EDITORIAL | Un país entre turismo bélico, Ferraris y cofradía de irrelevantes

Destacado Opinión

Escuche el audio del Editorial: https://clyp.it/h2sum5uy

Julio A. López, editor en jefe. – Macondo no era simplemente un pueblo; era un estado mental colectivo en el que lo imposible dejaba de sorprender y lo absurdo terminaba convertido en rutina. En la obra de Gabriel García Márquez, la gente convivía con fantasmas, lluvias interminables, epidemias de olvido y personajes que ascendían al cielo mientras el resto continuaba tomando café como si nada extraordinario hubiera ocurrido.  

Por momentos, la Venezuela actual parece haber escapado de las páginas de Cien años de soledad. Un país donde aviones militares de una potencia extranjera sobrevuelan sobre Ferraris y autopistas cerradas por bicicletadas, rumores imposibles, cadenas de WhatsApp, conspiraciones internacionales y anuncios oficiales contradictorios conviven simultáneamente hasta borrar la frontera entre realidad, propaganda y superstición.

Como en Macondo, nadie termina de entender qué ocurre realmente, pero todos construyen una explicación. Unos consultan a analistas políticos; otros, a generales retirados; y algunos, probablemente con mejores resultados, ya están pensando en consultar la ouija.

En Macondo existía la peste del olvido: los habitantes debían etiquetar los objetos para recordar sus nombres. En Venezuela pareciera existir algo más sofisticado: la peste de la confusión permanente, en la que cada día la realidad cambia de versión antes del mediodía.

Y quizá allí está el verdadero vínculo entre ambos mundos: en la normalización de lo inverosímil. Porque Macondo no se volvió mítico por la magia, sino porque sus habitantes dejaron de sorprenderse ante ella.

Y mientras todo eso ocurría en esta versión tropical y caótica de la tierra de nunca jamás llamada Venezuela, en Panamá la élite política de la oposición venezolana, que carga con el nada honroso mérito de ser repudiada por gran parte de la población, se reunía con la líder de la oposición en una especie de “besamanos” político, versión 2.0 de aquellas escenas vistas en Oslo tras la entrega del Premio Nobel en diciembre.

Muchos venezolanos ya no entienden cuál es el objetivo de estas reuniones ni qué aportan realmente al país figuras políticas desgastadas, desconectadas de la realidad nacional y carentes de credibilidad pública. En vez de fortalecer el liderazgo opositor, parecieran contribuir al desgaste de su capital político y a profundizar la percepción de una dirigencia atrapada en un eterno reciclaje de nombres, fotos, discursos y eternos abrazos.

Mientras los políticos se reúnen en una Cofradía de Irrelevantes, para discutir cómo alcanzar el poder, el país continúa hundiéndose en los mismos problemas estructurales de siempre. Cada día se agrava más la crisis eléctrica, la inflación sigue fuera de control, la moneda pierde valor a una velocidad alarmante y millones de venezolanos sobreviven atrapados entre apagones, salarios pulverizados y desesperanza.

La tragedia venezolana ya no radica únicamente en quienes gobiernan, sino también en una clase política incapaz de comprender el nivel de agotamiento social. Pareciera que una parte importante de la dirigencia vive en una burbuja diplomática y mediática completamente desconectada de la angustia cotidiana del ciudadano común.

Y quizás allí reside el verdadero drama nacional: un país incendiándose lentamente, mientras su élite política continúa actuando como si todo fuese apenas otra reunión de protocolo.

Y en los cuarteles, los jóvenes oficiales, no los generales anestesiados desde hace años por las mieles del poder, observan con rabia silenciosa cómo el país se derrumba frente a sus ojos. Son ellos quienes padecen los mismos apagones, la misma miseria salarial y el mismo colapso de los servicios públicos que golpea al resto del pueblo.

Mientras la cúpula vive aislada en privilegios, muchos oficiales jóvenes ven con indignación cómo sus compañeros y antiguos líderes naturales continúan presos, no por delitos, sino por el miedo permanente del poder a que alguien vuelva a patear la mesa, como ya ocurrió en el pasado, precisamente cuando nadie lo esperaba.

Porque en la Venezuela contemporánea ya nada parece imposible: autopistas cerradas por bicicletadas, sobrevuelos militares convertidos en atracción turística y ciudadanos apostados en los miradores observando el aterrizaje de aeronaves estadounidenses con la misma naturalidad con la que antes se veía un juego de béisbol. Solo faltó instalar un puesto de fritangas patrocinado por ExxonMobil, ConocoPhillips y The Daily Journal, con cotufas incluidas para disfrutar el espectáculo geopolítico en primera fila.

Y quizás ese sea el verdadero drama nacional: el país se desmorona lentamente mientras los venezolanos, como habitantes de Macondo, terminan contemplando el absurdo con una mezcla de resignación, humor y costumbre.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *