Óscar Reyes Matute.- Nuestras primera visiones de ángeles fueron en las pinturas de las iglesias, adonde íbamos a regañadientes los domingos con nuestros padres para la misa. Todos eran y siguen siendo rubios, con enormes alas, flotando un par de metros sobre el piso, con aureolas de colores, acompañando a santos y mártires. Aún no hay angelitos negros, pese al trémulo pedido de Andrés Eloy Blanco; pese a las luchas de Nelson Mandela, Martin Luther King y otros tantos héroes de la interminable batalla contra la segregación y el racismo.
Primero ha habido un Presidente negro en Estados Unidos que un angelito negro. Hay que reconocer que desde San Benito de Palermo ha habido muchos santos afrodescendientes, con la conveniente canonización del Vaticano, pero ni un solo angelito negro.
Nos dicen las sabidurías antiguas que los ángeles no tienen forma humana. Los pintaron así porque había que representarlos de alguna manera que fuera entendible para nosotros en aquellos tiempos.
En realidad, son energías que fluyen por el gran holograma de la Creación y que te afectan para bien o para mal (depende si es el acusador o el de la guarda), pero lo del flujo de energía es una antiquísima definición mística que hoy sí podemos entender un poco gracias a la ciencia y la tecnología.
Se supone que esa energía te rodea, como una aureola, como un aura, dependiendo del grado en que vibres. Si estás en peligro, se materializa, para desviar tu camino del desastre. Entonces, el ángel es alguien que pasa a tu lado y está hablando por teléfono, y dice algo que es justamente lo que necesitabas oír para tomar una decisión trascendental en tu vida.
Alguien te puede jalar por la chaqueta, evitar que intentes cruzar la calle y salvarte de ser atropellado. Esa es una manera de manifestarse un ángel. Alguien se detiene en la carretera a media noche y te ayuda a cambiar un caucho… Otro ángel.
Las barricas de roble donde se guarda el ron en Aragua y Miranda, dejan escapar vapores de alcohol, hasta que se añeja al punto deseado luego de 8 o 12 años. Se evapora hasta el 30% del contenido original de la barrica. Ese vapor se llama «la porción de los ángeles», porque les llega directo a ellos allá arriba. Son unos angelitos curdos, y donde hay más en el mundo es, por supuesto, en Escocia; y en segundo lugar, sobre los valles Aragua y los valles del Tuy.
Los ángeles pueden ser seres muy modestos, que en determinado momento son insuflados con la energía angélica y comienzan a realizar labores para salvar el mundo. Miles de personas se están convirtiendo en ángeles desde el 24 de junio, aquí y afuera. No tienen alas, a veces, ni siquiera los guantes y el pico que necesitan para rescatar sobrevivientes de los terremotos. Pero están allí, mientras otros ángeles acopian comida, medicina, y dejan su vida mundana y egoísta para crear una cadena de solidaridad que ni ellos mismos hubieran creído que eran capaces de hacer.
Bueno, hay ángeles que sí vienen desde el cielo. A veces llegan en potentes máquinas voladoras, que braman y levantan polvo. Son la nueva Merkavá, el Carruaje Celestial o la nave de Dios que se describe en el 1 del Libro de Ezequiel, donde venían ángeles que luego llevaron al profeta a ver el mundo desde el espacio, toda una película de abducción extraterrestre. ¿En qué creen ustedes que se inspira Steven Spielberg?
Otros ángeles vienen en cambote, también volando, en aviones desde todos los rincones del mundo. Hay una convención de ángeles en Venezuela, así en el cielo como en la tierra.
¿Cómo fue que se despertó tal sentimiento de solidaridad? ¿Cómo es que se ha empezado a hablar una una lengua nueva de la inclusión y el apoyo mutuo, en la que aquellos que intentan mantener el viejo discurso de la polarización y la división reciben aquel insulto argentino tan divino de: «¿Y vos por qué no te vas un poco a la mierda?«
Alguien tendrá que explicar luego ese milagro colectivo, y no desde la sociología, sino desde la espiritualidad. Hay ángeles de cuatro patas, peludos y con el hocico muy sensible. Vienen muchos en estos días, desde México, Suiza, USA, Alemania. Hace 70.000 años eran lobos y si nos encontraban solos, se daban un pequeño banquete. No exactamente una comilona, no éramos un mamut caído, pero bueno, digamos que éramos un tentenpié.
Cuando descubrimos cómo encender y mantener el fuego, aprendieron a temernos. No se atrevían a atacarnos en las cuevas donde dormíamos amontonados. Se quedaban detrás de la fogata. Y como siempre dejábamos el reguero de huesos de nuestras parrillas ancestrales, pues aprovechaban la comida gratis, y hasta nos avisaban con aullidos si se acercaba algún tigre dientes de sable.
Nos hicimos socios, ellos nos ayudaban a rastrear las presas, eran nuestros centinles, y nosotros les dábamos de comer. Hasta que la evolución hizo que ambos, humano y perro, al mirarse generaran oxitocina, una hormona de la empatía, y nació el amor por nuestras mascotas. Amor mutuo, amor verdadero, como cantaba Willie Colón.
De ángeles salvajes pasaron a ser nuestras familias. Lloramos y enterramos a una mascota como si fuera un hijo que se nos va.
Hay ángeles de cuatro patas buscando personas tapiadas. Son nuestros grandes rastreadores, desde que todavía eran lobos. Son héroes que ahora todos conocen, como Tsunami, el Border Collie que fue maltratado, abandonado, y que luego de ser rescatado por Jorge Beens se convirtió en perro rescatista.
Ahora Tsunami es viral, por sus actuaciones en Turquía en 2023, en los deslaves de Las Tejerías y El Castaño. Ha salvado más de 35 vidas en Venezuela, sin contar con las que ha salvado afuera.
Ya está un poco viejo para el trabajo, se va a jubilar luego de nueve años de honrosa labor. Le deja el testigo a otros héroes de cuatro patas: Blade, Kayra, Dastan, Kepler, Mali, Rambo, Max.
Sí, me dirás: «ya sabemos que son perros maravillosos y heroicos, ¡pero no es nada sobrenatural!». ¿Pero te habías puesto a pensar que según estos ancianos del desierto de hace más de 2.000 años sabemos que pueden ser ángeles encarnados, al lado de otros ángeles humanizados, que rompen la tierra con las manos para salvar vidas, cuando ellos señalan con un ladrido ¡Aquí hay alguien vivo!?
Convertirte en un ángel no es tan difícil. No se trata de hacer turismo macabro e ir a tomarte selfies en los sitios de desastre. Llégate calladito, pregunta qué puedes hacer, llévale comida a nuestros hermanos y hermanas, llévales medicinas y comida a las mascotas en Parque del Este. Y te vas tranquilito.
Un ángel de verdad nunca va a pedir que lo etiqueten.
