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Alejandro Sucre.- Hay una confusión que le está costando caro a Venezuela: creer que Donald Trump tiene, o debería tener, una agenda para resolver nuestra transición política. No la tiene, y exigírsela es ponerle una carga que no le corresponde.
Trump lo dijo con una claridad que deberíamos tomar en serio: la diferencia entre su postura hacia Venezuela y hacia Cuba no es ideológica, sino geológica. En Venezuela hay petróleo. En Cuba no. Esa frase, dicha sin rodeos, describe exactamente el tablero en el que estamos jugando.
Estados Unidos hoy no actúa por motivos de relevo democrático. Actúa por interés productivo: petróleo, minería y una economía americana que necesita asegurar el suministro y aliados de recursos en su propio hemisferio. Ese es el motor real de la relación. Todo lo demás —incluida la transición política venezolana— es un tema nuestro, no de él.
La carga que no le corresponde
Sobrecargar la relación con Washington pidiéndole que, además, nos resuelva lo político es un doble error estratégico. Primero, porque no es su trabajo: ningún gobierno extranjero va a asumir el costo político de diseñar el cambio de régimen de otro país solo por generosidad. Segundo, porque si insistimos en que Trump «no está cumpliendo» con algo que nunca prometió resolver —el cambio político interno—, lo único que logramos es desgastar la relación y, con ella, el impulso económico que sí está sobre la mesa.
Y ese impulso económico no es un premio de consolación. Es la llave. Una economía venezolana que vuelve a producir, a exportar, a atraer capital es una sociedad que se fortalece desde adentro. La estabilidad política se construye más rápido con empleo, inversión y crecimiento que con la presión diplomática sobre un tercero que tiene su propia agenda y sus propios votantes.
Manejar nosotros lo político
Lo que sí nos corresponde a los venezolanos —y a nadie más— es la conducción del proceso político. Eso no se puede tercerizar, y pretender que Washington lo haga por nosotros es, además de irreal, una forma de renunciar a nuestra propia responsabilidad histórica.
Si perdemos el impulso económico exigiendo lo que no nos van a dar, nos quedamos, como dice el refrán, sin el chivo ni el mecate: sin una economía fortalecida ni una resolución política propia. Ponernos exigentes con quien nos ofrece una oportunidad productiva, reclamándole además una tarea que es nuestra, no es firmeza: es una forma de malcriadez que puede terminar costándonos la única palanca de crecimiento real que tenemos hoy sobre la mesa.
La estrategia perfecta de Trump para Venezuela no es una estrategia sobre Venezuela. Es una estrategia sobre Estados Unidos, en la que Venezuela puede —si juega bien sus cartas— ser un socio productivo. Entender eso, y actuar en consecuencia, es lo que nos toca a nosotros.
