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Julio A. López
, editor jefe. — Los grandes desastres naturales no distinguen ideologías, fronteras ni diferencias políticas. Cuando la tierra se abre y miles de vidas quedan atrapadas bajo toneladas de concreto, solo existe una prioridad: rescatar a las personas. Todo lo demás puede esperar.
La respuesta anunciada por Estados Unidos tras el devastador doble terremoto que golpeó a Venezuela parece comprender a la perfección esa realidad.
Mientras continúan las labores de búsqueda entre edificios colapsados, Washington activó una operación de emergencia de enorme magnitud que combina recursos diplomáticos, militares, humanitarios y logísticos bajo un solo objetivo: ganar la carrera contra el tiempo.
En operaciones de rescate, el enemigo más peligroso no es únicamente la destrucción. Es el reloj.
Los especialistas internacionales coinciden en que las primeras 72 horas posteriores a un terremoto constituyen la ventana crítica para localizar sobrevivientes. Cada minuto perdido reduce las posibilidades de rescatar personas con vida. Por ello, la rapidez con la que se movilizan los recursos puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
La decisión de desplegar de inmediato equipos DART, unidades estadounidenses de búsqueda y rescate urbano, aeronaves militares de transporte, helicópteros, hospitales de campaña y una compleja estructura logística demuestra que la respuesta moderna ante grandes catástrofes ya no depende únicamente del dinero. Depende, sobre todo, de la capacidad de mover personas, equipos y suministros a una velocidad extraordinaria.
Pero el verdadero valor de esta operación radica en algo mucho más difícil de construir: décadas de experiencia institucional acumulada en desastres a lo largo del mundo.
Equipos especializados, ingenieros estructurales, médicos de emergencia, rescatistas, unidades caninas, sistemas de comunicaciones, centros móviles de coordinación y una cadena logística capaz de operar simultáneamente en múltiples países constituyen una capacidad que muy pocas naciones poseen.
La participación coordinada del Departamento de Estado, el Departamento de Guerra, el Comando Sur, organismos internacionales y organizaciones humanitarias refleja un principio fundamental de la gestión moderna de desastres: ninguna institución puede afrontar por sí sola una tragedia de esta magnitud.
Venezuela necesitará mucho más que ayuda de emergencia. Cuando concluyan las labores de rescate, comenzará una etapa aún más compleja: la reconstrucción.
Será necesario restablecer carreteras, puentes, hospitales, escuelas, puertos, aeropuertos, sistemas eléctricos, redes de agua potable y telecomunicaciones. También habrá que recuperar la actividad económica, reconstruir viviendas y devolver la esperanza a millones de venezolanos.
La historia demuestra que algunas de las reconstrucciones más exitosas del mundo comenzaron precisamente en medio de las mayores tragedias. Alemania, Japón y otros países devastados por guerras y desastres lograron transformar la destrucción en una oportunidad para construir instituciones más sólidas, economías más competitivas e infraestructuras más modernas.
Venezuela enfrenta ahora una prueba semejante.
La ayuda internacional no resolverá por sí sola los problemas del país. Ninguna nación puede reconstruirse únicamente con recursos provenientes del exterior. Sin embargo, una respuesta internacional rápida, coordinada y técnicamente eficiente puede salvar miles de vidas y crear las condiciones para que la recuperación comience con mayor rapidez.
Hoy la prioridad no es la política. No es el debate ideológico. No son las diferencias diplomáticas.
Hoy la prioridad es rescatar a quienes aún esperan bajo los escombros.
Porque, al final, la verdadera medida de una nación no está en la magnitud de sus recursos, sino en la rapidez con la que decide utilizarlos para salvar vidas humanas.
