Sergio Curiel, vicepresidente de la Academia de las Ciencias y las Artes Cinematográficas de Venezuela, sostiene que el sector atraviesa una crisis estructural marcada por la reducción del financiamiento público, el debilitamiento de los mecanismos previstos en la Ley de Cine y la pérdida de autonomía del CNAC.
The Daily Journal.- Por más de tres décadas, Sergio Curiel ha estado detrás de algunas de las películas más reconocidas del cine venezolano. Como editor, ha trabajado en más de 30 largometrajes de ficción, entre ellos La oveja negra, de Román Chalbaud; Con el corazón en la mano, de Mauricio Wallerstein, y Amaneció de golpe, de Carlos Azpúrua. En 1996 recibió el premio a Mejor Edición de Largometraje en el Festival de Gramado, en Brasil, por Disparen a matar, de Azpúrua.
Hoy, desde la vicepresidencia de la Academia de las Ciencias y las Artes Cinematográficas de Venezuela (ACACV) y la presidencia de la Sociedad Cinematográfica de Editores de Venezuela (SCEV), Curiel observa un sector que, a su juicio, se ha acostumbrado a trabajar con cada vez menos recursos.
Su diagnóstico parte de un problema que considera anterior a la coyuntura actual: la pérdida de mecanismos de financiamiento contemplados en la Ley de Cinematografía Nacional.
Curiel recuerda especialmente los artículos 57 y 59 de la legislación. Según explica, el primero permitiría a empresas destinar una parte de los tributos que deben pagar al Estado al financiamiento de películas, mientras que el segundo contempla un mecanismo similar para actores vinculados con la exhibición, distribución y televisión por suscripción.
El cineasta asegura que el sector llegó a discutir la aplicación del artículo 57 incluso con el Servicio Nacional Integrado de Administración Aduanera y Tributaria (Seniat), pero que el mecanismo no llegó a implementarse.
“Era la firma de un ministro. La voluntad. Voluntad política. Esa voluntad política nunca existió”, sostiene.
Para Curiel, el problema también se refleja en la salida de Venezuela de Ibermedia, programa iberoamericano de cooperación cinematográfica que considera una fuente potencial de financiamiento para el sector.
“Cuando ves esas dos situaciones, entiendes que no hay voluntad política para que tengamos recursos para hacer películas”, afirma.
El editor vincula esa situación con una progresiva reducción de la actividad cinematográfica, agravada por la pandemia. Pero también destaca una característica que, según él, ha permitido que el sector continúe produciendo: la capacidad de organización de sus trabajadores.
“En el cine somos muy resilientes”, dice.
Una red creada después del terremoto
Esa capacidad quedó expuesta después del terremoto que afectó a Venezuela. Curiel relata que, ante la ausencia de una respuesta institucional que él esperaba del Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC), representantes de distintos gremios decidieron organizarse por su cuenta.
El resultado fue una iniciativa denominada Conecta Venezuela, que articuló a integrantes de diferentes sectores de la actividad cinematográfica. Según Curiel, se realizó un censo que reunió información de alrededor de 760 trabajadores del sector afectados por la emergencia.
La plataforma, explica, permitió identificar necesidades y conectar a las personas con servicios de salud, asistencia psicológica y mecanismos de ayuda.
“Lo hicimos sin gastar un dólar”, afirma.
La iniciativa también busca canalizar recursos internacionales. Curiel menciona la participación de la Federación Iberoamericana de Academias de Cine (FIACINE) y la organización de una muestra de películas venezolanas que recorrerá distintos países de Latinoamérica con el propósito de recaudar fondos destinados al sector.
La experiencia, sostiene, reveló tanto la capacidad de respuesta de los trabajadores cinematográficos como lo que considera una ausencia institucional.
“Lo preocupante es la situación a nivel del gobierno cinematográfico”, afirma. “Ni una llamada, ni una llamada”.
Curiel y otros participantes de la conversación cuestionan particularmente que el CNAC no haya articulado, según su versión, una respuesta de emergencia dirigida a los trabajadores del sector.
El cineasta atribuye esta situación a una interpretación que considera equivocada del carácter autónomo del organismo.
