobre el destino de estos venezolanos que migraron para huir de la crisis y cuyo retorno forzado quedó marcado por la fatalidad.
