La frontera sur de EE.UU. ya no comienza en México

Opinión

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Román Reyes Vásquez. – Durante décadas, Estados Unidos ha intentado controlar la migración desde el punto equivocado del mapa. Ha reforzado la frontera mexicana, ha invertido miles de millones en infraestructura y ha desplegado recursos humanos y tecnológicos sin precedentes. Sin embargo, la presión migratoria no disminuye porque su origen no está en México. Está en Sudamérica. Y su epicentro es Venezuela.

Si Estados Unidos quiere transformar estructuralmente su sistema migratorio, debe desplazar su frontera operativa hacia donde realmente se genera la presión. Y eso solo es posible si Venezuela deja de ser un Estado fallido y se convierte en un territorio estable, funcional e institucionalmente alineado con Estados Unidos. Esa es la tesis central: Venezuela como Estado 51 no es una idea simbólica. Es una estrategia de seguridad nacional.

El primer beneficio para Estados Unidos es evidente: trasladar el problema migratorio desde México hacia el sur del continente.  

Hoy, Texas y Arizona absorben la mayor presión migratoria del hemisferio. Pero si Venezuela se convierte en un Estado de EE.UU., la dinámica cambia por completo. La frontera estadounidense se desplaza hacia el Caribe y el norte de Sudamérica. El ingreso irregular deja de concentrarse en la frontera con México. La presión política interna disminuye.

El segundo beneficio es estratégico: la externalización de fronteras en el Caribe y en Sudamérica.

Con Venezuela como Estado 51, Estados Unidos obtendría una frontera marítima y terrestre en el corazón del continente. Esto permitiría controlar los flujos migratorios en el Caribe, en la frontera con Colombia y en la frontera con Brasil. La interdicción temprana de rutas irregulares reduciría drásticamente el tránsito por el Darién y desarticularía las redes de tráfico de personas antes de que lleguen a Centroamérica. En términos de seguridad nacional, esto equivale a adelantar la línea de defensa 1.400 millas hacia el sur.

El tercer beneficio es el más contundente: la reorientación de los flujos migratorios latinoamericanos hacia Venezuela, no hacia Norteamérica.

Si Venezuela se convierte en un Estado de EE.UU., millones de migrantes preferirán ir a Venezuela antes que intentar llegar a Texas. La razón es simple: Venezuela, como Estado 51, ofrecería trabajo legal, salarios en dólares, estabilidad institucional, servicios públicos regulados por estándares federales y la posibilidad de ajustar el estatus mediante matrimonio con ciudadanos venezolanos estadounidenses. En otras palabras, Venezuela se convertiría en un imán migratorio que absorbe la presión continental antes de que esta llegue a Estados Unidos. Esto no solo reduce la migración hacia el norte, sino que la redirige hacia un territorio estadounidense diseñado para gestionarla.

A estos beneficios se suman ventajas geopolíticas inmediatas: control de la mayor reserva de petróleo del mundo, presencia territorial frente al Caribe, Brasil y Colombia, reducción de la influencia rusa, iraní y china en Sudamérica y estabilización de una región clave para la seguridad energética. En términos de política exterior, Estados Unidos recuperaría un espacio estratégico que hoy está en disputa.

Finalmente, la integración de Venezuela como Estado 51 reduciría el costo fiscal y político del sistema migratorio estadounidense. Cada migrante que llega a Texas genera gastos en tribunales, servicios sociales, ciudades santuario e infraestructura fronteriza. Si Venezuela absorbe buena parte del flujo continental, esos costos disminuyen de manera significativa. Es más eficiente estabilizar Venezuela que seguir administrando su colapso en territorio estadounidense.

La migración del siglo XXI no se controla a través de las fronteras físicas. Se controla en los territorios de origen de los flujos. Si Estados Unidos quiere resolver su crisis migratoria de manera estructural, debe desplazar su frontera operativa hacia el sur. Y eso solo es posible si Venezuela deja de ser un Estado fallido y se convierte en un Estado estadounidense.

La frontera sur no desapareció.  Simplemente se movió.

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