El debate sobre la autonomía del CNAC
Para Curiel, uno de los principales problemas del cine venezolano es la relación entre el CNAC y el Ministerio de Cultura.
El cineasta sostiene que el carácter autónomo y colegiado del organismo debería permitirle tomar decisiones sobre la política cinematográfica sin depender directamente de instrucciones ministeriales.
“El CNAC tiene que recobrar su autonomía”, afirma.
Según su interpretación, el organismo debe rendir cuentas al ministerio mediante mecanismos administrativos y presupuestarios, pero las decisiones sobre la política cinematográfica deberían corresponder a su propia estructura.
Curiel considera que esa autonomía se ha debilitado y que la institución ha experimentado un proceso de politización durante los últimos años.
También cuestiona el modelo de designación de sus autoridades. A su juicio, la conducción del CNAC debería estar en manos de personas vinculadas al cine o a la cultura y con conocimiento específico del sector.
El problema, sostiene, no se limita a una administración particular. “No es la culpa de los que están sentados en el comité ejecutivo”, dice. “Es algo que tenemos que cambiar”.
Más allá de producir películas
La discusión sobre el CNAC lleva a Curiel a plantear una diferencia que considera fundamental: el organismo, afirma, debe fomentar la producción cinematográfica, pero no sustituir a las productoras, escuelas o empresas de servicios.
En ese punto cuestiona iniciativas como Aprender Haciendo, programa mediante el cual cineastas con trayectoria participan en producciones junto con estudiantes.
Para Curiel, ese mecanismo puede funcionar como experiencia formativa, pero no como política suficiente para garantizar una producción cinematográfica sostenida.
“El CNAC lo que tiene que hacer es fomentar”, insiste.
Su propuesta parte de una estructura más amplia que incluya financiamiento, formación, fondos regionales, incentivos fiscales y mecanismos destinados a atraer producciones internacionales.
Uno de los instrumentos que considera necesarios es una comisión fílmica nacional que facilite la llegada de producciones extranjeras y permita establecer condiciones para filmar en Venezuela.
También plantea la creación de fondos regionales que permitan desarrollar proyectos fuera de Caracas.
“Hay una necesidad impresionante fuera de Caracas de hacer cine”, sostiene Laura, integrante del sector que participa en la conversación.
Curiel coincide y considera que el talento existe, pero carece de una estructura económica que permita convertir ese potencial en una actividad permanente.
Una industria que se quedó sin ecosistema
El deterioro del financiamiento cinematográfico, según Curiel, no puede analizarse únicamente desde el presupuesto del CNAC.
El cine venezolano, explica, dependía también de un ecosistema compuesto por productoras, televisoras, publicidad, telenovelas y otros sectores audiovisuales.
La reducción de esos espacios habría afectado tanto la posibilidad de financiar películas como la formación y contratación de profesionales.
Curiel recuerda que durante otras épocas los actores provenientes de la televisión podían convertirse en figuras capaces de atraer público a las salas de cine. Para él, esa relación entre televisión, publicidad y cine formaba parte de una industria audiovisual más amplia.
“Lo importante del cine es que va dejando, aparte de una taquilla, de unos artistas, un testimonio”, afirma.
Ese testimonio, agrega, también tiene un valor cultural y social. Las películas registran formas de hablar, comportamientos y códigos de distintas generaciones y terminan funcionando como documentos de una época.
El caso de la Villa del Cine
Uno de los ejemplos que Curiel utiliza para ilustrar su crítica al modelo de inversión estatal es la Villa del Cine.
Según relata, la institución fue creada después de la aprobación de la Ley de Cine y recibió importantes inversiones en equipos, estudios y tecnología. El proyecto, sostiene, llegó a contar con cámaras, equipos de sonido, salas de edición, vehículos y otros recursos para la producción audiovisual.
Pero, a su juicio, el problema fue que la inversión no estuvo acompañada de una estrategia de largo plazo.
“Tenían dinero, pero no tenían plan”, resume.
Curiel considera que parte de esos recursos habría tenido un mayor impacto si se hubiera destinado a fortalecer al CNAC y a crear una infraestructura descentralizada de empresas capaces de prestar servicios cinematográficos.
