José Gregorio Yépez
Él puede llamarse Alejandro, Rubén o Juan. Estaba el 30 de junio en la puerta del edificio donde su hija se encontraba a la hora de los terremotos y hacía todos los esfuerzos por rescatarla, por encontrarla.
No pierde la esperanza. “Aquí llegaron y dijeron que no había pruebas de vida, pero yo digo que tampoco había pruebas de muerte”.
Juan recibe ayuda de su familia que le lleva agua, comida, dulces. “Los dulces son muy importantes, las chupetas dan energía”. Sentado al pie de las ruinas de una OPP, que son las siglas utilizadas para identificar los terrenos y proyectos de construcción de la Gran Misión Vivienda Venezuela, sigue trabajando en el Conjunto Residencial Caribe.
“Aquí vino una comisión y marcó el edificio como que necesitaba ser demolido. ¿Cómo lo van demoler si nosotros seguimos buscando? Nosotros borramos eso y de aquí no nos vamos sin nuestros vivos, sin nuestros muertos”, dice aguantando las ganas de estallar en llanto.
Se recompone y me dice: “Hay mucho ignorante que dice que esto pasó porque somos devotos de San Juan y tocamos tambores. Son unos imbéciles. San Juan salvó vidas, porque quienes estaban en el campo abierto con el tambor se salvaron”.

Mientras conversamos vimos como unos rescatistas sacaron un cuerpo sin vida de debajo de los escombros y se lo llevaron en una furgoneta.
Asimismo, nos enteramos de la localización de un cuerpo sin vida en uno de los apartamentos a los que lograron llegar.
Allí estaba su hermano. Rompió en llano y pidió un abrazo a una amiga que lo acompañaba cuando una rescatista le mostró un documento que identificaba a su hermana.
En La Guaira se respira arrojo, tristeza y esperanza, una mezcla complicada de leer.
