Ricardo Romero Romero
A los inicios de los años 70 del siglo pasado, ya existían obras magistrales en la literatura de ciencia ficción vinculadas a paradojas del pensamiento y la intervención tecnológica capaz de trascender la mente. Desde obras pioneras como Frankenstein (1818) de Mary Shelley, El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde (1886) de Robert Louis Stevenson, Un mundo feliz (1932) de Aldous Huxley o ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968) de Philip K. Dick, se nos presentaron artificios que confrontaron los terrenos de lo biológico y la psiquis afectada por entornos cibernéticos y lo que hoy conocemos como dos fenómenos todavía desconocidos que inspiran curiosidad ansiosa: posthumanismo y singularidad.
Para el año 1972, Michael Crichton, reconocido escritor con títulos como La amenaza de Andrómeda (1969), Congo (1980), Esfera (1987), Parque Jurásico (1990), publicó una novela que, medio siglo después, nos observa con la inquietante expectativa que detona temores por no decir, horrores. El hombre terminal no es solo un relato distópico sobre un paciente epiléptico al que implantan electrodos en el cerebro. Esta obra de narrativa contiene una reflexión filosófica sobre las fronteras oscuras entre lo humano y lo virtual, una cuestión que hoy, en la era de la computación cuántica y la inteligencia artificial generativa, repercute en una significativa magnitud, que Crichton logró intuir y la reflejó como hombre de su tiempo.
El protagonista de la obra, Harry Benson, un programador de computadoras, obsesionado e inmerso en una paranoia o “tecnofobia” que hoy llamaríamos “ciberfobia”, está convencido de que «las máquinas estaban compitiendo con los seres humanos y que acabarían por apoderarse del mundo». Esta certeza, que sus médicos diagnostican como síntoma de su epilepsia psicomotora, adquiere en nuestra contemporaneidad una dimensión perturbadora. Benson no estaba desequilibrado; más bien, se ubicaba un paso adelante.

El cerebro en el laberinto de lo imposible
La intervención quirúrgica que le practican a Benson es la génesis simbólica de la narrativa: «Hemos creado a un hombre-terminal, una terminal única, extensa y compleja del ordenador. El paciente es el teletipo del nuevo ordenador». McPherson, el director de la Unidad Neuropsiquiátrica, expresa con esta frase lo que actualmente, con la proliferación de interfaces cerebro-máquina y los implantes neurales experimentales (como el programa Neuralink de Elon Musk), ha dejado de ser ficción para convertirse en posibilidad tecnológica.
Crichton, con su formación médica, comprendía que los límites entre el cerebro y la máquina no era solo tecnológica sino también evolutiva. Benson no teme a las máquinas externas; teme a la máquina que llevará dentro, a esa prótesis que no solo corregirá su epilepsia sino que redefinirá su identidad. «Soy una bomba de relojería», dice, y no se equivoca: su cuerpo se convierte en el campo experimental donde lo orgánico y lo sintético se confrontarán más allá de la razón humana.
La profecía del electroadicto
Uno de los momentos cumbres del libro es la visita de un joven llamado Craig Beckerman a la Unidad Neuropsiquiátrica. Beckerman no sufre epilepsia ni ninguna dolencia cerebral; simplemente ha leído que la estimulación eléctrica del cerebro produce placer y quiere que le implanten electrodos. «¿No desearía cualquiera un placer semejante?», pregunta. Morris, el cirujano, lo despide considerándolo un caso trivial, pero el incidente revela una verdad incómoda: la tecnología de control cerebral no será usada solo para curar, sino también para satisfacer deseos.
Hoy, cuando los laboratorios compiten por desarrollar implantes que mejoren la memoria o la capacidad cognitiva y el magnate de Tesla anuncia interfaces neuronales para «aumentar» la inteligencia humana, la profecía de Crichton confiere una solidez escalofriante. «El concepto de electroadicto —escribe el autor— había suscitado mucho interés y no poca preocupación académica. La noción de un hombre aficionado a la electricidad… se consideraba casi especulativamente morboso.» Ya no es especulación: el diseño de tecnologías adictivas a la gratificación instantánea, bajo control algorítmico es el modelo de negocio dominante de las grandes corporaciones del entorno digital.
El naufragio de la identidad
Siguiendo con el relato, la doctora Ross, psiquiatra que se opone a la operación, comprende algo que los cirujanos ignoran o eligen ignorar: Benson no solo sufre epilepsia; sufre una crisis de identidad en un mundo que consiera, se está volviendo metahumano. «Su paranoia acerca de las máquinas era, en el fondo, un temor a la dependencia, a la pérdida de la confianza en sí mismo», reflexiona. Esta premonición es una simbólica incertidumbre: la angustia de Benson no es que las máquinas dominen el mundo, sino que su propia subjetividad se disuelva en la red de relaciones electrónicas que lo despojen de su alma.
Benson «camina en los precipicios de la paradoja y sobrevive entre sensaciones fantasmales, transpirando rebatimientos, maniobrando entre la cordura y la enajenación». Ambos personajes habitan esa línea donde la identidad se vuelve problemática, donde el yo se fragmenta entre lo que se es y lo que las circunstancias —o la tecnología— obligan a ser.
¿Inteligencia Artificial sin control?
Si consultáramos al ChatGPT, DeepSeek, Qwen o el Gemini solo por mencionar modelos de lenguaje generativo, entrenados exhaustivamente con los temas que impulsan esta lectura, observaríamos que producen ideas indistinguibles de los humanos, la pregunta de Crichton se invierte: si la máquina puede imitar la conciencia, ¿qué queda de la especificidad humana? El autor escribió en su introducción: «Compréndanlo, somos capaces de hacer estas cosas. Podemos controlar la conducta. En tal caso, ¿quién decidirá lo que debe hacerse?». La interrogante sigue abierta, pero ahora no la formula un escritor de ciencia ficción, sino los ingenieros de Silicon Valley que diseñan algoritmos capaces de influir en elecciones, geopolítica y hasta en genocidios, como el que acomete Israel en Gaza.
Benson, al final, es abatido en su desesperanza al reconocer que no hay vuelta atrás. Esta confesión del personaje contiene una verdad que nos coloca contra la pared: la ciencia y la tecnología que nos promete salvación nos condena a una dependencia que no siempre elegimos, y cuya responsabilidad colectiva preferimos eludir.
El cuestionamiento necesario
Crichton no resuelve problemas que en ese instante no estaban padeciéndose. Sin embargo, nos permite cuestionar el positivismo y el marketing corporativo en torno a la inteligencia artificial que actualmente se desarrolla, como debate urgente. ¿Es posible una tecnología que no nos deshumanice o desplace? ¿Puede la máquina ser una prótesis o complemento sin convertirse en un intruso depredador? ¿Quién vigila a quienes programan los sistemas que nos influyen?
El hombre terminal es, por encima de todo, una admonición sobre la arrogancia científica y el poder. Así como el Benson de la novela, vivimos en la contradicción de ser creadores y criaturas de nuestras propias invenciones, celebrando los avances que nos facilitan la vida, mientras tememos los que nos anulan. La máquina no nos dominará desde fuera, sino desde dentro, cuando confundamos su lógica con nuestra libertad y su eficiencia con nuestro bienestar.
Tal vez el verdadero naufragio no sea el de la especie humana frente a la inteligencia artificial, sino el de una humanidad que, al perseguir la conformidad y la no responsabilidad sobre su realidad material y social, termina perdiendo de vista lo esencial y verdadero.
