Audio: https://clyp.it/w4turxqw
Román Reyes Vásquez. — En la narrativa oficial venezolana existe una idea profundamente arraigada: la democracia es nuestro estado natural y las dictaduras han sido simples accidentes históricos. Pero los números cuentan otra historia.
Desde la independencia en 1811 hasta 2026, Venezuela apenas ha vivido alrededor de 43 años de democracia plena. Es decir, cerca del 20% de su vida republicana. El resto del tiempo estuvo marcado por guerras civiles, caudillismos, militarismo, autoritarismo o por sistemas de poder concentrado.
La democracia venezolana no ha sido la norma. Ha sido la excepción.
Esa realidad histórica obliga a revisar uno de los episodios más desconcertantes de nuestra historia contemporánea: cómo un país que derrocó una dictadura militar en 1958 terminó eligiendo democráticamente, apenas 40 años después, a otro líder militar con rasgos autoritarios.
La caída de Marcos Pérez Jiménez en 1958 marcó el inicio del período democrático más largo de nuestra historia. Durante cuatro décadas, Venezuela construyó partidos políticos fuertes, alternancia de poder, elecciones relativamente estables y crecimiento institucional. La llamada Cuarta República, con todos sus errores y su corrupción, logró algo que el país nunca había alcanzado: la continuidad democrática.
Sin embargo, en 1998, el electorado venezolano eligió a Hugo Chávez, un teniente coronel que apenas seis años antes había encabezado un golpe de Estado militar contra ese mismo sistema democrático.
Ese dato debería ser suficiente para generar una reflexión profunda.
¿Cómo decidió una sociedad que había vivido una dictadura militar entregar nuevamente el poder a un militar?
La respuesta fácil es culpar al colapso económico, a la corrupción política o al desgaste de los partidos tradicionales. Todo eso influyó. Pero quizá existe una explicación más estructural y más incómoda: la cultura democrática venezolana nunca logró consolidarse verdaderamente.
La democracia en Venezuela fue más bien un acuerdo político que una convicción histórica profunda. Funcionó mientras hubo estabilidad petrolera, crecimiento económico y capacidad distributiva del Estado. Cuando ese equilibrio se rompió en los años noventa, también colapsó la legitimidad democrática.
Y entonces apareció nuevamente el viejo reflejo latinoamericano: el caudillo.
Un líder fuerte. Un militar. Un hombre que prometía orden, refundación nacional y castigo a las élites. Exactamente el mismo patrón que ha marcado gran parte de nuestra historia republicana.
Lo verdaderamente inquietante es que Chávez no llegó mediante un golpe de Estado exitoso. Llegó por elecciones populares.
Eso significa que las democracias no siempre mueren por la fuerza. A veces mueren votando.
Hoy, mientras Venezuela atraviesa otra etapa de agotamiento político y social, surge una pregunta inevitable:
¿Podría repetirse la historia?
Imaginemos una hipotética transición democrática en los próximos años. Supongamos que el país logra reconstruirse económicamente, estabilizar sus instituciones y recuperar cierta normalidad política. La pregunta, entonces, no sería si Venezuela puede volver a democratizarse. Probablemente sí pueda.
La verdadera pregunta sería otra: ¿Podría sostenerlo?
Porque la experiencia histórica venezolana demuestra que los ciclos autoritarios no desaparecen; simplemente esperan condiciones favorables para regresar.
Eso fue exactamente lo que ocurrió entre 1958 y 1998: cuarenta años bastaron para que una sociedad olvidara las consecuencias del militarismo y volviera a depositar sus esperanzas en un liderazgo autoritario.
Entonces la pregunta incómoda ya no parece exagerada: ¿Podría ocurrir otra vez dentro de 40 años, en 2066?
La historia venezolana sugiere que sí. No porque los venezolanos sean incapaces de vivir en democracia, sino porque el país nunca terminó de construir instituciones lo suficientemente fuertes como para resistir el colapso económico, el populismo o la tentación del poder personalista.
Ese es el verdadero drama venezolano: cada generación parece obligada a reconstruir la democracia desde cero, como si el país sufriera una amnesia institucional permanente.
Por eso el debate actual ya no puede limitarse únicamente a salir del chavismo. La discusión de fondo es mucho más profunda: cómo romper un patrón histórico de más de dos siglos en el que la democracia siempre termina siendo temporal.
Porque si Venezuela no logra resolver esa fragilidad estructural, el problema no será quién gobierne después de Maduro.
El problema será cuánto tiempo tardará en repetirse la historia.
Por esto y más, la idea de que Venezuela sea el estado 51 no es descabellada.

