El mundo al revés: el hombre de Washington en Caracas

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 Julio A. López, editor jefe.- Una investigación de Bloomberg reveló un dato que ha sacudido a la opinión pública: el empresario elegido por la administración Trump para tender puentes entre compañías petroleras estadounidenses y Venezuela es Alejandro Betancourt López, un magnate señalado desde hace más de una década por presuntos esquemas de corrupción y lavado de dinero vinculados a Pdvsa, quien hoy enfrenta procesos judiciales en España y en el Reino Unido. El mundo, una vez más, parece funcionar al revés.

Un mediador con expediente abierto

Según la investigación, basada en entrevistas con socios comerciales, funcionarios y asesores que pidieron reserva de identidad, Betancourt está ayudando a Washington a identificar activos energéticos prometedores en Venezuela, evaluar cuellos de botella operativos y tender puentes con la industria local. Su trabajo se concentra, sobre todo, en dirigir a pequeñas petroleras estadounidenses —los llamados wildcatters— y a inversores privados al país, ante la reticencia de gigantes como ExxonMobil y ConocoPhillips, todavía escaldados por la expropiación de sus activos años atrás.

Betancourt es, además, uno de los mayores productores petroleros privados de Venezuela a través de su empresa North American Blue Energy Partners (NABEP), que bombea unos 200.000 barriles diarios en el lago de Maracaibo y en la Faja del Orinoco, solo detrás de Chevron.

Una persona cercana a él acordó comprar la participación minoritaria de NABEP que tenía el también controvertido Harry Sargeant III, señalado por la oposición venezolana de haber respaldado a Maduro; poco después de cerrarse ese acuerdo, el Tesoro estadounidense bloqueó los activos de la empresa que poseía Sargeant.

Una trayectoria bajo la lupa de tres continentes

Conocido en Venezuela como uno de los «bolichicos» —empresarios que amasaron fortunas al amparo del chavismo—, Betancourt cofundó en 2009 Derwick Associates, firma que obtuvo, sin licitación competitiva, contratos millonarios para suministrar plantas eléctricas de emergencia durante los años de apagones crónicos, con un sobreprecio estimado por Transparencia Venezuela de unos US$2.900 millones.

La Audiencia Nacional de España llegó a nombrarlo explícitamente, junto a sus socios Pedro Trebbau y Francisco Convit —hoy prófugo—, en relación con un esquema de blanqueo de más de US$4.000 millones de fondos de Pdvsa. El juez Santiago Pedraz desestimó el caso en marzo de este año al considerar que la justicia venezolana ya había examinado el origen de esos fondos, aunque medios como El País reportaron después que el proceso fue reabierto. España solicitó formalmente su extradición al Reino Unido, donde Betancourt reside desde hace años en una mansión de Londres; ese trámite sigue en curso.

En Estados Unidos, Betancourt figura como «co-conspirador número 2» en un caso judicial vinculado a un esquema de lavado de US$1.200 millones, sin que el Departamento de Justicia haya precisado el estado actual de esa investigación. Hasta ahora, nunca ha sido acusado formalmente ni condenado por delito alguno, y tanto él como Derwick han negado siempre cualquier irregularidad.

La lógica de Washington

La propia Casa Blanca, consultada por Bloomberg, evitó referirse directamente al papel de Betancourt, pero calificó de «extraordinarias» las relaciones actuales entre Washington y Caracas: «Estamos trabajando muy bien con la presidenta Delcy Rodríguez y sus representantes. El petróleo está comenzando a fluir», afirmó un vocero. Mauricio Claver-Carone, otrora enviado especial para América Latina, fue quien ayudó a reunir a buena parte del entramado de asesores no oficiales sobre Venezuela, entre ellos Betancourt, aunque hoy participa con menor intensidad.

La contradicción de fondo

Ahí está el contrasentido que da nombre a esta reflexión: mientras Trump promete inversiones millonarias en un país que llegó a describir como el «estado 51», y mientras su gobierno presenta la captura de Maduro como un triunfo contra la corrupción, la puerta de entrada de ese capital estadounidense a Venezuela pasa hoy por un hombre que arrastra dos décadas de señalamientos por presuntamente enriquecerse a costa del mismo Estado venezolano que ahora Washington dice querer reconstruir.

La ausencia de procesos de licitación competitivos no hace sino profundizar la opacidad de estos acuerdos y acrecentar la influencia de Betancourt en un sector que, por su carácter estratégico, debería regirse ante todo por la transparencia. A Venezuela solo le faltaría ahora que este controvertido personaje terminara convertido en candidato presidencial con respaldo estadounidense: quien ha sido señalado como uno de los verdugos de la crisis eléctrica venezolana podría terminar presentado como el salvador del país. Una paradoja difícil de imaginar, pero posible: el mundo al revés.

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