El nuevo fracaso de las «élites»

Opinión

Héctor Sánchez, Sociólogo.- Negociar la complacencia por una embajada, aceptar la sumisión a genocidas como un hecho natural, normalizar la pérdida de soberanía, ser cómplices de la entrega de los recursos de la nación, vivir de una ambición desmedida, aferrarse a cualquier cosa para no perder el poder y ser capaz de cualquier otra para obtenerlo. Este es el día a día de la casta política que pulula por el poder hoy en Venezuela. Si se escribiera un manual descriptivo de las cualidades de las élites políticas y económicas del país actual, de todos los colores y tendencias, estas serían las más resaltantes, para desgracia de todas y todos los venezolanos.

No es la primera vez, sin embargo, que nos enfrentamos a esta desgracia. Hace más de medio siglo, el sociólogo Frank Bonilla -quien, por cierto, en 1965 figuró en las listas de académicos del Proyecto Camelot (una controvertida investigación de ciencias sociales patrocinada por el Ejército de los Estados Unidos para analizar la revolución e insurgencia en América Latina, que fue cancelada tras un escándalo ético sobre el uso militar de la academia)- publicó una obra fundamental para entender la deriva de estas elites abyectas.

Nos interesa señalar un texto que Bonilla escribió y que es imprescindible para el análisis sociológico de la Venezuela de finales del siglo XX, que cobra una vigencia alarmante en este primer cuarto del siglo XXI: El fracaso de las élites, un estudio monumental sobre la clase dirigente venezolana.

En esta obra, se describió el ascenso al poder de una élite proveniente de los sectores medios, su posterior fragmentación, la pérdida de su ímpetu reformista, su creciente distanciamiento del pueblo y su conchupancia con la burguesía parasitaria. Su conclusión fue inquietante: ni siquiera una élite con vocación reformista había logrado llevar a cabo la transformación necesaria para liberar al país de la penuria y la desigualdad.

Esa conclusión, formulada en 1970, resuena hoy como un presagio. Porque lo que se diagnosticó entonces como un «fracaso» se ha convertido hoy en una catástrofe consumada.

El fracaso de las élites venezolanas se debe, fundamentalmente, a sus propias limitaciones, su pastiche ideológico, su pobreza intelectual -a menudo disfrazada de competencia profesional- su oportunismo rancio y la pérdida de contacto con la realidad y las necesidades de la población.

A este análisis sobre las élites nacionales bien podríamos sumarle su cobardía y su complejo de inferioridad: ese empeño por asumir, a toda costa, el papel de «occidentales de orilla» o de «europeos o norteamericanos de segunda», que los lleva a arrodillarse ante el aspirante a emperador de turno de la Casa Blanca, por execrable que sea.

Ya lo hemos dicho, pero habrá que repetirlo todas las veces que sea necesario, el gobierno actual de Venezuela ha convertido la sumisión a Washington en su única política de Estado. Mientras tanto, la oposición se lamenta por no ser ella la mandadera y se esmera por demostrar que ella se arrodillaría mejor y de corazón ante el poder extranjero. Ambos bandos, en consecuencia, hacen de la genuflexión una «cualidad» mientras el país se desangra.

Bonilla describió a una élite que, habiendo llegado al poder con un proyecto de modernización, terminó fragmentándose y perdiendo el rumbo. Se refería, desde luego, a la élite puntofijista. Hoy, esa fragmentación se ha multiplicado hasta el extremo. No existe un proyecto de país, sino meros proyectos de poder; no hay una visión de futuro, sino una obsesión por el presente inmediato; no hay liderazgo, sino una disputa mezquina por las migajas que caen de la mesa del imperio.

En aquel entonces, Bonilla se preguntaba si unas élites democráticas y reformistas podían realmente transformar un país como Venezuela. Hoy, la pregunta es aún más urgente: ¿pueden unas élites que han renunciado a la soberanía, que han abdicado de su responsabilidad histórica y que han convertido la sumisión en virtud, rescatar al país del abismo? La respuesta, por desgracia, es evidente.

La lección que nos deja esta historia de fracasos de las élites apagadas del país , medio siglo después, sigue siendo la misma, el cambio no vendrá de las élites. No vendrá de quienes han fracasado una y otra vez, ni de quienes han convertido el poder en un fin en sí mismo. Vendrá de abajo. De los que no tienen bando. De los que no figuran en la lista de los sumisos. De los que saben que la soberanía no se negocia, sino que se defiende.

Porque el país no pertenece a quienes especulan con el hambre ni a quienes venden la patria por una embajada. El país es de quienes lo habitan, lo trabajan y lo sueñan. Y mientras las élites sigan atrapadas en su juego de poder, el pueblo tendrá que construir su propio camino. Sin ellos. Contra ellos. Porque el fracaso de las élites es, ante todo, la oportunidad del pueblo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *