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Julio A. Lopez, editor jefe.- Aun cuando los cuerpos de muchas de las víctimas permanecen tibios y el dolor de sus familias desgarra el alma de la nación, Venezuela está llamada a responder como una sola comunidad. Hoy no es tiempo de divisiones ni de cálculos; es tiempo de tender la mano, de rescatar a quienes aún esperan entre los escombros y de abrazar a quienes lo han perdido todo. Pero nuestra misión no termina allí. Esta tragedia nos convoca a emprender la reconstrucción más profunda de todas: la de nuestra propia sociedad, de nuestros valores, de nuestra solidaridad y de nuestro sentido de pertenencia. Que cada venezolano, sin importar su origen, sus ideas o sus creencias, sienta el deber moral de convertirse en parte de esta obra colectiva. Porque una patria herida solo puede sanar cuando todos sus hijos deciden levantarla juntos.
Hay momentos en la historia de un país en los que las diferencias políticas dejan de ser lo más importante. Momentos en los que el dolor colectivo exige algo superior: humanidad, solidaridad y sentido de nación.
Hoy Venezuela atraviesa uno de esos momentos.
El sufrimiento de las familias afectadas no puede convertirse en un argumento político ni en un motivo de confrontación. Ninguna diferencia ideológica justifica olvidar que detrás de cada cifra hay vidas, familias, sueños interrumpidos y comunidades enteras que necesitarán apoyo durante mucho tiempo.
Lo primero es reconocer ese dolor, sin minimizarlo ni utilizarlo. Lo segundo es agradecer profundamente a quienes, desde el primer instante, han respondido a la emergencia: rescatistas, médicos, enfermeros, bomberos, funcionarios, voluntarios, organizaciones civiles, empresas privadas y ciudadanos anónimos que, una vez más, demostraron que la solidaridad sigue siendo una de las mayores fortalezas de Venezuela.
Ahora comienza la etapa más difícil: el rescate de las víctimas y la reconstrucción.
La reconstrucción no pertenece a un gobierno ni a un partido político. Pertenece a toda la nación.
Durante demasiado tiempo hemos permitido que las ambiciones políticas ocupen el lugar que debería corresponder al interés nacional. Hoy hacemos un llamado respetuoso pero firme a todos los actores políticos, sociales, empresariales y comunitarios para que, al menos frente a esta tragedia, pongan a un lado sus diferencias y concentren sus esfuerzos en ayudar a quienes más lo necesitan.
No será suficiente reconstruir carreteras, puentes, escuelas o viviendas. También debemos reconstruir la confianza, las instituciones, la economía y el tejido social que durante años se ha ido debilitando.
Debemos hacerlo con esperanza, pero también con realismo.
Nuestro país no está floreciendo. Estamos muy lejos de poder afirmar algo semejante. Sin embargo, reconocer esa realidad no implica renunciar al futuro. Por el contrario, implica partir de un diagnóstico honesto para construir un camino auténtico hacia la recuperación.
La historia demuestra que las grandes naciones no se definen por las tragedias que padecen, sino por la manera en que responden a ellas. Otras sociedades lograron levantarse porque entendieron que ninguna reconstrucción es posible sin educación, sin crecimiento económico, sin instituciones sólidas y, sobre todo, sin paz.
Venezuela también puede lograrlo.
No necesitamos histeria ni discursos incendiarios. Necesitamos serenidad, firmeza y liderazgo. Necesitamos comprender que la resiliencia de un pueblo se demuestra cuando transforma el dolor en propósito y la adversidad en oportunidad para reconstruirse.
La tarea que tenemos por delante será inmensa. Exigirá sacrificios, generosidad y paciencia. Exigirá que cada venezolano, dentro y fuera del país, encuentre una forma de contribuir.
Porque la reconstrucción de una nación depende de todos.
Que esta tragedia nos recuerde que, antes que adversarios políticos, somos compatriotas. Que, antes que defender intereses particulares, debemos proteger la vida y la dignidad de quienes hoy sufren. Y que, por encima de cualquier diferencia, existe un deber común: reconstruir una Venezuela en la que las futuras generaciones puedan vivir con seguridad, oportunidades y esperanza.
Frente a las dificultades, hagamos nuestra una convicción que ha inspirado a los pueblos en sus horas más oscuras: nunca nos rendiremos ante la adversidad.
La naturaleza nos ha golpeado con dureza. Pero si actuamos unidos, con solidaridad, justicia, trabajo y visión de futuro, también puede convertirse en el punto de partida de la reconstrucción nacional que Venezuela lleva demasiado tiempo esperando.
Donde exista el llanto de una madre o el dolor de un hijo, debe estar presente el abrazo cálido y solidario de toda una nación. Porque un pueblo no se define por la magnitud de sus tragedias, sino por la grandeza con la que decide acompañar a quienes más sufren.
