De la Quinta República al Estado 51

Opinión
La Quinta República nació en 1999 con una promesa ambiciosa: liberar a América Latina de la influencia de Estados Unidos

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Román Reyes Vásquez. –  Hugo Chávez no aspiraba únicamente a gobernar Venezuela. Aspiraba a ocupar un lugar en la historia reservado a Simón Bolívar. La exhumación de los restos del Libertador, la reconstrucción digital de su rostro y la apropiación sistemática de sus símbolos formaban parte de un mismo proyecto: presentar la revolución bolivariana como la continuación natural de la obra inconclusa de Bolívar. Cuando el gobierno exhibió el nuevo rostro reconstruido del Libertador, muchos venezolanos vieron algo más que una recreación histórica. Vieron en aquellas facciones el reflejo del propio Chávez.

Desde Caracas se financiaron movimientos políticos, se promovieron alianzas regionales y se construyó una red de gobiernos afines encabezada por Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Daniel Ortega en Nicaragua y los Kirchner en Argentina. Brasil, Honduras, varios países del Caribe y numerosas organizaciones continentales se sumaron a aquella visión geopolítica que prometía una segunda independencia latinoamericana.

Pero detrás de ese proyecto había un socio silencioso y decisivo: Cuba.
Durante más de dos décadas, la relación entre Caracas y La Habana fue el verdadero corazón de la revolución bolivariana. Venezuela aportaba petróleo, financiamiento y recursos. Cuba aportaba inteligencia, asesoría institucional y una estrategia política a largo plazo.

La Quinta República y la Revolución Cubana terminaron funcionando como un mismo proyecto con dos capitales: La Habana sobrevivía gracias al petróleo venezolano; Caracas se apoyaba en la estructura política cubana. Juntas pretendían construir un nuevo equilibrio continental capaz de desafiar la influencia histórica de Washington.
Pero la mayor ironía no ocurrió en el continente.

Y no se trata de teorías. Se trata de hechos.

En apenas semanas, Caracas recibió la visita del general Francis Donovan, comandante del Comando Sur de los Estados Unidos, y del general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto. No fueron visitas protocolares. Fueron reuniones operativas: coordinación estratégica, supervisión directa, presencia militar de alto nivel.
En cualquier otro momento histórico, la llegada simultánea de los máximos jefes militares norteamericanos habría provocado un terremoto diplomático. Hoy ocurre con absoluto silencio.

La paradoja es extraordinaria.

La Quinta República construyó toda su identidad política en torno a la resistencia frente a Estados Unidos. Sin embargo, el país que prometió liderar una nueva independencia latinoamericana depende hoy de la estabilidad financiera, energética y geopolítica que Washington le proporciona.

Mientras tanto, millones de venezolanos se han integrado profundamente a la sociedad estadounidense. Empresarios, abogados, ingenieros, médicos, profesores, militares retirados, emprendedores y profesionales del sector energético forman parte del tejido económico y social de Estados Unidos.

Por eso la expresión “Venezuela Estado 51” no debe entenderse como una propuesta de anexión, sino como una descripción geopolítica.

Un país cuyo petróleo circula bajo supervisión norteamericana; cuyos mecanismos financieros estratégicos dependen de Washington; donde los máximos jefes militares estadounidenses caminan por Caracas sin resistencia política significativa; y cuyo futuro democrático —las elecciones presidenciales— depende  de los intereses de Estados Unidos, no es la soberanía absoluta que prometía la Quinta República.
Y mientras Venezuela se aproxima cada vez más a la órbita de Washington, Cuba enfrenta un desafío histórico similar. Quizás por eso una vieja expresión adquiere hoy un significado inesperado.

Durante décadas, “Cuba Libre” fue simplemente el nombre de una bebida.
Pero para millones de cubanos que observan el agotamiento de un sistema que ya no ofrece prosperidad ni esperanza, podría terminar convirtiéndose en realidad.

La espada de Bolívar quiso recorrer América Latina para alejarla de Washington, pero hoy la imagen del Libertador vuelve a ocupar un lugar visible en la capital estadounidense. El recientemente restaurado monumento a Bolívar, ubicado cerca de la Organización de Estados Americanos, se erige como una ironía geopolítica que pocos habrían imaginado durante los años más intensos de la revolución bolivariana.

Veintisiete años después, Venezuela mira hacia Washington y Cuba observa el mismo horizonte.

La Quinta República prometió cambiar el hemisferio, pero terminó entregando a Venezuela.

Y quizás la historia recuerde esa transformación con un nombre que todavía parece impensable, pero que cada día resulta más difícil de ignorar: “Venezuela Estado 51.”

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