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Julio A. López.— La imagen que acompaña este artículo admite múltiples interpretaciones. Cada observador encontrará la suya. Yo tengo la mía. Ver al general Francis L. Donovan, jefe del Comando Sur de los Estados Unidos, desplazarse por Caracas con la naturalidad de quien camina por un espacio familiar alimenta toda clase de especulaciones políticas, geopolíticas y estratégicas. Algunos verán una demostración de poder. Otros, una señal de estabilidad. Otros más, una advertencia.
Yo prefiero resumirlo en una sola frase: se busca un presidente para Venezuela.
La afirmación puede parecer provocadora, pero refleja una realidad política incómoda. Los venezolanos acudieron masivamente a las urnas el 28 de julio de 2024 y otorgaron una victoria contundente a Edmundo González Urrutia. Sin embargo, la dinámica posterior terminó por desdibujar aquella elección hasta el punto de que hoy resulta difícil identificar quién ejerce realmente el liderazgo político capaz de conducir una transición nacional.
A esa incertidumbre se suma otro hecho imposible de ignorar: María Corina Machado continúa siendo, por amplio margen, la figura política con mayor respaldo popular en Venezuela. Incluso sus adversarios reconocen su capacidad de movilización, su resistencia política y el liderazgo que ha forjado durante más de dos décadas. Sin embargo, el reconocimiento popular no siempre se traduce automáticamente en acceso al poder. La historia latinoamericana está llena de líderes con respaldo social que nunca lograron cruzar el umbral que separa la influencia política del ejercicio efectivo del gobierno.
La pregunta, entonces, resulta inevitable: si Edmundo González renunció y ya no representa una opción de poder, y María Corina Machado tampoco ocupa la presidencia, ¿quién gobierna realmente el futuro político de Venezuela?
Muchos venezolanos comenzaron a formularse esa interrogante después de los acontecimientos de enero de 2026. Durante solo unas horas, el 3 de enero de 2026, una parte importante del país asumió que el camino hacia una transición política estaba prácticamente definido. Sin embargo, aquella percepción se desvaneció rápidamente cuando Trump nos despertó de nuestro sueño.
En política internacional, las palabras importan, pero las acciones suelen importar mucho más. La relación entre Estados Unidos y cualquier liderazgo venezolano futuro es un factor imposible de ignorar. Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del planeta, una posición geográfica privilegiada en el Caribe y una relevancia estratégica que trasciende ampliamente las fronteras nacionales. Ninguna administración estadounidense observa esos factores con indiferencia.
Por ello, muchos analistas comenzaron a prestar atención no solo a lo que decía la Casa Blanca, sino también a lo que evitaba decir. Las señales de distancia, las diferencias de estilo, las divergencias estratégicas y las tensiones entre distintos actores políticos comenzaron a alimentar la percepción de que Washington no necesariamente considera a María Corina Machado la figura definitiva para conducir el futuro de Venezuela.
No se trata de una cuestión ideológica. Se trata de poder.
La política exterior estadounidense rara vez se basa en simpatías personales. Washington suele privilegiar la estabilidad, la previsibilidad, la gobernabilidad y la protección de sus intereses estratégicos. Desde esa perspectiva, la pregunta central no consiste en quién gana más aplausos en las redes sociales, sino en quién puede garantizar resultados concretos sobre el terreno.
No pretendo escribir la autopsia política de María Corina Machado. Sería prematuro y profundamente equivocado. Ninguna figura opositora posee hoy un liderazgo comparable al suyo. Ningún dirigente venezolano cuenta con un nivel de reconocimiento nacional comparable. Ninguno moviliza emociones políticas con la misma intensidad.
Pero también conviene reconocer una realidad elemental: cualquier aspirante a liderar la reconstrucción de Venezuela enfrenta una tarea mucho más compleja si carece del respaldo o, al menos, del reconocimiento de Estados Unidos.
La historia contemporánea demuestra que las transiciones políticas exitosas suelen requerir tres elementos simultáneos: legitimidad interna, apoyo internacional y capacidad institucional. Venezuela aún busca desesperadamente esa combinación.
Mientras tanto, el país continúa atrapado en una situación extraordinaria; todavía carece de algo importante: Un presidente capaz de unir poder, legitimidad y gobernabilidad.
Y quizás ese sea el verdadero mensaje detrás de muchas de las imágenes que hoy llegan desde Caracas. No hablan únicamente de seguridad, diplomacia o cooperación militar. También reflejan una pregunta que sigue sin respuesta: ¿Quién ocupará finalmente la presidencia de la Venezuela que viene?

