Luis Contreras.- La tragedia del doble terremoto no solo dejó al descubierto la fragilidad física de nuestra infraestructura, sino también la extrema vulnerabilidad de nuestra soberanía. Hoy, mientras los campamentos de refugiados en nuestras costas son gestionados bajo la mirada operativa del Comando Sur de los Estados Unidos y la mesa de negociación paritaria se alista para el próximo 1 de agosto, Venezuela transita hacia una «constituyente tutelada». Ante este panorama de decisiones tomadas en despachos extranjeros y pactos bilaterales de cúpulas, surge una pregunta ineludible: ¿cuál es el papel de la oposición moderada y de los sectores no alineados que se niegan a comulgar con los extremos de la polarización?
La respuesta no puede ser la parálisis ni la simple queja moral desde la periferia. En esta hora crítica, el centro político tiene el deber histórico de emerger no como un espectador pasivo, sino como la fuerza de gravedad que impida que la reconstrucción del país se pague con el remate de nuestra dignidad nacional.
El primer gran desafío de esta oposición moderada es asumir la bandera de un nacionalismo democrático y realista. Mientras el oficialismo cede soberanía territorial por pura incapacidad de gestión y la oposición tradicional valida la tutela externa como el único mecanismo de viabilidad, los sectores moderados deben erigirse en los contralores técnicos del terreno. Exigir que la presencia de fuerzas como el Comando Sur y las agencias de cooperación se limite estrictamente al auxilio humanitario y logístico temporal no es un capricho ideológico; es una necesidad constitucional. La ayuda debe recibirse con gratitud, pero fiscalizarse con celo patriótico.
En segundo lugar, la moderación democrática debe rebelarse contra la exclusión en el diseño del nuevo andamiaje institucional. La «Mesa de los 20», acordada entre Dinorah Figuera y Jorge Rodríguez, no puede convertirse en un reparto cerrado de cuotas de poder entre los dos bloques históricos que nos trajeron al colapso. Si la reestructuración del Consejo Nacional Electoral (CNE) y la reinstitucionalización del Estado nacen de un pacto de élites polarizadas, la transición será inherentemente inestable. El centro político, los gremios técnicos y los liderazgos regionales deben presionar con propuestas viables bajo el brazo para ensanchar esa mesa de diálogo. La paz de la República no se decreta entre dos bandos; se construye con la pluralidad de la nación.
Finalmente, el verdadero quehacer de la oposición moderada está en la base, sobre el suelo agrietado por el sismo. Mientras los extremos se desgastan en la alta política y el cabildeo diplomático, la alternativa moderada debe volcarse a la organización comunitaria en las zonas de desastre. Liderar la reconstrucción de escuelas, el inventario de daños y la contraloría social de los recursos humanitarios es la única vía para dotar al centro de una musculatura política real. La política del futuro inmediato se medirá en soluciones concretas, no en discursos abstractos.
La «constituyente tutelada» es una realidad geopolítica que nos sobrepasa, pero el destino de la transición aún está en disputa. La oposición moderada tiene ante sí la oportunidad de demostrar que existe una alternativa al entreguismo y al autoritarismo: una opción de centro capaz de reconstruir a Venezuela con orden, reconciliación y, sobre todo, soberanía. En medio de las ruinas, el centro tiene la palabra.
