Las cancillerías occidentales celebran con ingenuidad la supuesta disolución del comité de gobierno de Hamás en Gaza. Detrás de la fachada de una junta de tecnócratas independientes, se esconde una operación de camuflaje geopolítico: desprenderse del lastre administrativo para mutar en un poder en la sombra armado, importando el modelo de Hezbolá en el Líbano.
Óscar Reyes Matute
Las cancillerías europeas y el Departamento de Estado en Washington respiran aliviados. Los titulares grandilocuentes de la prensa internacional celebran lo que venden como un logro histórico y una capitulación civil: Hamás ha decidido disolver su comité de gobierno en la Franja de Gaza para ceder el control administrativo a una junta de tecnócratas independientes.
Occidente, siempre propenso a empaquetar espejismos institucionales con la estética del triunfo democrático, aplaude el nacimiento de este Comité Nacional para la Administración de Gaza.
Sin embargo, una lectura rigurosa de la realidad sobre el terreno y de los análisis de la inteligencia y la prensa israelí revela que no estamos ante una rendición, sino ante una de las operaciones de parasitismo político y camuflaje militar más audaces de la última década. Hamás no está claudicando; simplemente se está quitando el incómodo lastre de gestionar la miseria.
I. El negocio de delegar las ruinas
Tras meses de conflicto devastador, la gestión diaria de una Gaza en escombros (recoger la basura, administrar hospitales colapsados y alimentar a una población empobrecida) es una carga burocrática que ahoga la capacidad militar del grupo. Al entregar las llaves del edificio en ruinas a un comité de burócratas independientes —que hoy esperan luz verde en los hoteles de El Cairo—, Hamás ejecuta un acto de prestidigitación. Le dice al mundo: «Encárguense ustedes de la cuenta de los platos rotos».
Occidente compra la farsa por pura desesperación y cobardía política. La comunidad internacional necesita con urgencia un interlocutor con la cara lavada, un sello de goma políticamente correcto que ostente la etiqueta de «independiente» para poder justificar el desembolso de miles de millones de dólares en la reconstrucción de la Franja sin violar formalmente sus propias leyes antiterroristas.
Es el financiamiento internacional del orden civil, mientras las lealtades profundas de los funcionarios de nivel medio en el terreno siguen respondiendo exactamente a los mismos jefes de siempre. Las oficinas cambian de nombre, pero el bando sigue siendo el mismo.
II. La importación del «Modelo Líbano»
La gran pregunta que la diplomacia bienpensante occidental evita responder con sistemática ingenuidad es: ¿dónde están las armas? El plan de paz de las Naciones Unidas exige el desarme total de las milicias. No obstante, a pesar de la eliminación de sus principales figuras políticas y militares, el núcleo duro de mandos que sobrevive en la inmensa red subterránea ya ha dejado claro que no entregará un solo fusil de asalto, ni una lanzadera, ni un metro de sus túneles.
Lo que se está gestando no es una transición hacia la paz, sino la importación perfecta del modelo de Hezbolá en Líbano. En Beirut opera un gobierno formal, un parlamento y ministros tecnócratas que visten de corbata, firman decretos y reciben con sonrisas a los diplomáticos extranjeros; pero el verdadero poder de veto definitivo lo ejerce la milicia armada en el sur, dueña de los misiles y del monopolio fáctico de la violencia. Hamás aspira exactamente a ese estatus: convertirse en un poder impune en la sombra, libre de dar explicaciones por la falta de agua o electricidad, pero con la capacidad de intimidar o ejecutar a cualquier burócrata civil que ose aplicar una política contraria a sus intereses. Sin desarme, cualquier gobierno en Gaza es solo un rehén con corbata.
III. Las certezas del colapso anunciado
El futuro de corto plazo de este diseño institucional nacerá muerto por tres razones inevitables. Primero, el colapso operativo del Comité Civil: en el momento en que los tecnócratas choquen con las exigencias de seguridad de Israel, el sabotaje desde el subsuelo paralizará la gestión. Segundo, la cronicidad de una guerra de baja intensidad; el establishment de seguridad israelí, consciente del engaño, mantendrá incursiones quirúrgicas constantes para evitar la consolidación de la amenaza, como en la miniserie Fauda. Y tercero, el rearme invisible: el dinero internacional destinado al cemento y los alimentos terminará goteando inevitablemente, vía mercado negro y contrabando, hacia las arcas de la milicia.
Occidente celebra un trofeo de papel para calmar sus conciencias presupuestarias. Israel se prepara para una guerra de desgaste crónico. Hamás no ha desaparecido de la ecuación; simplemente se ha mudado de los ministerios a los túneles, esperando pacientemente que la ingenuidad internacional financie el escenario de la próxima guerra.
