Ricardo Romero Romero
The Daily Journal – Luego de lo vivido en Venezuela el 24 de junio de 2026 con el doblete sísmico que devastó al estado La Guaira y el acontecido en Colombia el 10 de agosto, se nos rememora que la tragedia y el dolor son parte de nuestra vida. También lo es levantarse y salir adelante, a pesar del pesar, del luto, de eso que pareciera condenarnos, pero que no nos ha derribado, que hay un horizonte para los que hemos sobrevivido y que lo hacemos en parte para honrar a nuestros deudos.
Ante esta situación, algunos nos sentimos frágiles, buscando una catarsis o quizás una respuesta a la incertidumbre que te deja una vorágine natural, de la cual no tenemos control. Sin embargo, existen alivios y herramientas que nos permiten una terapia ante la adversidad que nos aqueja. Una de esas es la lectura.
Hace años, tuve en mis manos varias obras de Haruki Murakami y precisamente su libro Después del terremoto se nos convierte en un referente primordial. El texto nos invita a pensarnos más allá de la catástrofe. El terremoto de Kobe de 1995 es el telón de fondo, pero lo que realmente se despliega es un mapa íntimo de la vulnerabilidad humana. Como en la mejor tradición de la literatura japonesa contemporánea, Murakami transmuta la calamidad en metáfora de la existencia: la sacudida externa refleja las grietas internas de sus personajes.
El temblor como símil vivencial
El terremoto no es solo un hecho físico, sino un símbolo de lo transitorio de nuestras certezas. Murakami escribe: “El suelo se movió bajo sus pies, pero lo que más le inquietaba era que también se movía dentro de él”. Esta frase condensa la idea de que los desastres externos despiertan debacles interiores, obligándonos a replantear nuestra identidad y nuestras relaciones, incluyendo el entorno.
Personajes en búsqueda del sentido
Cada relato del libro muestra individuos que, tras el desastre, se enfrentan a preguntas esenciales: ¿qué significa vivir?, ¿cómo se reconstruye la esperanza? Uno de los personajes afirma: “Después del terremoto, comprendí que la vida no era un edificio sólido, sino un puente frágil sobre el vacío”. Aquí Murakami nos recuerda que este plano es provisional, y que la reconstrucción no es solo material, sino espiritual.
Filosofía de la incertidumbre
Este despliegue narrativo se convierte en un ensayo filosófico sobre la no convicción. Murakami sugiere que el fenómeno telúrico es también un llamado a la introspección: “El silencio después del desastre era más profundo que el ruido del derrumbe”. En esa pausa, los personajes encuentran un espacio para pensar en lo que realmente importa. La obra se conecta con la tradición existencialista, donde la crisis es oportunidad para la autenticidad.
Estilo y resonancia cultural
Como seres humanos en busca del sentido, encontramos en la meditación de este libro un espejo de nuestra propia contradicción pero también de las certidumbres que nos caracterizan. No es un conjunto letrado nihilista ni fatalista. Murakami no ofrece respuestas definitivas, sino preguntas que vibran como réplicas del terremoto. Su escritura es un recordatorio de que la literatura puede ser un refugio en medio de los desconciertos, un espacio donde el trauma se convierte en pensamiento creativo.
En definitiva, Después del terremoto es más que inventario de supervivencias, ya que en su extensión percibimos un camino a la reconstrucción y la búsqueda de la superación de crisis. Murakami nos enseña que, aunque el suelo es inestable, siempre podemos encontrar un lugar para edificar sólidas bases desde el adentro.