El destino de los equipos de la Villa del Cine es otro de los aspectos que cuestiona. Según su relato, buena parte de esa infraestructura ya no estaría disponible y actualmente quedaría principalmente el vestuario.
Más que el destino de los equipos, sin embargo, Curiel considera que el episodio revela un problema de planificación.
“La ignorancia y la improvisación” son, en su opinión, incompatibles con la construcción de una industria cinematográfica sostenible.
Del “plan” a una economía cinematográfica
Curiel también cuestiona el denominado Plan Nacional de Cinematografía 2026-2031. Según afirma, el documento fue impulsado antes del cambio de autoridades en el Ministerio de Cultura y, a su juicio, no fue suficientemente discutido dentro del propio CNAC.
Su crítica fundamental es conceptual: considera que Venezuela necesita menos planes generales y más mecanismos concretos para construir una economía alrededor del cine.
En su propuesta aparecen varios elementos: incentivos fiscales, fondos regionales, una comisión fílmica, mecanismos de financiamiento privado, cooperación internacional y el aprovechamiento de los instrumentos previstos en la legislación.
Curiel pone como referencia la experiencia colombiana de la llamada economía naranja y los mecanismos de estímulo a la actividad audiovisual.
La lógica, explica, sería que una producción cinematográfica no beneficie únicamente al equipo que realiza la película, sino también a las comunidades donde se filma, mediante contratación de trabajadores, servicios, hospedaje, transporte, alimentación y actividad turística.
“Eso es uno de los valores del cine: que el cine mueve la economía, mueve el turismo, mueve una cantidad de cosas alrededor”, afirma.
Para él, la construcción de ese ecosistema requiere especialistas y políticas permanentes, más que grandes encuentros destinados a producir documentos.
Una industria sostenida por la pasión
Pese al diagnóstico crítico, Curiel no describe un sector paralizado.
Por el contrario, considera que una de las principales fortalezas del cine venezolano es precisamente la disposición de sus trabajadores a continuar produciendo incluso cuando las condiciones son adversas.
“Es pasión por lo que haces”, dice.
Esa pasión, explica, no está relacionada únicamente con el deseo de dirigir o actuar. También existe en quienes ejercen oficios técnicos, como la edición, la continuidad, la asistencia de dirección, el sonido, la fotografía o la producción.
Son profesionales que trabajan para que una obra pueda completarse, incluso cuando las condiciones económicas son precarias.
De allí que considere que el cine venezolano ha desarrollado una capacidad particular para resolver problemas.
“Ese es el trabajo de la magia del cine”, resume.
Sin embargo, Curiel advierte que la resiliencia del gremio no debería utilizarse como sustituto de una política cinematográfica.
La autogestión puede resolver una emergencia, pero no construir por sí sola una industria.
El desafío de una nueva etapa
Curiel sitúa su diagnóstico en un momento que considera de transición política y económica para Venezuela. Sin entrar a hablar en nombre de ningún gremio, insiste en que su posición corresponde exclusivamente a su experiencia personal dentro del sector.
Su planteamiento central es que cualquier nueva etapa debería abrir espacios de discusión entre los distintos sectores de la cinematografía.
También reclama superar las divisiones entre generaciones, grupos y tendencias que, según afirma, han atravesado al sector durante las últimas décadas.
“Nosotros lo que queremos es más oportunidades para hacer cine, más oportunidades para que los jóvenes tengan para hacer cine”, sostiene.
Para Curiel, la discusión debería abandonar la lógica de enfrentamiento y concentrarse en la construcción de condiciones para producir.
La cinematografía venezolana, sostiene, necesita recuperar una institucionalidad capaz de fomentar la actividad, pero también un ecosistema económico que permita que las películas no dependan exclusivamente del financiamiento público.
Después de años de presupuestos reducidos, iniciativas interrumpidas y proyectos que no llegaron a consolidarse, el desafío que plantea es convertir la capacidad de resistencia del gremio en una estructura permanente.
“Lo que tenemos que hacer es que cambie el ecosistema de las relaciones y de los debates”, concluye.
