Leonardo Salazar.- No ocurrió de golpe. Nadie se despertó una mañana de lunes y decretó, por ley o por la fuerza, que a partir de ese instante las calles, las fachadas y los armarios debían teñirse únicamente de blanco, negro, gris o beige. La pérdida de los colores en el mundo actual ha sido un proceso silencioso, una elección estética a la vez, amparada bajo los sofisticados nombres de «modernidad», «elegancia» y «buen gusto». Sin embargo, detrás de esta aparente sofisticación se esconde una realidad más profunda: nos estamos desprendiendo de nuestra conexión más básica con la naturaleza.
Basta con mirar a nuestro alrededor para notar la uniformidad. Los automóviles perdieron aquellos tonos vivos de las décadas pasadas para convertirse en un desfile monocromático en las autopistas. Las fachadas coloniales y coloridas de las casas fueron sustituidas por muros de concreto expuesto o pintura estéril. Incluso los juguetes y las fiestas infantiles —espacios históricamente sagrados para el caos creativo y la alegría— han sido domesticados bajo una paleta neutra que promete combinar con todo, pero que termina haciendo que casi todo se vea exactamente igual.
El minimalismo, en su génesis, no tiene nada de malo. El peligro real comienza cuando deja de ser una opción artística y se transforma en la única manera aceptable de existir. En la sociedad actual, el uso del color ha empezado a considerarse una exageración ordinaria; la vibración visual se confunde con una preocupante falta de sofisticación y tener una personalidad cromática estridente se califica, casi de inmediato, como un acto de mal gusto.
Esta tendencia no es casualidad; es el síntoma visual de un ser humano que ha decidido aislarse del ecosistema. La naturaleza es, por definición, diversa, caótica y colorida. El verde de los bosques, el azul de los océanos, el ocre de la tierra y el estallido floral de la temporada de lluvias, no buscan «combinar» entre sí bajo un catálogo de diseño; coexisten en su máxima y orgánica expresión. Al esterilizar nuestros entornos urbanos y objetos cotidianos, el ser humano moderno demuestra un profundo miedo a lo impredecible y a lo biológico. Preferimos la seguridad controlada de un cubo gris al estímulo sensorial del mundo exterior.
Tal vez, como sociedad, no nos hayamos vuelto más elegantes ni más maduros. Tal vez, simplemente, hayamos empezado a tener miedo de llamar la atención y de desentonar en un sistema que exige uniformidad para ser eficientes.
Los colores no desaparecieron de la Tierra porque dejaron de ser hermosos. Desaparecieron de nuestras vidas porque, en el camino hacia una supuesta perfección moderna, aprendimos a sentir vergüenza de todo aquello que todavía se atreve a estar vivo. Recuperar el color en nuestro entorno no es un capricho estético; es el primer paso para volver a habitar el mundo con la vitalidad y el respeto que nuestro origen natural nos exige.
