Editorial | Primavera petrolera en Venezuela

Opinión

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Julio A. López, editor jefe.- La historia contemporánea ha conocido distintas primaveras. La Primavera de los Pueblos sacudió Europa en 1848; la Primavera de Praga intentó transformar Checoslovaquia en 1968; y, mucho más recientemente, la Primavera Árabe alteró el mapa político de buena parte de África del Norte y de Medio Oriente.

Todas fueron distintas y respondieron a circunstancias irrepetibles. Pero compartieron una característica: anunciaron que el orden existente comenzaba a cambiar.

Venezuela parece entrar ahora en una primavera de naturaleza muy distinta. No nace, al menos por ahora, de las plazas ni de las barricadas. Llega de la mano de contratos, inversiones, taladros, empresas transnacionales y barriles de petróleo.

Podríamos estar ante el comienzo de una primavera petrolera.

Los grandes cambios económicos rara vez ocurren sin generar consecuencias políticas.

La historia demuestra que tanto el colapso prolongado de una economía como su acelerada transformación hacia el crecimiento modifican las relaciones de poder. Cuando llegan inversiones, aparecen nuevos empleos, aumenta la producción y vuelve a circular el capital; también cambian las expectativas de la sociedad.

Surgen nuevos intereses económicos, nuevos centros de influencia y nuevas relaciones entre el Estado, las empresas y los ciudadanos.

Venezuela difícilmente será una excepción.

Por eso, quizás no estemos presenciando únicamente el nacimiento de un nuevo ciclo económico.

También estamos asistiendo al funeral de un proceso político iniciado hace 27 años.

Nuevos actores comenzarán a reclamar reglas, instituciones, seguridad jurídica y la capacidad de defender sus intereses.

Allí aparece una de las grandes paradojas del momento en Venezuela.

La presidenta encargada, Delcy Rodríguez, puede encontrarse impulsando una transformación económica que, si tiene éxito, acelere la del propio sistema político del que proviene.

Cada contrato petrolero que firma, cada transnacional que regresa, cada nuevo proyecto que comienza y cada dólar que encuentra camino hacia Venezuela contribuyen a estabilizar la economía. Pero, simultáneamente, pueden acercar al país a un punto de inflexión en el que la estructura política diseñada para controlar una economía cerrada y administrar la escasez deje de ser funcional para gobernar una economía abierta y administrar la prosperidad.

El calendario agrega presión. Si Washington consigue consolidar, antes de las elecciones de medio término, una nueva arquitectura energética en Venezuela y los grandes contratos pasan rápidamente de las firmas a los desembolsos, de los anuncios a los taladros y de las proyecciones a los barriles, el país podría comenzar a experimentar una transformación económica a una velocidad difícil de imaginar después de tantos años de deterioro.

Venezuela posee una particularidad excepcional: no necesita descubrir una nueva fuente de riqueza para iniciar esa transformación. Buena parte de ella ya está bajo tierra.

Pero producir más petróleo no implica necesariamente construir un país mejor.
Venezuela ya conoce esa lección.

El verdadero desafío no consiste solamente en atraer miles de millones de dólares, aumentar la producción o volver a llenar las arcas públicas. Consiste en determinar qué sociedad se construirá en torno a esa riqueza.

Sería una tragedia histórica sustituir una élite por otra y presentar el resultado como una transformación.

Poco importará cómo llamemos a la próxima minoría privilegiada: “meritocracia”, clase política, “enchufados”, tecnócratas o nueva élite empresarial. Si la riqueza petrolera vuelve a concentrarse mientras la mayoría observa desde la distancia, habremos cambiado de protagonistas sin cambiar la película.

La inversión extranjera debe generar rentabilidad para quien arriesga su capital. Sin rentabilidad no habrá inversión. Pero Venezuela también debe convertir esa inversión en empleos, salarios, infraestructura, educación, servicios, empresas nacionales y oportunidades para millones de ciudadanos.

Ese será el verdadero examen.

Las primaveras son estaciones de transición. Anuncian que un ciclo termina y otro comienza, pero nunca garantizan por sí mismas lo que vendrá después.

Eso puede estar ocurriendo en Venezuela.

Quizás dentro de algunos años descubramos que el cambio político venezolano no comenzó con un gran discurso ni con una multitud en una plaza.

Quizás comenzó silenciosamente; cuando regresaron las compañías, llegaron los primeros miles de millones de dólares, se encendieron de nuevo los taladros y miles de venezolanos volvieron a encontrar trabajo.

Una verdadera primavera económica venezolana solo merecerá ese nombre cuando sus frutos alcancen, de forma tangible, a la mayoría de los venezolanos que hoy la observan con más cautela que con esperanza.

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