La solidaridad sobre las ruinas

Opinión

Héctor Sánchez, sociólogo.- A estas alturas, la noticia es un eco doloroso en la memoria de todos: dos terremotos de magnitudes históricas sacudieron Venezuela en un parpadeo. Fue un doblete sísmico, una anomalía geofísica que todavía desafía las explicaciones de los expertos, dejando tras de sí una cicatriz de destrucción en el «país portátil» que habitamos: cientos de vidas perdidas, miles de damnificados y un paisaje de desolación.

Sin embargo, no escribo estas líneas para analizar fallas geológicas ni escalas de Richter. Quiero hablar de lo que ocurrió cuando la tierra, finalmente, se quedó quieta y comenzó a moverse la gente.

Lo que hemos presenciado en estos días merece ser rescatado del olvido: en medio de la tragedia, el país se encontró a sí mismo a través de la solidaridad. Mientras las imágenes de edificios reducidos a escombros y niños con el miedo grabado en la mirada nos partían el alma, surgía otra realidad: la de los comunes rescatando heridos con sus manos desnudas, las colas interminables de ciudadanos llevando insumos y los hospitales de campaña levantados por voluntarios que no esperaron el permiso ni la llegada del gobierno.

En estos momentos de urgencia, se hace necesario un milagro sociológico: deconstruir y derrotar la lógica de bandos. En un país que los poderosos han intentado fracturar hasta el extremo, este encuentro de iguales es más que necesario; es imperativo si queremos salvar la patria. Durante décadas, Venezuela fue convertida en un campo de batalla donde dos facciones políticas han hecho de todo por retener o alcanzar el poder, sembrando desconfianza y azuzando el odio que nos hace ver al otro diferente como el enemigo.

Pero cuando el suelo se abrió, ese otro dejó de ser el adversario ideológico para convertirse en el único brazo capaz de sacarnos de los escombros. Es cierto que la tragedia también arrastró consigo la miseria humana: saqueos, influencers fingiendo lágrimas para ganar clics, opinadores de oficio dictando cátedra desde la ignorancia y fanáticos religiosos hablando de «castigos divinos». También vimos a los manipuladores políticos de siempre, intentando torcer el dolor ajeno para sacar rédito propio. Pero todo eso es solo ruido de fondo, basura superficial que flota sobre una corriente mucho más profunda y verdadera, mucha más necesaria y más fuerte.

Lo que realmente importa es esa ola inmensa de personas que compartieron lo poco que tenían bajo la consigna de «todos juntos, todos somos necesarios». Esta respuesta es la señal de que hay algo vivo en el alma del pueblo venezolano que las élites -oficialistas, opositoras, intelectuales y empresariales- no han logrado matar.

Hoy queda demostrado que la «guerra civil» que tanto han intentado provocar desde las cúpulas no ha estallado porque el venezolano común ha comprendido, quizás por las malas, que el odio es un negocio de otros. Es el negocio de los políticos, los opinólogos y los especuladores; un negocio que a nosotros solo nos deja miseria y muerte.

No somos el rebaño dócil que los políticos imaginan. No somos borregos peleando por el color de una camiseta mientras nos roban el futuro. Somos un pueblo que, ante el caos, elige la cordura y la organización. Esta tragedia nos enseña que el país pertenece a quienes lo habitan y lo sueñan, no a quienes inyectan veneno diariamente en el discurso público.

Los terremotos no destruyen a las naciones. A los países los destruyen los gobiernos corruptos, las oposiciones indolentes, las élites egoístas y los imperios voraces. Pero el pueblo, cuando decide sobrevivir y reconocerse en el otro, es más fuerte que cualquier sismo.

Ahora el desafío es no olvidar. Nos toca construir el futuro sobre esta nueva base: la certeza de que, mientras un venezolano esté dispuesto a ayudar a otro por encima de los escombros ideológicos, siempre habrá un mañana

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