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Julio A. López, editor jefe. — Durante meses los analistas asumieron que las elecciones de medio término de noviembre de 2026 terminarían convirtiéndose en un duro castigo electoral para Donald Trump y el Partido Republicano. Pero Washington nunca ha sido un escenario en el que los partidos políticos permanezcan inmóviles, a la espera de su derrota.
Los republicanos entendieron rápidamente que estas elecciones no se definirán únicamente por la ideología, los escándalos o la política exterior. Como ocurre casi siempre en Estados Unidos, la variable decisiva será la economía y, sobre todo, la percepción emocional que los ciudadanos tengan de su bienestar personal en los meses previos a la votación.
Por eso Trump parece apostar su futuro político a tres fenómenos simultáneos que muchos comienzan a describir como “El Milagro Trump”.
El primero ya comenzó a mostrar señales visibles: el inesperado repunte del empleo. Los indicadores laborales más recientes sorprendieron a economistas y analistas que esperaban una desaceleración mucho más severa. Aunque todavía resulta prematuro hablar de una recuperación sólida, el mercado laboral norteamericano continúa mostrando una notable resiliencia. Y en política, pocas estadísticas impactan tanto al votante promedio como el sentir de que hay trabajo, consumo y estabilidad en el horizonte inmediato.
El segundo componente del posible “milagro” resulta mucho más delicado y controvertido: la posibilidad de un boom económico artificial impulsado por la política monetaria.
La historia norteamericana ofrece un precedente muy claro. Richard Nixon comprendió antes que muchos presidentes que una economía acelerada podía redefinir por completo el comportamiento electoral. A comienzos de los años setenta, Nixon ejerció una fuerte presión sobre Arthur Burns y la Reserva Federal para mantener tasas bajas, expandir la liquidez y estimular agresivamente la economía antes de las elecciones de 1972. El resultado inmediato fue espectacular: crédito abundante, auge bursátil, expansión del consumo y una sensación colectiva de prosperidad que fortaleció enormemente su posición política.
Hoy, medio siglo más tarde, los analistas observan señales que evocan aquella estrategia. El contexto actual es mucho más frágil: una deuda pública gigantesca, mercados financieros extremadamente sensibles a las tasas de interés y una población agotada tras años de inflación acumulada.
Y la Reserva Federal tiene la llave de esta parte del milagro y los efectos políticos serían inmediatos.
Crédito más barato. Recuperación inmobiliaria. Mercados bursátiles al alza. Mayor liquidez. Sensación psicológica de recuperación. Optimismo financiero. Todo eso podría alterar significativamente el clima político antes de noviembre.
Pero en política electoral, muchas veces el largo plazo importa menos que el próximo noviembre.
El tercer elemento del “milagro Trump” quizás sea el más importante de todos y, paradójicamente, el más real: el inesperado milagro de productividad que vive actualmente la economía estadounidense.
Contra casi todos los pronósticos posteriores a la crisis financiera de 2008, Estados Unidos comenzó a registrar, en los últimos cinco años, el crecimiento de la productividad más acelerado en aproximadamente dos décadas. Y lo más interesante es que este fenómeno todavía ni siquiera refleja plenamente el impacto de la inteligencia artificial.
Estados Unidos dejó de comportarse como una economía dependiente de la energía y comenzó a operar como una superpotencia exportadora de energía. Y detrás de todo eso, silenciosamente, aparece la inteligencia artificial.
Aunque sus efectos aún no se reflejan plenamente en las estadísticas macroeconómicas, muchos economistas consideran que el verdadero impacto de la IA apenas comienza. Si esa revolución tecnológica logra combinarse con energía barata, reducción de tasas, crecimiento del empleo y recuperación financiera, Trump podría llegar a noviembre con una narrativa económica completamente distinta a la que existía hace apenas un año.
Tal vez por eso los republicanos no parecen actuar como un partido resignado a perder. Porque al final, en Estados Unidos, los votantes suelen perdonar todo cuando sienten prosperidad.
Paralelamente, el Partido Republicano avanzó con agresividad en la reconfiguración de múltiples circuitos electorales en estados clave, consolidando distritos mucho más favorables para sus candidatos a la Cámara de Representantes. Mediante ajustes en los mapas electorales, los republicanos lograron fortalecer bastiones conservadores, fragmentar áreas tradicionalmente demócratas y maximizar el peso electoral de regiones suburbanas y rurales donde Trump mantiene altos niveles de apoyo. Esa reorganización podría permitirles conservar una mayoría legislativa incluso en escenarios en los que el voto popular a nivel nacional favorezca ligeramente a los demócratas.
