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Julio A. López, editor jefe.— Ante el creciente deterioro de Cuba y la posibilidad de una intervención militar de los Estados Unidos, este editorial deja de ser un simple relato histórico para convertirse en un elemento relevante para evaluar la verdadera capacidad de resistencia de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba (FAR).
En 2004 conocí personalmente a un alto asesor del gobierno cubano. No puedo revelar su identidad porque aún reside en la isla y su integridad física correría peligro si las autoridades del régimen comunista llegaran a conocer el origen de la información que hoy se expone públicamente.
Según esa fuente, en 1989 Fidel Castro ordenó realizar un estudio estratégico de alto nivel para determinar cuánto tiempo podrían resistir las Fuerzas Armadas Revolucionarias ante un ataque directo de las fuerzas armadas norteamericanas.
Debe recordarse que, en la época en que se desarrolló aquel estudio, Cuba poseía el equipamiento militar más avanzado, suministrado por la Unión Soviética. Las FAR eran consideradas entonces una de las fuerzas armadas más poderosas de América Latina y, probablemente, la estructura militar mejor equipada del hemisferio occidental después de Estados Unidos.
La investigación reunió a un amplio equipo multidisciplinario de especialistas militares, estrategas, ingenieros y oficiales de inteligencia que analizaron todos los aspectos de la defensa de la isla. El proceso incluyó entrevistas y evaluaciones dirigidas a los comandantes generales de todos los componentes de la estructura defensiva cubana.
El vicealmirante Pedro Miguel Pérez Betancourt, entonces comandante de la Marina de Guerra Revolucionaria, concluyó, tras analizar los escenarios de combate, que la flota cubana sería prácticamente destruida en pocas horas frente al poderío naval norteamericano.
Por su parte, el general de división Rubén Martínez Puente, jefe de la Defensa Antiaérea y de la Fuerza Aérea Revolucionaria, determinó, junto a su Estado Mayor, que la poderosa aviación militar cubana quedaría diezmada en las primeras 12 horas de combate.
Y no se trataba de una fuerza aérea menor. En 1989 los cubanos disponían de uno de los sistemas de defensa aérea más sofisticados de América Latina. Cuba operaba cazas MiG-21, MiG-23ML y MiG-23BN, a los que ese mismo año comenzaron a incorporarse los modernos MiG-29 Fulcrum de cuarta generación, convirtiendo a la isla en el primer país del continente americano en operar dicho avión.
La red defensiva incluía, además, sistemas antiaéreos soviéticos de última generación, de corto y de largo alcance. Durante los últimos años de la Guerra Fría, Cuba funcionaba prácticamente como una fortaleza militar soviética en el Caribe.
La presentación final del estudio se realizó ante Raúl Castro, entonces Comandante General del Ejército. Después de horas de preguntas, simulaciones y análisis estratégicos, la conclusión fue demoledora: las FAR serían destruidas como fuerza militar organizada en un plazo máximo de 24 horas de enfrentamiento directo y convencional contra Estados Unidos.
La situación actual de las fuerzas armadas cubanas dista enormemente de la realidad militar de los años ochenta. Gran parte del equipamiento se encuentra obsoleto, deteriorado o parcialmente inoperativo; el mantenimiento es limitado; la capacidad logística es precaria; y la escasez de combustible es sistémica y generalizada.
La historia militar moderna demuestra que ningún ejército puede mantener su capacidad operativa sin acceso permanente a combustibles. Napoleón afirmaba que “los ejércitos marchan sobre sus estómagos”, pero el siglo XX transformó esa máxima en una realidad mucho más contundente: los ejércitos modernos marchan sobre el petróleo.
El alto mando militar cubano llegó entonces a dos conclusiones fundamentales: primero, que la capacidad de resistencia no superaría las 24 horas; y segundo, que la única alternativa posterior sería replegarse hacia zonas montañosas e intentar desarrollar una guerra de guerrillas prolongada.
Casi cuatro décadas después de aquel estudio secreto ordenado por Fidel Castro, la realidad militar cubana es infinitamente más precaria. El poder aéreo y naval actualmente desplegado por el Pentágono en el Caribe garantiza, en términos convencionales, una victoria militar rápida y contundente sobre las fuerzas cubanas en menos de 24 horas. La diferencia es que en 1989 Cuba aún disponía de combustible, mantenimiento, pilotos entrenados y tecnología soviética de primer nivel; hoy enfrenta obsolescencia, deterioro operativo y una crisis energética estructural que limita severamente su capacidad de respuesta sostenida. La verdadera pregunta ya no es cuánto resistiría el ejército cubano, sino cuánto tiempo podría mantenerse operativa la propia estructura del Estado cubano ante un escenario de aislamiento total y de colapso logístico interno.
