Juego de Tronos caribeño

Opinión

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María Alejandra Díaz.-Dicen que en Caribea los manglares guardan memoria, las ceibas hablan y el petróleo susurra promesas de riqueza a quienes se acercan al poder. Fue en el año de los mil rumores cuando el Emperador del Norte, Trumpus el Dorado, acusó al Rey Nicolás el Perpetuo de gobernar mediante el fraude y el terror y lanzó la Operación Resolución Absoluta. La campaña fue tan rápida que el rey fue capturado de inmediato.

Pero la sorpresa no fue la caída del monarca, sino que el Imperio no desmontó el reino del terror. En los salones de Washingtonia, Trumpus negoció con la corte derrotada: conservarían sus privilegios y castillos a cambio de garantizar «la estabilidad» y el acceso libre al oro negro, al Arco Minero y al Orinoco.

—Los pueblos aman la estabilidad más que la libertad; la muchedumbre no sabe de democracia —decían los tecnócratas imperiales.

Así nació el Protectorado de Caribea, administrado por la líder del nihiliberalismo del reino. Las riquezas siguieron fluyendo hacia barcos inmensos, solo que ahora los tributos eran cobrados directamente por el Tesoro Imperial. Trumpus anunció ante el Senado: «La guerra contra Persia Oriental ha sido pagada. Hemos recuperado veinticinco veces lo invertido». Los mercados celebraron, pero en las calles de Caribea los apagones y el hambre continuaban, puntualmente, cada noche.

Mientras tanto, la Dama de Hierro de Occidente emergió de las sombras, fue recibida como heroína en Europa y recibió el Premio de la Paz. En la ceremonia, sorprendió al mundo al entregárselo a Trumpus: «Este galardón pertenece al hombre que liberó a Caribea». Unos aplaudieron, otros callaron.

Desde Panamá, Magna reapareció con antiguos caballeros exiliados prometiendo democracia. Al mismo tiempo, una Ley del Olvido perpetuo permitió el regreso de dirigentes acusados de traición. Los enemigos de ayer compartían la misma mesa y cada día resultaba más difícil distinguir a los héroes de los villanos.

Así continuó la historia: un país en el que todos afirmaban hablar en nombre del pueblo, mientras este seguía esperando que alguien hablara realmente de sus problemas. El petróleo, el oro y los diamantes continuaron susurrando al oído de cada nuevo gobernante la promesa del poder absoluto.

Pasaron los meses. El Imperio proclamaba el éxito, los herederos del antiguo régimen celebraban conservar el poder, la vieja oposición proclamaba el triunfo de la democracia y los mercados festejaban la estabilidad. Cada uno escribía su propia versión de la historia. Pero en las calles la gente seguía haciendo filas y buscando empleo. Lejos de allí, los hijos del reino se preguntaban cuándo podrían regresar. Fue entonces cuando los viejos pescadores comenzaron a repetir:
—Cuando todos los poderosos dicen haber ganado, es porque la cuenta la está pagando el pueblo.

Al final, nadie estaba seguro de quién había ganado la guerra. Lo único evidente era que el pueblo seguía esperando la paz, mientras los vencedores discutían cómo repartirse la victoria y el trono permanecía en el centro, brillante y seductor.

Algo inesperado comenzó a ocurrir lejos de los palacios. Nació en silencio. Primero fue un murmullo entre maestros que enseñaban, aunque las escuelas se derrumbaran, médicos sin recursos, agricultores, estudiantes y vecinos cansados de elegir siempre entre los mismos bandos.

Le llamaron el Tercer Camino. No era un partido ni una nueva corte disputándose el trono; era la recuperación de la decencia. Muchos comprendieron que la tragedia había comenzado cuando la mentira sustituyó a la verdad, la lealtad al caudillo sustituyó a la ley y el poder se volvió más importante que la nación.

Entonces hablaron de justicia —como verdad y reparación—, de reconocimiento al dolor de sus hijos, de reconstrucción de instituciones, de prosperidad como oportunidad para millones y de soberanía, no como consigna vacía, sino como la capacidad de una nación libre para decidir su propio destino.

Los poderosos los consideraban ingenuos o irrelevantes, pero el rumor creció porque se alimentaba del cansancio de un pueblo que vio fracasar demasiados salvadores. Aquello se convirtió en corriente. Los jóvenes y los ancianos comenzaron a repetirlo, y apareció algo que nadie podía controlar: la esperanza.

Los viejos pescadores modificaron su frase: «Cuando todos los poderosos juegan al mismo juego, el deber del pueblo es construir un tablero nuevo».

Nadie podía garantizar el desenlace de la historia, pero las ceibas parecían susurrar una verdad olvidada: que los pueblos pueden ser engañados o divididos, pero cuando recuperan la memoria, la dignidad y la voluntad de un destino común, ningún trono es eterno.

Mientras los viejos actores representaban la misma obra, un río silencioso, hecho de verdad, justicia, trabajo y reconciliación, comenzó a recorrer Caribea. Un río que no buscaba conquistar el trono, sino rescatar el reino.

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